En los últimos días circuló en redes sociales una supuesta noticia sobre un colectivo detenido en la frontera con Bolivia, cargado de mujeres bolivianas embarazadas a punto de dar a luz en Argentina. Las imágenes parecían reales. Los videos estaban editados con estética periodística. El relato estaba diseñado para provocar indignación inmediata.
Pero era falso. La propia Gendarmería desmintió la información falsa a través de sus canales en redes sociales.
El episodio, que supuestamente había ocurrido en Salta, no fue un error aislado ni una simple “fake news” más entre miles. Fue un ejemplo concreto de cómo las herramientas de inteligencia artificial empiezan a ser utilizadas para fabricar campañas de odio dirigidas contra sectores vulnerables. En este caso, migrantes bolivianos convertidos en chivos expiatorios de la crisis del sistema de salud.
No se trata solamente de tecnología
Las imágenes generadas con IA permiten producir escenas falsas con un nivel de verosimilitud cada vez mayor. Ya no hace falta manipular una fotografía existente. Ahora se pueden inventar personas, situaciones y hasta coberturas televisivas enteras.
Además, lo que antes requería equipos profesionales hoy puede hacerse desde una computadora o un teléfono. Y cuando esas imágenes circulan en un clima social atravesado por el ajuste, el deterioro económico y el discurso reaccionario permanente, funcionan como combustible para la xenofobia.
El mecanismo es conocido y ya se ha utilizado en diversos contextos y partes del mundo.. Se identifica a un grupo minoritario, se lo presenta como una carga para el Estado y luego se lo responsabiliza de problemas estructurales que nada tienen que ver con su existencia.
En este caso específico, el colapso sanitario no sería consecuencia del ajuste, la falta de presupuesto o la precarización laboral. La culpa sería de extranjeras pobres que cruzan una frontera para parir. La operación busca simplificar la realidad hasta convertirla en un relato de enemigos internos.
No es casual que el blanco elegido hayan sido mujeres migrantes y embarazadas. Hay una dimensión profundamente reaccionaria en ese tipo de campañas contra sectores históricamente usados por la derecha para canalizar frustraciones sociales y construir pánico moral.
Tampoco es casual el lugar donde se sitúa la historia falsa. Salta y el norte argentino son territorios donde desde hace años se alimentan discursos antiinmigrantes vinculados al acceso a la salud, al trabajo informal y a la frontera.
La novedad es que ahora la inteligencia artificial permite industrializar esas operaciones con una velocidad inédita. La extrema derecha mundial ya entendió el potencial de estas herramientas. No solamente sirven para desinformar. Sirven para producir emociones, como miedo, bronca, asco. Y una vez que esas emociones se instalan, la desmentida suele llegar tarde. Aunque la noticia sea falsa, el daño político ya está hecho.
Por eso el debate sobre inteligencia artificial no puede reducirse a cuestiones técnicas ni a discusiones abstractas sobre innovación. La pregunta central es quién usa estas tecnologías, para qué intereses y contra quiénes.
La circulación de contenido falso contra migrantes no aparece en el vacío. Forma parte de una ofensiva ideológica más amplia que busca fragmentar a la clase trabajadora: argentinos contra bolivianos, trabajadores registrados contra precarizados, usuarios del sistema público contra extranjeros. En todos estos casos, la estrategia tiene como objetivo evitar que la culpa recaiga sobre quienes realmente están causando el empeoramiento de las condiciones de vida.
Frente a esto no alcanza con pedir “más responsabilidad” en redes sociales. Hace falta denunciar políticamente estas campañas y defender una posición elemental de solidaridad entre los pueblos trabajadores. Ningún migrante es responsable de la destrucción de la salud pública. Los responsables tienen nombres, cargos y poder económico.
Marcela Gottschald

