Mundial 2026. Racismo en el corazón del imperio 

Mientras Estados Unidos se prepara para recibir a miles de deportistas y aficionados de todo el mundo, las denuncias de discriminación exponen la otra cara del evento. Controles arbitrarios, detenciones prolongadas y políticas antiinmigrantes empañan la previa de un Mundial que se jugará en el corazón de una potencia atravesada por el racismo institucional. 

Un pésimo comienzo 

A pocos días del comienzo de la cita mundialista, la Asociación de Fútbol de Irak denunció que se le aplicó un interrogatorio de más de siete horas a Aymen Hussein, quien fue retenido al aterrizar en el aeropuerto O’Hare de Chicago.

Calificaron que el trato migratorio de Estados Unidos fue “como si se tratara de un terrorista”. El propio Hussein, máximo goleador de los Leones de Mesopotamia y autor del gol que le dio el triunfo en el repechaje contra Bolivia, afirmó que lo vivió como “un infierno”.

Desde Estados Unidos sostienen que se trató de un error administrativo, ya que fue confundido con otro ciudadano del mismo nombre, motivo por el cual fue sometido a un interrogatorio. Los iraquíes denuncian este accionar y advierten sobre posibles situaciones similares con representantes de otros países de la región, como Irán, con quien el gobierno estadounidense mantiene, junto al sionismo, un enfrentamiento abierto.

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De hecho, este no es el único caso documentado. A Talal Salah, fotógrafo de la selección, se le negó el acceso al país norteamericano luego de permanecer detenido durante, al menos, doce horas en el aeropuerto.

Esta situación está atravesada no solo por la guerra en Medio Oriente, donde Estados Unidos e Israel asolan la región, sino también por la política antiinmigrante impulsada por Donald Trump, basada en redadas, persecuciones y un endurecimiento de los controles migratorios. Es decir, el evento deportivo más importante del mundo, en el que participan 48 selecciones, se desarrolla en gran parte en un país que expulsa y persigue a los extranjeros.

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Una, dos, tres…

El subcapitán del combinado Iraqui no fue el único damnificado por la política racista de Donald Trump. Este lunes se informó que el Departamento de Seguridad Nacional le denegó la entrada al árbitro Omar Abdulkadir Artan aludiendo a “problemas relacionados con la verificación de sus antecedentes”.

El juez de nacionalidad somalí es uno de los árbitros con mayor reconocimiento en la región africana, y aun habiendo restricciones del amo del norte para el ingreso de personas provenientes de Somalia, Artan había conseguido el visado correspondiente.

Ante esta situación el ministro somalí de Juventud y Deportes, Ciise Aden Abshir, sostuvo que “negarle la entrada a Estados Unidos e impedirle arbitrar perjudica no solo a su persona, sino que también socava el compromiso del fútbol con la equidad, el mérito y el espíritu de fair play”

Al contrario de lo expuesto por el funcionario somalí, la federación organizadora del evento comunicó oficialmente: “La FIFA no interviene en los procesos de inmigración del país anfitrión, incluida la concesión de visados, y las autoridades le han informado de que la situación de Artan no cambiará por el momento”. 

Es decir, aprueban la realización de un evento de interés internacional que nace con el objetivo de hermanar a los pueblos del mundo en un país que actúa restringiendo de forma arbitraria a los extranjeros y ni siquiera lanzan un comunicado solidarizandose con los damnificados. 

Y como quien hace dos, hace tres, el país anfitrión volvió a sorprender al mundo cuando este lunes realizó un exhaustivo control de seguridad a la selección de Uzbekistán tras su llegada al estadio Icahn para el partido contra Países Bajos. Donde tanto los miembros del equipo, como sus pertenencias fueron requisadas por la seguridad.

Una pasión que intentan manchar

Los casos de Irak, Somalia y Uzbekistán no aparecen como hechos aislados ni como simples errores burocráticos. Son la expresión de una política de Estado que combina xenofobia, controles selectivos y sospecha permanente sobre quienes provienen de determinadas regiones del mundo. Que estos episodios ocurran precisamente durante la organización del evento deportivo más importante del planeta deja al descubierto una contradicción imposible de ocultar: mientras la FIFA habla de integración, diversidad y fraternidad entre los pueblos, uno de sus principales anfitriones profundiza políticas discriminatorias contra migrantes, refugiados y ciudadanos de países históricamente señalados por la política exterior estadounidense.

El Mundial 2026 volverá a movilizar millones de pasiones y emociones alrededor del fútbol. Sin embargo, detrás del espectáculo, los contratos millonarios y los discursos oficiales sobre la unidad global, emergen las desigualdades, las guerras y el racismo que atraviesan al mundo actual. La pelota todavía no empezó a rodar, pero Estados Unidos ya dejó en claro que para algunos pueblos las fronteras siguen siendo mucho más difíciles de atravesar que una defensa rival.

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