Sangre negra. La película que Hollywood no se animó a filmar 

El mundial se consumó pero las polémicas que se despertaron con la llegada de la selección a Argentina a una nueva final, siguen siendo parte del debate. Entre esas polémicas, podemos encontrar la frase del actor Samuel L. Jackson, quien festejó la derrota argentina sugiriendo que nuestro país es uno de los más racistas de la historia. Lejos de utilizar un “racistometro” para compararnos y comprendiendo que no hay países excentos de conductas racistas. Si podemos mencionar la historia de un filme pionero y por que este terminó grabándose en argentina, para debatir un poco la premisa propuesta por el actor hollywoodense.

En 1951, mientras en Estados Unidos seguían vigentes las leyes de segregación racial y el macartismo perseguía cualquier expresión considerada “subversiva”, una película sobre el racismo que denunciaba las bases mismas de la sociedad norteamericana encontraba un lugar para realizarse a miles de kilómetros de distancia: la Argentina. Sangre negra (Native Son), dirigida por el francés Pierre Chenal y basada en la célebre novela de Richard Wright, no solo fue una obra adelantada a su tiempo, sino también una producción que desafió los límites impuestos por la censura, el racismo y la Guerra Fría.

Su historia demuestra que el cine puede convertirse en un terreno de disputa política y que, muchas veces, las obras más incómodas para el poder encuentran refugio lejos de los centros donde ese poder se ejerce.

Un crimen que desnuda el racismo de una sociedad

La película adapta Native Son, la novela que Richard Wright publicó en 1940 y que lo convirtió en el primer escritor afroamericano en alcanzar un éxito masivo en Estados Unidos. Su protagonista es Bigger Thomas, un joven negro del South Side de Chicago cuya vida transcurre bajo la pobreza, la discriminación y la violencia estructural.

Bigger consigue trabajo como chofer para una familia blanca acomodada. Una noche, mientras intenta evitar que Mary Dalton sea descubierta por su madre en estado de ebriedad, la asfixia accidentalmente al cubrirle la boca para que no haga ruido. A partir de ese momento comienza una desesperada huida que termina exhibiendo cómo el sistema judicial, la policía, los medios de comunicación y la sociedad ya lo habían condenado mucho antes del crimen.

La pregunta central que plantea Wright sigue siendo profundamente vigente: ¿cuánto de las decisiones de Bigger le pertenecen realmente y cuánto fue moldeado por un sistema construido para excluirlo? La novela buscaba, según su autor, “golpear al lector en el plexo solar” obligándolo a enfrentarse con el racismo estructural estadounidense.

Hollywood dijo que no

El enorme éxito editorial despertó rápidamente el interés de Hollywood. Pero los grandes estudios pretendían comprar los derechos imponiendo una condición insólita: reemplazar a los personajes negros por personajes blancos.

Aceptar esa exigencia hubiera significado vaciar completamente el sentido de la obra. Wright rechazó la propuesta.

La búsqueda continuó en Europa, pero tampoco allí encontró respaldo. Francia e Italia atravesaban los primeros años del Plan Marshall y dependían fuertemente de la ayuda económica estadounidense. Ninguno de esos países quiso involucrarse en una producción que denunciaba el racismo institucional norteamericano y podía generar tensiones diplomáticas con Washington.

Paradójicamente, las potencias europeas que décadas después construirían una imagen internacional ligada a la defensa de los derechos humanos prefirieron entonces mirar hacia otro lado antes que incomodar a su principal aliado.

Buenos Aires, un refugio inesperado

La solución apareció gracias al director francés Pierre Chenal. Perseguido por el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial, Chenal había encontrado refugio en la Argentina y conocía el potencial de la industria cinematográfica nacional. Fue él quien convenció a Richard Wright de trasladar el proyecto a Buenos Aires.

Los estudios de Argentina Sono Film recrearon con enorme precisión los barrios obreros del South Side de Chicago. El resultado fue tan convincente que durante años muchos críticos estadounidenses creyeron que esas escenas habían sido filmadas en la propia ciudad norteamericana. Apenas algunos exteriores fueron registrados en Estados Unidos.

El rodaje todavía enfrentó otra dificultad. El actor Canada Lee, elegido originalmente para interpretar a Bigger Thomas, quedó imposibilitado de viajar debido a las restricciones impuestas por el régimen del apartheid sudafricano. Frente a esa situación, Chenal tomó una decisión inédita: convencer al propio Richard Wright para protagonizar la adaptación de su novela.

Así, el escritor pasó a ser también actor y coguionista de una historia inspirada en su propia experiencia como afroamericano en los Estados Unidos segregacionistas.

Una película demasiado incómoda

Sangre negra no denunciaba únicamente los prejuicios individuales. Ponía en escena el funcionamiento completo de las leyes Jim Crow, el sistema legal que durante décadas institucionalizó la segregación racial en Estados Unidos mediante escuelas, hospitales, transportes, baños, restaurantes y espacios públicos separados para blancos y negros.

También cuestionaba la llamada “regla de una gota”, según la cual cualquier ascendencia africana alcanzaba para que una persona fuera considerada legalmente negra y quedara sometida a ese régimen discriminatorio.

En plena Guerra Fría y bajo el clima persecutorio del macartismo, una película que mostraba esas contradicciones resultaba intolerable.

Setenta años de censura

Cuando llegó el momento del estreno, Estados Unidos exigió eliminar cerca de treinta minutos de metraje.

Las escenas suprimidas incluían violencia policial, relaciones interraciales y gran parte del contenido político de la obra. En numerosos estados directamente fue prohibida. Durante décadas, el público estadounidense solo conoció una versión mutilada que alteraba profundamente el sentido de la película.

Recién gracias al trabajo del historiador Fernando Martín Peña y del investigador Edgardo Krebs fue posible localizar copias conservadas en la Argentina y reconstruir la versión íntegra.

En 2020, casi setenta años después de su estreno original, Estados Unidos pudo proyectar por primera vez Sangre negra tal como Pierre Chenal y Richard Wright la habían concebido.

Un espejo incómodo para Occidente

La historia de Sangre negra también invita a revisar ciertos relatos construidos sobre la historia contemporánea.

Mientras Hollywood rechazaba una película porque denunciaba el racismo y buena parte de Europa evitaba producirla para no incomodar a Washington, fue la industria cinematográfica argentina la que abrió sus estudios para hacer posible esa obra. Claro que eso tampoco significa que la Argentina estuviera libre de racismo ni de profundas desigualdades sociales. 

Sangre negra trasciende el cine negro y el drama judicial. Es el testimonio de una época en la que denunciar la segregación podía convertirse en un acto de rebeldía, y también una muestra de que, cuando el poder intenta borrar una historia mediante la censura, esa historia muchas veces encuentra otros caminos para sobrevivir. Setenta años después, la película sigue interpelando al espectador con la misma pregunta que incomodó a Hollywood en 1951: ¿hasta qué punto una sociedad puede llamarse democrática cuando construye leyes e instituciones para discriminar a una parte de su propio pueblo?

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