La izquierda ante un gran desafío II. Algunas reflexiones sobre las tareas que tenemos por delante

A continuación, compartimos este nuevo aporte que hicieron los compañeros Aldo Casas, Ariel Petruccelli, Eduardo Lucita y Juan Pablo Casiello


26/05/26

Queridas compañeras, queridos compañeros:

Hace poco más de un mes, los abajo firmantes dimos a conocer una carta abierta enviada a las organizaciones del FIT-U pero dirigida al conjunto de la izquierda revolucionaria de la Argentina, que titulamos “La izquierda ante un gran desafío”. El escrito tuvo una repercusión que ninguno de los firmantes imaginaba, no tanto, evidentemente, por sus méritos intrínsecos, sino porque tocaba un tema urgente que ya está en la cabeza de todas las personas y todas las organizaciones que en un sentido amplio podemos considerar de izquierda. Además de numerosos escritos redactados tanto para apoyar como para debatir la Carta Abierta, cabe destacar que tres de las organizaciones integrantes del FIT-U (MST, IS y PTS) publicaron el texto en sus prensas y dieron una acogida en general favorable a la propuesta de conformar comités de base en favor de un gobierno de trabajadores. En este sentido, la organización a la que pertenece la compañera Myriam Bregman –el PTS- ha lanzado una convocatoria pública -“Vos hacés falta”-, a la que nosotros cuatro hemos adherido. Lo hicimos porque lo consideramos un primer paso en la dirección de procurar organizar a ese creciente volumen de ciudadanos y ciudadanas que ven en Myriam una alternativa de gobierno. Esta convocatoria, sin embargo, ha sido objeto de distinto tipo de objeciones, seguramente atendibles. Muchos compañeros y compañeras han sostenido que hubiera sido mejor que la convocatoria surgiera del FIT-U en su conjunto. Puede ser. Pero no hay certeza de que se alcanzara un rápido consenso y, en todo caso, el tiempo es una variable nada desdeñable en los vertiginosos momentos en que vivimos. Con una primera jugada mejor o peor armada, lo cierto es que la pelota ya está en movimiento y el llamado a la construcción de comités de base invita a todas las fuerzas y personas que acuerden con la perspectiva de un “gobierno de trabajadores”. La convocatoria invita, igualmente, a participar en la trascendental discusión sobre cómo erigir una fuerza política, un “partido de la nueva clase trabajadora” o un “nuevo movimiento histórico”, cuyo contorno de momento parece vago, pero que merece ser analizado y debatido seriamente.

En lo que sigue quisiéramos compartir públicamente nuestro parecer sobre estas tareas tan importantes, ahondando en lo expresado en nuestra primera intervención.

Comenzamos reiterando un aspecto muy particular del actual contexto que no tiene equivalente en ninguna experiencia cercana: una figura pública perteneciente a una organización y un frente de izquierda revolucionaria (vale decir: claramente diferentes de las variantes “progresistas”, “reformistas” o “populistas” que han sido las más habituales en los últimos años) que concentra porcentajes tan elevados de imagen positiva y una creciente intención de voto es algo que no tiene precedentes en ninguna experiencia mínimamente cercana. Este “estado de ánimo”, por así decirlo, ofrece posibilidades invaluables, pero por sí mismo no garantiza que se transforme en fuerza política organizada ni que dé lugar a un viraje arraigado: sabemos que puede ser un fenómeno efímero. El desafío es darle consistencia política y solidez organizativa, en el marco de un contexto general que sigue siendo favorable por el desbarranque del gobierno de Milei y por la parálisis, el internismo y el giro a la derecha del peronismo. La primera tarea, pues, consiste en “organizar la simpatía”, como ya se comienza a decir habitualmente. Sin embargo, esta tarea no es nada sencilla, por cuatro razones -cuatro dificultades-, que quisiéramos poner sobre la mesa para pensar colectivamente cómo las afrontamos de la manera más fructífera en un sentido revolucionario.

La primera dificultad es que, aunque sea imposible mensurarla a ciencia cierta, cabe suponer que una parte considerable de esa simpatía se halla determinada por las lógicas tan cambiantes como superficiales que se asocian a las dinámicas de la cultura audiovisual en general y de las más recientes “redes sociales” en particular (y sobre determinada por lo que Federico Mare suele denominar “honestismo”: la atribución de un excesivo peso explicativo a la corrupción o la no corrupción). Para evitar que esa simpatía se disperse y eventualmente cambie de orientación es necesario (aunque no suficiente) que mucha de esa gente se organice. Y no se debería perder tiempo. El “estado de ánimo” debe dar lugar a un “estado de organización”, aunque sea mínima, no sólo para evitar la dilución, sino más profundamente porque no hay cambio verdaderamente revolucionario sin una amplia participación consciente de las masas populares.

Esto nos remite a la segunda de las dificultades. La izquierda revolucionaria, no sólo en nuestro país sino en el mundo entero, ha estado a la defensiva, en todos los terrenos, desde hace décadas. Hace unos años, tras la crisis del 2008, empezaron a verse atisbos de que al menos en el campo intelectual podían abrirse grietas que permitieran una actitud más ofensiva. El prestigio de los economistas mainstream cayó en picada y el nombre de Marx comenzó a ser intelectualmente rehabilitado. Pero el grueso de los movimientos sociales reivindicativos –aquello que un tanto vagamente podemos llamar la “izquierda social”– continuaron presa de enfoques o bien estrechamente parciales, concentrados en causas o demandas particulares, o bien (cuando tenían un carácter más “político”) apenas reformista. Sindicalmente, la izquierda con voluntad revolucionaria continuó teniendo un peso por lo general modesto, en medio de una tendencia mundial a la caída de las tasas se sindicalización. En el terreno electoral las alternativas populistas o neo-reformistas, para no hablar de las neoliberales o neoconservadoras, tuvieron mucha mejor fortuna. La presente situación en Argentina ofrece, pues, la posibilidad absolutamente infrecuente de estar en una situación que permite adoptar una actitud ofensiva, con chances de ocupar el centro del ring, luego de décadas de estar contra las cuerdas soportando golpe tras golpe. Pero, claro, esto obliga a cambios políticos para los que no estamos en absoluto preparados. No es sencillo abandonar la actitud defensiva, para adoptar una actitud más ofensiva. Pero si queremos cambiar el mundo, habrá que hacerlo.

La tercera dificultad tiene que ver con el hecho de que una actitud ofensiva carece de sustento sin la posibilidad de desenvolver una política de masas. La izquierda argentina se encuentra ante esta posibilidad, que hasta ayer nomás le estaba vedada. Por evolución de las circunstancias y por méritos propios está en condiciones de empezar a hacer una política de masas con orientación revolucionaria. Que sea posible no significa que sea sencillo ni que se lo consiga inevitablemente. Y afrontar los desafíos de una política de masas supondrá introducir modificaciones (sobre las que habrá mucho que discutir), dado que la cultura de izquierdas en las que nos hemos formado está anclada en una política más bien orientada a “vanguardias” o sectores socialmente acotados.

La cuarta dificultad –y no en importancia– refiere a la necesaria unidad. Una auténtica política de masas requiere niveles elevados de unidad, fraternidad y generosidad. Sería deseable que pudiéramos avanzar en conversaciones serenas y desprejuiciadas en torno a esto. Un buen punto de partida es reconocer el hecho puramente empírico de que todas las modalidades organizativas conocidas hasta el presente han mostrado insuficiencias. No hay un modelo indudable que replicar y nadie tiene la hoja de ruta de un territorio inexplorado. Es casi seguro que deberemos inventar, a la luz de un conocimiento profundo de las ventajas y desventajas de las experiencias conocidas. De momento, lo que tenemos en Argentina es una coalición electoral de partidos de cuadros con un lustro y medio de unidad sostenida (un logro no menor dentro de la tradición trotskista, sin equivalentes en otros países), un pequeño grupo de otras organizaciones políticas y un amplísimo y variopinto archipiélago de movimientos sociales fragmentados en innumerables grupos.

A nuestro parecer, los “comité de base por un gobierno de trabajadores: Myriam Bregman presidenta” deberían orientarse a la confluencia de un amplio arco que incluye a la militancia de las cuatro fuerzas del FIT-U, otras organizaciones políticas que se hallan fuera de la coalición pero poseen objetivos últimos comunes (como por ejemplo el Nuevo MAS, Política Obrera, Convergencia Socialista o “Vientos del Pueblo”, entre otros), buena parte de la gran masa de votantes del FIT-U que apoyan al frente pero que, como dijera Alejandro Bodart en su discurso ante el congreso del MST, “no pasan por el aro de ninguno de los partidos”, y gran parte del archipiélago de organizaciones y personas que estructuran los diversos “movimientos sociales”. Sería especialmente importante llamar y abrir las puertas a quienes, desencantados con un peronismo incapaz de enfrentar a Milei y que día a día gira a la derecha, miran con simpatía y expectativas a Myriam y al proyecto inequívocamente antipatronal y de izquierda que impulsa el Fitu. Tampoco habría que excluir a eventuales votantes de Milei de origen popular que se sienten inevitablemente estafados.

Si toda esta energía militante lograra confluir en espacios comunes capaces de desarrollar diversas tareas, estaremos a las puertas de introducir una transformación en la situación política mucho más sustanciosa que un mero cambio en el estado de ánimo o en las preferencias electorales. Los espacios comunes nos parecen más potentes que multitud de espacios separados: no sólo por su mayor potencial de convocatoria, sino por la posibilidad de que sirvan como vehículo de debates abiertos, a condición de que en los mismos se adopte una actitud constructiva. Hay mucho por hacer. Como dijera recientemente un histórico dirigente del PTS, Emilio Albamonte, en una entrevista: “hay que romperse la cabeza en cada lugar para pensar qué actividad logra entusiasmar más compañeros y compañeras; pensar qué actividad es capaz de politizar, avanzar en la organización y movilizar. No necesariamente tienen que ser actividades de lucha en sentido estricto, pueden ser de discusión ideológica, pueden ser actividades sociales”. Por otra parte, seguimos considerando indispensable la elaboración de propuestas más concretas que las disponibles hasta el momento para todos y cada uno de los aspectos de la realidad que debería abordar un eventual gobierno de trabajadores. Se puede discutir si esto se lo abordaría mejor dentro de los propios comités o de manera paralela a los mismos. Pero juzgamos indispensable encarar estas cuestiones.

Mientras nos volcamos a todas estas actividades, no deberíamos dejar de evaluar las múltiples posibilidades que la actual dinámica social y política puede abrir. En medio de esta crisis no pueden descartarse grandes luchas en el centro político, como se vienen dando hoy en algunas provincias, y hasta estallidos o revueltas (como en la vecina Bolivia). Una izquierda unida y organizada, en todo caso, podrá intervenir con mayor eficacia tanto en un proceso electoral como en la lucha callejera.

Tras años de dispersión, tenemos por delante el desafío de buscar cotas significativas de unidad. Si lo conseguimos, podremos transformar una parte de la simpatía genérica por Myriam Bregman en difusión del ideario socialista y de la perspectiva revolucionaria a escala inimaginable poco tiempo atrás. Esta es la tarea que el conjunto de la izquierda debe abordar de manera mancomunada, sin sectarismo ni autoproclamación, priorizando la causa común.

Sabemos que los impulsos unitarios se verán contrarrestados por las inercias de años y años de construcciones mucho más parcializadas. No sólo las construcciones de los partidos, sino también las de los movimientos sociales. Habrá que salir de la zona de confort, de la interacción estrecha con quienes piensan demasiado parecido. Podemos hacerlo, pero no será sencillo y habrá que cultivar la paciencia en medio de lo que, cabe suponer, serán tiempos vertiginosos.

El desafío está planteado: si logramos poner en pie por todos lados comités de base unitarios y autónomos –para nosotros una tarea prioritaria a la que se debe otorgar la mayor autonomía de desarrollo– los mismos podrían ser un excelente laboratorio político capaz, a la vez, de difundir una perspectiva revolucionaria y de generar un espacio en el que los problemas ingentes que la misma debe abordar sean debatidos sin dogmatismos y con espíritu constructivo, explorando sin prisa pero sin pausa las nuevas formas de organización y de acción que nos permitan desafiar seriamente al capitalismo en el mundo actual.

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