El arte como resistencia y aprendizaje.
Por Adalberto Gonzalez
El documental Una canción para mi tierra, dirigido por Mauricio Albornoz Iniesta, nos sitúa en el campo, en San Marcos Sud, Córdoba para denunciar una realidad invisibilizada. La cámara sigue a Ramiro Lezcano, un profesor de música en escuelas rurales que, en el proceso de enganchar a sus estudiantes con el hacer —antes que con las marchas y los himnos— se encuentra con el asedio de las fumigaciones con agrotóxicos.
La narración se apoya en la composición de canciones de denuncia por parte de los propios estudiantes, y es central tener esto presente al pensar en todos los obstáculos que se van presentando para su difusión. Si las canciones fueran sobre arbolitos y sobre “qué lindo es el medioambiente”, más generales —como plantean en la municipalidad o en la radio loca— no habría drama. El cuestionamiento surge cuando realmente usan su voz para contar lo que piensan.
En este sentido, el documental muestra con mucha inteligencia que la contaminación no es solo ambiental o sanitaria: también es social. El modelo productivo de contaminación y saqueo enferma los cuerpos, pero también divide a los pueblos, a las familias y a las comunidades entre quienes denuncian y quienes sienten que se pone en cuestión su trabajo o su forma de vida. Esa tensión aparece entre trabajadores del campo —que muchas veces son padres de esos mismos niños—, instituciones preocupadas porque no se “demonice” a los productores ni a los agrotóxicos, y las infancias junto al grupo de adultos que se ponen al hombro el proyecto. Ahí la película logra algo muy potente: mostrar que el problema no son las personas aisladas, sino un modelo que contamina todo lo que toca, incluso los vínculos.

Esa contaminación social es también parte del conflicto que atraviesa al proyecto: un proyecto que se extiende a otras escuelas rurales, llega a la grabación profesional de las canciones y finalmente al “Woodstock ambiental”, en parte como reacción a las negativas de difusión, pero sobre todo por la necesidad de hacer escuchar esas voces que cuentan sus problemas y angustias cotidianas. Aquí viene perfecto la frase de León Gieco, productor y gran participante del proyecto: “Los niños no son solo el futuro, también son el presente”.
Ver y oír a León hablar de la película, y señalar que las infancias están viviendo el mismo presente que nosotros, nos recuerda que su mirada debería ser tomada en cuenta para diseñar un país que no las enferme en nombre del progreso.
Vayan a ver Una canción para mi tierra: es un testimonio imprescindible, pero para nada bajonero, que nos invita a reflexionar sobre qué país y qué mundo estamos sembrando para mañana. Además, cuenta con la aparición de grandes músicos y el plus de salir del cine con ganas de hacer cosas con otros. Desde el genial afiche de difusión, homenajeando aquella portada de los Beatles, todo en esta película ratifica que el arte puede ser un “arma cargada de futuro”.




