No fue un gol ni una provocación deportiva. Fue una bandera. El reclamo por las Islas Malvinas volvió a hacerse presente en un Argentina-Inglaterra y expuso la doble vara de la FIFA, el enojo del gobierno británico y el alineamiento de Javier Milei con quienes ocupan ilegítimamente territorio argentino.
Malvinas volvió a la cancha y desató la furia británica
Una bandera, un gesto, una silueta. Cualquier elemento podía hacer emerger desde lo más profundo el sentimiento antiimperialista contra la potencia usurpadora inglesa.
Es por eso que la FIFA, en común acuerdo con Monteoliva, decidió prohibir las inscripciones que aludieran a la soberanía de las Islas Malvinas en el duelo por las semifinales del Mundial de 2026 entre Argentina e Inglaterra.
La selección albiceleste —vestida de azul, como en el ’86— logró dar vuelta el resultado de forma agónica en un partido lleno de emociones. En ese contexto, una sábana pintada con aerosol que se encontraba en la tribuna encontró, gracias al peso de una botella, el camino para tocar el césped.
Allí la desplegó Giovanni Lo Celso y pudo leerse el lema: “Las Malvinas son argentinas“.
El resto de los jugadores abrazó ese manto, que no podía faltar en el sueño que se vivió en el Mercedes-Benz Stadium de Atlanta. En sus declaraciones posteriores, varios futbolistas reconocieron que sabían que no se jugaba un simple partido de fútbol. El clima era muy distinto y eso pudo percibirse desde la entonación de los himnos hasta las repercusiones posteriores al encuentro.
¿Cuánto daño puede hacer una bandera?
Las banderas y los mensajes que transmiten tienen un peso imposible de ignorar. En este caso, la bandera pone de manifiesto la lógica imperialista con la que Inglaterra ocupó ilegítimamente las Islas Malvinas, así como decenas de otros territorios alrededor del mundo.
Al mismo tiempo, demuestra que, pese al paso de los años y a los sucesivos gobiernos que pactaron con el Estado pirata, el pueblo argentino sigue sintiendo de manera casi transversal la causa Malvinas.
Por eso, a pocas horas de finalizado el partido, el gobierno británico instó a la FIFA a investigar y sancionar a la selección argentina y a sus jugadores por posar con esa bandera.
La portavoz oficial del primer ministro sostuvo, de manera provocadora: “Puede que la Copa del Mundo no sea nuestra, pero las islas Falklands sin duda lo son.”
También se expresó el exasesor de Margaret Thatcher, Gardiner, quien afirmó: “Todo jugador argentino de la Premier League inglesa que participó en esta fea exhibición antibritánica debería ser despojado de su visa de trabajo del Reino Unido. Debería haber tolerancia cero para esto.”
El panel disciplinario de la FIFA ya cuenta con un antecedente repudiable. En un partido preparatorio para el Mundial de Brasil, disputado en junio de 2014 en Buenos Aires, los jugadores argentinos también posaron con el mismo lema y, una vez finalizada la Copa del Mundo, la AFA fue sancionada con una multa de 37.000 dólares.
Queda claro que la FIFA vuelve a ocupar un lugar nefasto, ocultando los reclamos de los pueblos y utilizando la política según su conveniencia para favorecer determinadas ideas o figuras, como ocurrió recientemente con Donald Trump.
¿Y el gobierno argentino?
Desde un principio, la ministra Monteoliva había sostenido: “Está definido que no habrá ni mensajes de odio ni contenido político, y ‘Las Malvinas son argentinas’ es un mensaje político”. Sin cuestionamientos, colocó en la misma categoría un mensaje de odio y un legítimo reclamo de soberanía sobre un territorio argentino ocupado de manera ilegítima.
El presidente Javier Milei tampoco tardó en pronunciarse luego de que se difundiera la imagen de los jugadores con la bandera: “Eso está en otro carril y hay que manejarlo inteligentemente. Si empezamos a mezclar, nos vamos a equivocar. El tema es quién comete el error; desde una posición de responsabilidad ciertos errores son inadmisibles y podrían tener consecuencias muy negativas.”
¿Un error? Un error es el gobierno de Milei, no una bandera que reivindica la soberanía argentina sobre las Malvinas.
El admirador de Margaret Thatcher aprovechó además la ocasión para agradecer a Donald Trump, quien, según afirmó, “permitió que Naciones Unidas obligara a Inglaterra a sentarse a negociar“. No soportó ni un minuto sin expresar su cipayismo.
No sorprende que un gobierno que, desde que asumió, busca regalar los bienes comunes, las tierras, los mares y las empresas nacionales al mejor postor extranjero también tome distancia del reclamo histórico por la soberanía sobre las Islas Malvinas.
Tampoco confunden posturas como la de Victoria Villarruel, que hoy se presenta como una férrea defensora de la causa Malvinas desde un nacionalismo conservador, pero que no tuvo inconvenientes en integrar una fórmula presidencial cuyo programa implicaba profundizar la entrega del país con tal de llegar al poder.
Una oportunidad para malvinizar
Lo ocurrido en Atlanta dejó una enseñanza que trasciende el fútbol. Una simple bandera bastó para incomodar al gobierno británico, a la FIFA y también a un gobierno argentino que prefiere hablar de inversiones, acuerdos comerciales o geopolítica antes que defender con firmeza un reclamo histórico de soberanía. Si una tela con la inscripción “Las Malvinas son argentinas” genera semejante reacción, es porque la causa sigue viva y conserva una enorme fuerza simbólica.
Malvinizar no consiste únicamente en recordar una guerra o reivindicar a los excombatientes. Significa discutir qué país queremos construir, quién controla nuestros mares, nuestros bienes comunes y nuestro territorio. Significa denunciar la presencia colonial británica en el Atlántico Sur, el saqueo de los bienes comunes y la complicidad de los sucesivos gobiernos que, con distintos discursos, terminaron aceptando los límites impuestos por las grandes potencias.
Por eso la imagen de los jugadores abrazando esa bandera tiene un valor que excede los noventa minutos. Es una invitación a recuperar una causa profundamente popular. Las Malvinas no se defienden con discursos vacíos ni con homenajes de ocasión mientras se entregan el petróleo, la pesca, los puertos o la soberanía nacional. Se defienden enfrentando toda forma de colonialismo y de dependencia. Porque las Malvinas serán argentinas cuando la Argentina deje de estar sometida a los intereses de las potencias imperialistas y de quienes gobiernan para ellas.

