El clima recesivo sigue golpeando con fiereza los bolsillos de los trabajadores y los mostradores de los pequeños comercios a lo largo de todo el país. Los números aportados por la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME)[i] representan una muestra irrefutable de este escenario desolador. Las ventas minoristas de las pequeñas y medianas empresas registraron una nueva caída interanual del 1,2% durante el mes de mayo.

Este retroceso consolida una tendencia complicada al acumular una baja del 3,1% en los primeros 5 meses del año. Los rubros orientados a los bienes que no son de estricta necesidad se llevaron la peor parte de este desplome sostenido. El sector de bazar y decoración sufrió una brutal caída del 8,9% anual. El área de textil e indumentaria también reflejó este enorme golpe al marcar una disminución del 5,2%.

Las familias dejaron de comprar absolutamente todo aquello que no resulte indispensable para la supervivencia diaria. El consumo de los hogares se concentra casi con exclusividad en sostener la canasta básica y postergar cualquier otro tipo de gasto. Los comercios vinculados a los alimentos y bebidas apenas lograron un repunte marginal y casi imperceptible del 0,2% interanual. Todo este panorama comercial tan angustiante tiene una explicación directa y sumamente dolorosa en la vida cotidiana de las personas.
El hambre como variable de ajuste
La caída en los mostradores es el reflejo exacto y cruel de las heladeras vacías. El Instituto de Investigación Social Económica y Política Ciudadana (ISEPCi)[ii] elaboró un relevamiento que le pone un rostro humano y dramático a estas frías estadísticas comerciales. El 86% de los hogares en Argentina atraviesa una situación de estrés económico mensual constante. La población no tiene dinero para gastar en los negocios porque directamente carece de los recursos mínimos para garantizar su propia alimentación. Un 39% de las personas encuestadas debe ajustar sus gastos no esenciales de manera drástica para intentar llegar a fin de mes con algo de respiro. Del otro lado de esa moneda de carencias solo un mínimo 2% de los hogares afirma llegar de manera cómoda con sus ingresos actuales.

La inseguridad alimentaria golpea hoy de forma implacable al 80% de las familias. Esta dramática realidad significa que ocho de cada diez hogares se ven obligados a reducir las porciones de sus platos o saltear alguna comida diaria por la simple falta de recursos. El deterioro salarial llegó a un punto tan extremo que tener un empleo formal en blanco dejó de ser una garantía para poder acceder a una nutrición digna y adecuada. La brutal recesión que advierte la entidad empresaria en sus informes de ventas encuentra su principal causa en esta carestía de la vida donde las personas recortan gastos elementales para esquivar la indigencia absoluta.
Vivir de prestado para subsistir
Existe otro factor fundamental para entender el profundo colapso del consumo y es el grave embrollo generado por el endeudamiento constante de las familias trabajadoras. El crédito dejó de ser una herramienta de planificación y se convirtió en una carga asfixiante en medio de la crisis. Hoy los trabajadores se endeudan de forma exclusiva para poder llevar un plato de comida a la mesa de sus hijos.

El trabajo elaborado por el ICEPCi expone esta realidad de una manera bastante concreta. La encuesta confirma que el 47% de los hogares relevados no llega a fin de mes sin verse en la dolorosa obligación de tomar algún tipo de deuda. Esta carencia estructural empuja a la población a buscar estrategias desesperadas de supervivencia. El mismo estudio detalla que casi 5 de cada 10 familias compran sus alimentos mediante el fiado o utilizando tarjetas de crédito, mientras un 20% debe recurrir directamente a la ayuda de un comedor comunitario o familiar para poder alimentarse.La desesperación es tan profunda que un 6% de los encuestados reportó haber vendido o empeñado objetos personales únicamente para comprar comida.

Esta dinámica es sumamente perversa al transformar los préstamos en una extensión irreal y transitoria del salario de los trabajadores. A la par de esta asfixia para adquirir alimentos, un del Banco Provincia aporta otra radiografía complementaria del mismo drama social. La morosidad de las familias bonaerenses se cuadruplicó en apenas un año al pasar de un 2,9% en febrero de 2025 a un alarmante 11,2% en febrero de 2026. Los hogares utilizan plásticos o billeteras virtuales para cubrir gastos básicos elementales y terminan armando una bola de nieve imposible de frenar. Esta espiral interminable de refinanciaciones e intereses usurarios somete a los sectores populares a un sacrificio inhumano.
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El cruce de ambas realidades documentadas explica a la perfección el hambre creciente en los barrios. Retomando la investigación del ISEPCi, observamos que más de 4 de cada 10 familias comen menos en la actualidad para poder cumplir con esos compromisos financieros previamente adquiridos. Un 43% de los encuestados afirma con mucho dolor que el pago ineludible de estas deudas les impide comprar todos los alimentos necesarios para sostener su salud. Cuando una persona trabajadora destina la mayor parte de su magro ingreso a tapar los agujeros de la usura de los meses anteriores resulta materialmente imposible garantizar una vida digna. Todo este escenario demuestra que la preocupación central no debe pasar por cómo mejorar las ganancias empresariales o reactivar el volumen del mercado interno. El verdadero problema radica en un programa económico de miseria planificada que empuja a la clase obrera a la indigencia y la endeuda de por vida para garantizarle los negocios a los especuladores financieros.
Las consecuencias del plan libertario
Todas estas privaciones cotidianas y el cierre progresivo de locales de barrio no son accidentes de la naturaleza. Estas desgracias sociales representan las consecuencias directas y palpables del programa de gobierno empujado sin piedad por Javier Milei y el ministro Luis Caputo. La licuación de los ingresos familiares y el feroz recorte del gasto público construyeron un aparente equilibrio fiscal sobre la base del sufrimiento extremo de las mayorías populares. El supuesto ordenamiento de la macroeconomía se sostiene castigando diariamente a los jubilados y a los trabajadores de todos los rubros.
Mientras el gobierno nacional celebra los indicadores financieros prometiendo que se vienen los mejores meses de la gestión, la realidad de las calles muestra un paisaje de inmensa desesperación colectiva, ya que es el propio pueblo trabajador quien termina financiando este ajuste asfixiante al postergar su alimentación y entregar su futuro a las altas tasas de interés de las plataformas de crédito.
Toda esta cruel dinámica de endeudamiento cotidiano responde a las necesidades de un modelo económico que busca consolidar una transferencia masiva de recursos desde los sectores populares hacia los grandes grupos concentrados y los especuladores financieros. Frente a semejante escenario de desigualdad, frenar este saqueo sistemático se convierte en una tarea urgente para devolverle la dignidad a millones de familias que hoy luchan a diario por asegurar su derecho fundamental a la vida y a un plato de comida.
[i] https://www.redcame.org.ar/advf/documentos/2026/06/6a2496ede4a13.pdf
[ii] https://isepci.org.ar/radiografia-de-la-inseguridad-alimentaria-en-buenos-aires/

