Menos nafta, menos actividad. La caída del consumo expone el fracaso del modelo de Milei

La venta de combustibles volvió a retroceder en junio y acumuló su quinto mes consecutivo de caída. El dato refleja mucho más que un cambio en los hábitos de consumo: es otro síntoma de una economía atravesada por la recesión, el derrumbe de la actividad y la pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores, mientras el Gobierno insiste en presentar una supuesta recuperación que no llega a los bolsillos populares.

Las ventas de combustibles al público alcanzaron en junio los 1.331.423 metros cúbicos entre naftas y gasoil, un 2,9% menos que en el mismo mes del año pasado. Con este resultado, el sector acumula cinco meses consecutivos de retroceso, confirmando que la desaceleración del consumo sigue siendo una de las principales características de la economía argentina.

Aunque las naftas y el gasoil premium mostraron leves incrementos, el desplome de los combustibles de mayor consumo, especialmente el gasoil grado 2 y la nafta súper, terminó inclinando la balanza hacia un nuevo resultado negativo.

La economía real no arranca

Desde el gobierno celebran algunos indicadores macroeconómicos y la desaceleración de la inflación como señales de una recuperación. Sin embargo, la caída en la venta de combustibles vuelve a mostrar otra realidad: cuando disminuye el consumo de gasoil cae el movimiento del transporte y de buena parte de la actividad productiva; cuando baja la venta de nafta, también refleja que millones de personas reducen sus desplazamientos cotidianos para trabajar, producir o consumir.

El dato se suma a otros indicadores conocidos en las últimas semanas: retroceso del consumo de carne, caída de la producción metalúrgica, aumento de la morosidad, deterioro del empleo formal y expansión de la informalidad. En conjunto, dibujan un escenario donde la estabilidad financiera que pregona el oficialismo convive con una economía que continúa estancada.

El ajuste también se siente en el surtidor

La retracción del consumo no responde únicamente a un cambio de preferencias de los usuarios. También está vinculada al fuerte incremento que registraron los combustibles durante el último año y medio, muy por encima de la evolución de muchos salarios y jubilaciones.

Con ingresos cada vez más deteriorados, miles de familias restringen gastos considerados indispensables hace apenas unos años. Cargar menos combustible, utilizar menos el automóvil o reducir viajes se transformó en otra consecuencia del ajuste sobre el poder adquisitivo.

Al mismo tiempo, sectores productivos como el transporte, la logística y las pequeñas empresas enfrentan mayores costos operativos, que terminan repercutiendo sobre el conjunto de la economía.

Un modelo que beneficia al capital

La caída del consumo de combustibles no es un dato aislado, sino una expresión más de un programa económico que prioriza el equilibrio fiscal y la rentabilidad de los grandes grupos económicos por encima de las condiciones de vida de la mayoría.

Mientras el Gobierno insiste en exhibir indicadores financieros como prueba del éxito de su gestión, la economía cotidiana muestra otro panorama: menos consumo, menos producción, menor actividad y salarios que continúan perdiendo frente al costo de vida.

El retroceso de la venta de combustibles confirma que la recuperación anunciada por Milei sigue sin llegar a quienes viven de su trabajo. Por el contrario, el ajuste continúa descargándose sobre los trabajadores, los jubilados y los sectores populares, mientras las grandes empresas y el capital financiero siguen siendo los principales beneficiarios del rumbo económico.

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