Borges forever (tercera parte). 40 años no es nada para un inmortal

En esta tercera y última parte de este artículo veremos cómo se integran los conceptos que formulé en las dos partes anteriores analizando en concreto (si es que ese término cabe para el lenguaje simbólico y metafórico borgeano) cinco cuentos que son muy representativos de su estilo, de su prosa, en síntesis, de su literatura. Por último, formularé alguna conclusión final totalmente provisoria, abierta y disruptiva que sirva (ese es el objetivo de estas notas) como disparador a un debate sobre Borges que rompa con todos los presupuestos anteriores. Dejar de lado el estatuto de la academia y ver su lado revolucionario.

La historia del guerrero y la cautiva

“Mil trescientos años y el mar median entre el destino de la cautiva y el destino de Droctulft. Los dos, ahora, son igualmente irrecuperables. La figura del bárbaro que abraza la causa de Ravena, la figura de la mujer europea que opta por el desierto, puede parecer antagónicos- Sin embargo, a los dos los arrebató un ímpetu secreto, un ímpetu más hondo que la razón, y los dos acataron ese ímpetu que no hubieran sabido justificar. Acaso las historias que he referido son una sola historia. El anverso y el reverso de esta moneda son, para Dios, iguales”.

El comienzo de este párrafo final del cuento muestra una declaración liminar que puede pasar desapercibida sino se coloca la lupa al texto. Justamente está hablando de un concepto que en 1949 no estaba aún definido (aunque estaba en investigación científica): el espacio-tiempo. Para Borges no era un secreto, aunque solo lo entendieran plenamente Hubble, Heisenberg y Einstein. En eso superó ampliamente a sus filósofos contemporáneos como Heidegger para quien Ser y Tiempo son categorías antagónicas o por lo menos diferentes. Para Borges no ¿Se puede ser sino se está en el tiempo? Aquí Droctulft y la “India rubia” representan la antítesis, los vértices opuestos del triángulo borgeano que forman la hipotenusa narrativa. Pero como explicamos en la formulación lógico-dialéctica estos opuestos no son estáticos. Aquí muestra su potencia dialéctica porque los dos -el hombre bárbaro y la mujer británica civilizada- se convierten en lo contrario de sí mismos. “[…] a los dos los arrebató un ímpetu secreto, un ímpetu más hondo que la razón, y los dos acataron ese ímpetu que no hubieran sabido justificar […]” Solo Borges puede formular con poesía la transformación dialéctica.

El Sur

Cuando Borges escribe El Sur en 1940 comienza a desplegar una historia que parece en sus primeras líneas una historia costumbrista o gauchesca. Pero no lo es. Todavía en estos tiempos a Borges le costaba despegarse de su raigambre materna, de su propia barbarie. Pero a lo largo del cuento la historia gira a un escenario épico que recuerda la leyenda de los grandes hombres de la historia. El coraje, la valentía, la potente moral del combatiente parecen valores esenciales que no expresan lo primitivo sino por el contrario la aventura civilizatoria. Juan Dahlman no es cualquier hombre, es un hombre que enfrenta la muerte y elige morir combatiendo. Pero para él es la reafirmación de la vida, porque hasta el último hálito de su ser enaltece la vida como valor supremo. En estas breves líneas se puede advertir como establece la formulación psicológica: “[…] Ahí estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante. […]” (el resaltado es mío). 

Es increíble como alguien al que se sindica como idealista, existencialista y fenomenológico formula una definición tan exacta, tan científica sobre la conciencia y el raciocinio humano. Y esa conciencia es justamente la que determina que a diferencia de la bestia que se bate en duelo instintivamente por la supervivencia, Dahlman se bate en duelo por el honor, el valor y el deseo de vivir, aunque su muerte era ya un hecho ¿No es acaso el deseo, la libido, el motor más poderoso del ser psíquico para Freud? Si Freud interpretó los sueños, la pulsión de vida y la de muerte, el escritor aquí reafirma con proeza estética y poética esas interpretaciones: “[…] Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta sería la muerte que hubiera elegido o soñado. […]” (el resaltado es mío).

La muerte y la brújula

De los muchos problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lönnrot, ninguno tan extraño —tan rigurosamente extraño, diremos— como la periódica serie de hechos de sangre que culminaron en la quinta de Triste-le-Roy, entre el interminable olor de los eucaliptos. Es verdad que Erik Lönnrot no logró impedir el último crimen, pero es indiscutible que lo previó. Tampoco adivinó la identidad del infausto asesino de Yarmolinsky, pero sí la secreta morfología de la malvada serie y la participación de Red Scharlach, cuyo segundo apodo es Scharlach el Dandy. Ese criminal (como tantos) había jurado por su honor la muerte de Lönnrot, pero éste nunca se dejó intimidar. Lönnrot se creía un puro razonador, un Auguste Dupin, pero algo de aventurero había en él y hasta de tahúr”.

El párrafo inaugural de este célebre cuento tiene tanto de matemático, de enigma, de razonamiento lógico como de sentimental declaración de un héroe que resulta antihéroe y la personificación de un villano que resulta héroe. Los que conocen el final de esta extraña “investigación” policial del detective Lönnrot quizás no se sorprendan del resultado trágico, pero sí de cómo se quiebra la lógica del investigador en el último paso de la historia y es magistral como el criminal Scharlach el Dandy le explica la “falla lógica” a Lönnrot; que en realidad no es falla sino la transmutación de la lógica simple en compleja. El paso de la lógica aristotélica a la dialéctica:

“[…] —No hay que buscarle tres pies al gato —decía Treviranus, blandiendo un imperioso cigarro—. Todos sabemos que el Tetrarca de Galilea posee los mejores zafiros del mundo. Alguien, para robarlos, habrá penetrado aquí por error. Yarmolinsky se ha levantado; el ladrón ha tenido que matarlo. ¿Qué le parece?

         —Posible, pero no interesante —respondió Lönnrot—. Usted replicará que la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis. En la que usted ha improvisado interviene copiosamente el azar. He aquí un rabino muerto; yo preferiría una explicación puramente rabínica, no los imaginarios percances de un imaginario ladrón […]”.

El error de lógica formal constatado en el texto resaltado es evidente, pero muestra cómo las premisas erróneas conllevan fracasos en los objetivos, los resultados y ocultan la verdad con falsas imágenes. Guillermo Martínez analiza los textos de Borges en su libro Borges y la matemática y este es uno de sus predilectos. Martínez allí considera que este texto es emblemático de la maestría con que Borges maneja las categorías lógico-aritméticas, pero para no ingresar en el presupuesto de los detractores que aseguran que los textos borgeanos son fríos, puramente matemáticos, intelectuales y otras críticas injustificadas es bueno la aclaración que este escritor y profesor de matemática hace de estos textos de Borges:  CITA

Pero veamos como Borges luciendo la dialéctica remata esta historia.

“[…] Lönnrot evitó los ojos de Scharlach. Miró los árboles y el cielo subdivididos en rombos turbiamente amarillos, verdes y rojos. Sintió un poco de frío y una tristeza impersonal, casi anónima. Ya era de noche; desde el polvoriento jardín subió el grito inútil de un pájaro. Lönnrot consideró por última vez el problema de las muertes simétricas y periódicas.

         —En su laberinto sobran tres líneas —dijo por fin—. Yo sé de un laberinto griego que es una línea única, recta. En esa línea se han perdido tantos filósofos que bien puede perderse un mero detective. Scharlach, cuando en otro avatar usted me dé caza, finja (o cometa) un crimen en A, luego un segundo crimen en B, en 8 kilómetros de A, luego un tercer crimen en C, a 4 kilómetros de A y de B, a mitad de camino entre los dos. Aguárdame después en D, a 2 kilómetros de A y de C, de nuevo a mitad de camino. Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy.

         Para la otra vez que lo mate —replicó Scharlach—, le prometo ese laberinto, que consta de una sola línea recta y que es indivisible, incesante.

         Retrocedió unos pasos. Después, muy cuidadosamente, hizo fuego […]” (el resaltado es mío).

El laberinto de una sola línea recta, indivisible e incesante parece en el mejor de los casos una paradoja pero no es más que la demostración que nada es igual a sí mismo y que los verdaderos laberintos en el alma humana no son los que tienen innumerables líneas quebradas sino los que cruzan infinitas líneas de diversa dirección y sentido que culminan en nuestro ser en un único dolor, en un único trauma, en único significado que ni Lacan ni ningún psicólogo idealista puede entender, en un único significado y significante del ser: la contradicción. Porque la vida es contradicción.

Las ruinas circulares

“[…] El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad… Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica… A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de bueno afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. […]”

El hombre que se sueña a sí mismo y que se sueña Dios es un juego alucinante de imágenes contradictorias que encierran un sentido imprevisible: Borges se sueña Dios y quiere crear al hombre, pero en su esfuerzo idealista -a lo Hegel- no se da cuenta (o sí, no lo sabemos) que deja al desnudo la dialéctica maravillosa que se observa al enderezar lo que está patas para arriba: Que es el hombre el que ha creado a Dios como lo señala Feuerbach. Otra demostración de cuán lejos de Spinoza, Kant o Heidegger está el autor argentino y cuán cerca -aun negándolo- está del materialismo. Pero no le pidamos a un escritor lo que es patrimonio de un filósofo ¿O sí?

Emma Zunz

Por último, la frutilla del postre porque en este cuento condensa las tres formulaciones definidas con anterioridad con el triángulo barbarie-biblioteca-imaginación. O habría que decir mejor que ese triángulo concentra en su interior las tres formulaciones. Emma Zunz representa eso y mucho más y me permito una digresión que seguro van a repudiar los dogmáticos: para mí en ese sentido es superior a El Aleph. Pero gustos son gustos. Dejemos a Martín Kohan las conclusiones de este genial cuento en la manos de un magistral escritor y ensayista:

Me parece que los cuentos no son todos iguales, pero hay marcas borgeanas… la intensidad, que en Emma Zunz logra para dar cuenta de una historia ligada a la pasión y al cuerpo, a lo que le pasa a un cuerpo, a lo que puede pasar a un cuerpo; me parece que es un texto que plasma tan extraordinariamente algo del orden de lo concreto, porque es Emma Zunz la que vive centralmente la historia, lo que le pasa al cuerpo de una mujer, lo que pasa con el cuerpo de una mujer, lo que el cuerpo de una mujer puede suscitar, lo que la experiencia de un cuerpo de mujer puede revelar, que en este caso se lo revela al propio personaje… tiene que ver con la experiencia y la vivencia de un cuerpo de mujer, insisto, con una intensidad… que puede ocurrir en un cuerpo de mujer, la verdad que un cuerpo de mujer puede revelar a una subjetividad femenina que es la de Emma Zunz.

La mutación de los propósitos que Emma Zunza tiene al comenzar el texto hace difícil de conectar inicio y fin de esta historia sino es entendiendo la metamorfosis, la transformación, “la verdad que un cuerpo de mujer puede revelar a una subjetividad femenina que es la de Emma Zunz”. Borges crea en Emma Zunz un sujeto que se transforma en objeto para volver a ser sujeto: círculo concreto-abstracto-concreto.

Conclusiones finales

En este 40° aniversario del fallecimiento de Borges se han sucedido una infinidad de homenajes; diversos eventos de diferente naturaleza y no sólo en Buenos Aires, su ciudad natal, sino en todo el mundo. No hay muchos escritores que hayan suscitado un consenso tan amplio respecto de la profundidad y la magnitud literaria que Borges sustenta en su obra. Sin embargo, un conglomerado abrumador de análisis idealistas y metafísicos privaron al estudio de la obra de Borges del debido método lógico-filosófico para ingresarlo en un pantano de fenomenología y existencialismo que en mi opinión es ajena al significado y al contenido de su obra. Las tres formulaciones planteadas en el primer artículo y el triángulo de la obra borgeana explicado en el segundo artículo muestran una mirada holística de Borges y un plano dialéctico poco comprendido por la mayoría de sus analistas. He aquí una contribución breve pero contundente a un nuevo y transgresor concepto sobre Borges; la invitación a una metodología de análisis materialista-dialéctico de sus contenidos que difiere de todos los existentes. Que esta contribución sea el disparador de un profundo debate. Que así sea.

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