Bangladesh también juega este partido. La historia de un pueblo que hizo propia la camiseta argentina

La semifinal entre Argentina e Inglaterra volverá a movilizar a millones de personas en Bangladesh. Lejos de tratarse de una simple curiosidad futbolera, el vínculo entre ambos pueblos tiene raíces históricas que combinan la admiración por Maradona, la memoria del colonialismo británico y una identificación construida desde las luchas contra el imperialismo.

Cuando Argentina salga a disputar la semifinal frente a Inglaterra, el partido no se vivirá solamente en nuestro país. A más de 17.000 kilómetros de Buenos Aires, Bangladesh volverá a detenerse durante noventa minutos para acompañar a la Selección. Como ocurrió en los últimos mundiales, las calles de Daca se poblarán de camisetas albicelestes, banderas argentinas y caravanas que sorprenden a quienes desconocen esta historia.

Para muchos argentinos todavía resulta llamativo que un país asiático de casi 180 millones de habitantes siga con tanta pasión a la Selección nacional. Sin embargo, detrás de esa identificación no hay una simple simpatía deportiva. El cariño por Argentina se fue construyendo a partir de una memoria compartida, atravesada por las experiencias del colonialismo, la resistencia de los pueblos y el enorme impacto que tuvo Diego Maradona sobre varias generaciones.

De Maradona a Messi: una pasión que lleva décadas

La mayoría de las imágenes que recorrieron el mundo durante el Mundial de Qatar 2022 mostraban a miles de bengalíes festejando los triunfos de Lionel Messi como si se encontraran en Rosario, Buenos Aires o Córdoba. Sin embargo, esa pasión no nació con el actual capitán argentino ni con la conquista de la tercera estrella.

El origen del fenómeno suele ubicarse en el Mundial de México 1986. En aquel torneo, Bangladesh seguía atentamente la competencia y, como sucedía en muchos países que habían padecido el dominio británico, existía una fuerte predisposición a alentar contra Inglaterra. La histórica victoria argentina en los cuartos de final terminó transformándose en un acontecimiento mucho más profundo que un simple resultado deportivo.

Los dos goles de Maradona condensaron distintas lecturas. El primero, la famosa “Mano de Dios”, fue interpretado por muchos como una picardía que desafiaba a una potencia histórica. El segundo, considerado el mejor gol de la historia de los Mundiales, terminó de convertir a Diego en un símbolo para millones de personas que veían en él algo más que un extraordinario futbolista.

La huella del Imperio británico

Para comprender esa identificación es necesario mirar la historia de Bangladesh. El actual país fue parte del Imperio británico durante casi dos siglos, primero como integrante de la India colonial y luego dentro del complejo proceso que derivó en la creación de Pakistán Oriental tras la partición de 1947.

La colonización británica reorganizó la economía de la región para ponerla al servicio de Londres. Las materias primas salían hacia Europa mientras buena parte de la población vivía en condiciones de enorme pobreza. Uno de los episodios más dramáticos fue la hambruna de Bengala de 1943, que provocó millones de muertes durante la administración británica y todavía ocupa un lugar central en la memoria histórica del país.

Recién en 1971, luego de una sangrienta guerra de liberación contra Pakistán, Bangladesh logró constituirse como un Estado independiente. Esa experiencia dejó una profunda sensibilidad respecto de los procesos de dominación colonial y las luchas por la autodeterminación de los pueblos.

Por eso, para muchos bengalíes, el partido entre Argentina e Inglaterra nunca fue completamente neutral. La simpatía por la Albiceleste encontró también un componente histórico vinculado al recuerdo de un imperio que marcó durante décadas el destino de su pueblo.

Un vínculo que fue más allá del fútbol

El Mundial de Qatar terminó de visibilizar una relación que llevaba décadas construyéndose. Las impresionantes movilizaciones de hinchas bengalíes recorrieron todos los medios del planeta y despertaron una respuesta que fue mucho más allá de las redes sociales.

La Asociación del Fútbol Argentino restableció vínculos institucionales con Bangladesh y ambos países comenzaron a fortalecer una relación que también tuvo expresiones diplomáticas y comerciales. Incluso la reapertura de la embajada argentina en Daca, después de más de cuarenta años, fue leída como un reconocimiento a un lazo que había encontrado en el fútbol un puente inesperado entre dos sociedades geográficamente muy distantes.

Mucho más que una rivalidad deportiva

La historia que une a Bangladesh con Argentina permite escapar de una lectura puramente nacionalista. No se trata de enfrentar pueblos entre sí ni de trasladar automáticamente los conflictos históricos a una cancha de fútbol.

Los trabajadores ingleses no son responsables del colonialismo impulsado por las clases dominantes británicas, del mismo modo que el pueblo argentino tampoco puede identificarse con las políticas de sus distintos gobiernos. Sin embargo, la memoria histórica sigue teniendo un peso enorme y ayuda a explicar por qué determinados acontecimientos deportivos despiertan identificaciones que van mucho más allá del resultado.

Cuando Bangladesh alienta a la Argentina también expresa, de alguna manera, una memoria compartida sobre las luchas contra distintas formas de dominación imperial. No porque un partido pueda reparar las heridas de la historia, sino porque el fútbol conserva una capacidad extraordinaria para condensar símbolos, recuerdos y sentimientos colectivos.

Por eso, cuando la pelota empiece a rodar frente a Inglaterra, la Selección no estará sola. Además de millones de argentinos, habrá otro pueblo que volverá a vestir de celeste y blanco sus calles. Un pueblo que encontró en Maradona primero y en Messi después una razón para enamorarse del fútbol argentino, pero que también reconoce, detrás de esa pasión, una historia común de resistencia frente a los imperios que marcaron buena parte del destino de ambos países.

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