Laura Figueroa fue nuestra compañera de militancia en los años del viejo PST. Fueron tiempos intensos, atravesados por la esperanza y la convicción de que era posible construir una sociedad más justa. La rebeldía popular recorría el país de la mano de las grandes luchas obreras y estudiantiles que habían estallado en Córdoba con el Cordobazo y que luego se extendieron a Tucumán, Rosario, Mendoza y otros puntos del país. Aquellas jornadas formaban parte de una ola de transformaciones que también había tenido expresiones profundas en distintas partes del mundo, como el Mayo Francés de 1968.
Por: Ángel Paliza
Frente a esa irrupción popular, los sectores dominantes no permanecieron inmóviles. Bajo la doctrina de la seguridad nacional, con el respaldo del Plan Cóndor y la intervención de los Estados Unidos en América Latina, se desplegó una estrategia destinada a aplastar toda experiencia que cuestionara el orden establecido. Durante las décadas de 1960 y 1970, los golpes de Estado se multiplicaron en la región y la represión comenzó a extenderse sobre quienes luchaban por cambios sociales profundos.
Fue en ese escenario donde se forjó Laura Figueroa. Y fue allí donde demostró una valentía extraordinaria. Enfrentó a una de las dictaduras más crueles de nuestra historia, pero también comprendió —como tantas veces ha señalado— que el exterminio de una generación de militantes y luchadores sociales no comenzó el 24 de marzo de 1976. Había comenzado antes, durante los últimos años del gobierno peronista, con la acción criminal de la Triple A, bajo la influencia de José López Rega y con la complicidad de sectores del Estado. De esa experiencia nacieron sus convicciones más profundas. De allí proviene la fuerza de sus ideas y la indignación que todavía nos impulsa a no resignarnos.
La semana pasada, en el MUNT, el Museo de la Universidad Nacional de Tucumán, Laura volvió a representarnos a todos. No sólo a quienes compartimos con ella aquellos años de militancia, sino a toda una generación que sufrió la persecución, la cárcel, el exilio, la desaparición de compañeros y el dolor de una derrota que parecía difícil de revertir.
La presentación de su libro Trama secreta del genocidio en Tucumán 1975-1982. Testimonios y jurisprudencia desbordó las expectativas. La sala estuvo colmada y muchas personas debieron permanecer de pie o seguir la actividad desde los pasillos. Aquella convocatoria expresó algo más profundo que el interés por una publicación académica: puso de manifiesto que la memoria sigue viva y que existe una necesidad colectiva de comprender lo ocurrido, especialmente en una provincia marcada para siempre por el Operativo Independencia y por el terrorismo de Estado.
La emoción atravesó toda la jornada. No era simplemente la presentación de un libro. Era el reconocimiento a una vida entera dedicada a la búsqueda de la verdad y la justicia. Quienes acompañaron a Laura, entre ellas Mirta Hillen y Virginia Duffy, destacaron no sólo su capacidad profesional, sino también su integridad, su compromiso inquebrantable y el coraje con el que enfrentó situaciones extremas.
Porque detrás de cada página de este libro hay una historia personal atravesada por el dolor de escuchar testimonios desgarradores, por años de lucha judicial contra la impunidad y por los riesgos que implicó enfrentarse a poderes que durante mucho tiempo parecieron intocables. Incluso sufrió atentados y amenazas. Sin embargo, nunca abandonó el camino elegido.
Los prolongados aplausos que acompañaron distintos momentos de su intervención no fueron únicamente una muestra de afecto. Fueron el reconocimiento a una coherencia sostenida durante décadas. Fueron el homenaje de una comunidad que sabe cuánto costó llegar hasta aquí.
También resulta significativo que esta obra haya sido publicada por la Editorial de la Universidad Nacional de Tucumán. En tiempos de ajuste sobre las universidades públicas y sobre la producción científica, la publicación de un trabajo de estas características constituye una reafirmación del papel de la universidad como espacio de pensamiento crítico, memoria y compromiso social.
Durante su exposición, Laura dejó en claro que su objetivo es interpelar el presente. Como expresó en declaraciones a medios locales, busca que “el conocimiento llegue al pueblo en su totalidad para que tenga mecanismos de autodefensa”. Su preocupación no se limita a los hechos históricos que investiga. También se extiende a los procesos contemporáneos que generan sufrimiento social, exclusión y vulneración de derechos.
Con la claridad que le otorgan más de cuarenta años de lucha, recordó que los genocidios no comienzan con las matanzas masivas. Antes existen procesos de degradación humana, de construcción de enemigos, de naturalización de la desigualdad y de destrucción de los vínculos solidarios. Por eso insistió en la necesidad de mirar el pasado para comprender los desafíos del presente.
Sus palabras evocaron también las grandes luchas obreras de ferroviarios y trabajadores azucareros que resistieron el cierre de ingenios y la destrucción de la estructura productiva tucumana. Recordó igualmente la extraordinaria experiencia del Tucumanazo, cuando estudiantes y trabajadores lograron construir una unidad capaz de desafiar al poder establecido. Aquella “levadura maravillosa”, como la definió, sigue siendo para ella una fuente de inspiración.
Laura sostuvo que no fue casual que el Operativo Independencia se iniciara en Tucumán. Aquí existía una de las experiencias de organización obrera y estudiantil más importantes del país. Y precisamente por eso la represión desplegó sobre nuestra provincia una violencia particularmente brutal.
Hubo también un momento especial dedicado a quienes sostuvieron la búsqueda de justicia desde los primeros años de la recuperación democrática. Laura recordó a los familiares que la buscaron en 1983 para investigar el destino de sus seres queridos. Sin ellos, sin su perseverancia y sin su amor, gran parte de la lucha por Memoria, Verdad y Justicia no habría sido posible.
Agradeció a sus compañeras de trabajo, las abogadas Alicia Noli y Liliana Vitar, con quienes inició las querellas, y reconoció la tarea imprescindible de los integrantes del CAMIT, el Colectivo de Arqueología, Memoria e Identidad de Tucumán. Su labor silenciosa de búsqueda, identificación y exhumación de víctimas constituye uno de los aportes más valiosos a la reconstrucción de la verdad histórica.
Cada uno de esos agradecimientos dejó una enseñanza profunda: nada de lo conseguido fue obra de héroes individuales. Los avances en materia de justicia fueron posibles gracias a una construcción colectiva sostenida durante décadas por abogados, historiadores, antropólogos, investigadores, psicólogos, archivistas, organismos de derechos humanos, sobrevivientes, familiares y testigos. Detrás de cada sentencia existe una inmensa trama de trabajo, compromiso y solidaridad.
Laura reservó además unas palabras especialmente emotivas para la Universidad Nacional de Tucumán, a la que definió como “laica y gratuita”. Recordó su papel en las luchas estudiantiles del Tucumanazo y expresó su preocupación por el presente de las universidades públicas. Convocó a las nuevas generaciones a recuperar aquella tradición de compromiso social y a reconstruir los lazos entre estudiantes, trabajadores y sectores populares. “Que la sangre derramada no haya sido en vano”, pidió. Y llamó a que esa levadura estudiantil vuelva a crecer, porque hoy, afirmó, no existe sector popular que no esté siendo afectado por distintas formas de vulneración.
La actividad terminó transformándose en mucho más que una presentación editorial. Fue un acto de memoria colectiva. Un homenaje a Laura Figueroa, pero también a todos aquellos hombres y mujeres que durante décadas sostuvieron la lucha por la verdad y la justicia cuando hacerlo implicaba enfrentar el miedo, la indiferencia y la impunidad.
El libro constituye una rigurosa investigación histórica, pero también algo más profundo: una invitación a no olvidar. Una invitación a comprender que la memoria no es una mirada nostálgica sobre el pasado, sino una herramienta para defender el presente y construir el futuro.
Porque los poderes que ayer recurrieron al terror para preservar sus privilegios no han desaparecido. Han cambiado sus formas, sus discursos y sus instrumentos. Hoy disponen de recursos tecnológicos, mediáticos y culturales capaces de influir sobre nuestras conciencias, modelar percepciones y fragmentar los lazos colectivos que permiten resistir.
Por eso la memoria sigue siendo una forma de lucha y por eso libros como éste resultan tan necesarios. Nos recuerdan que hubo quienes enfrentaron la injusticia cuando parecía imposible hacerlo. Nos enseñan que la verdad puede abrirse paso aun después de décadas de silencio. Y nos convocan a asumir una responsabilidad que atraviesa generaciones: mantener viva la memoria para que el horror nunca vuelva a repetirse y para que los sueños de justicia que animaron a tantos compañeros sigan encontrando caminos para florecer.


