Argentina-Inglaterra. Volver a robarle un gol al ladrón

Cada vez que Argentina enfrenta a Inglaterra, vuelve una historia que trasciende al fútbol. El gol con la mano de Diego Maradona en México 1986 quedó inmortalizado como “La Mano de Dios”. Pero detrás de aquella jugada hubo una carga política y simbólica mucho más profunda. Para millones, no fue simplemente una picardía: fue la sensación de haberle ganado, aunque fuera por un instante, a quien durante siglos saqueó pueblos enteros.

El fútbol suele repetirse como un espejo de la sociedad. Hay partidos que duran noventa minutos y otros que permanecen durante generaciones. Argentina e Inglaterra integran esta segunda categoría.

No es solamente una rivalidad deportiva. Cada cruce revive una historia atravesada por invasiones coloniales, disputas por las Islas Malvinas, relaciones desiguales entre el Norte y el Sur global y un poder imperial que durante siglos construyó buena parte de su riqueza mediante la conquista y el saqueo de otros pueblos.

Por eso, cuando Diego Armando Maradona convirtió aquel primer gol en el Mundial de México 1986, millones sintieron que aquella mano había significado mucho más que una infracción.

Cuatro años después de Malvinas

El partido se jugó apenas cuatro años después de la guerra de Malvinas. Todavía estaban frescas las heridas de un conflicto que había costado la vida de 649 argentinos y –según sus datos– 255 ingleses.  La dictadura militar había utilizado la recuperación de las islas para intentar prolongar un régimen genocida, mientras el gobierno de Margaret Thatcher aprovechó la guerra para consolidar su liderazgo interno.

Los trabajadores argentinos fueron enviados a pelear por un gobierno que respondía a intereses distintos, pero el conflicto dejó una marca profunda en el pueblo.

Cuando Argentina volvió a enfrentar a Inglaterra en un Mundial, el partido inevitablemente adquirió un significado que excedía al deporte.

“Un poco con la cabeza de Maradona y otro poco con la mano de Dios”

A los 51 minutos llegó la jugada más famosa de la historia de los Mundiales. Maradona saltó junto al arquero Peter Shilton y empujó la pelota con el puño izquierdo.

El árbitro tunecino Ali Bin Nasser convalidó el gol. La historia oficial lo bautizó como “La Mano de Dios”. Pero Diego nunca ocultó que había algo más detrás de aquella jugada.

Años después resumió el episodio con una frase inolvidable: “Fue un poco con la cabeza de Maradona y otro poco con la mano de Dios”. Aquella respuesta mezclaba ironía, picardía y desafío.

Robarle un gol al ladrón

Con el paso del tiempo apareció otra frase que muchos utilizaron para explicar lo que había significado ese gol: “Fue como robarle un gol al ladrón”.

La expresión sintetiza una percepción popular muy extendida. El Imperio Británico construyó una parte importante de su poder mediante la colonización de América, África y Asia. Controló rutas comerciales, esclavizó poblaciones, ocupó territorios y se apropió de recursos naturales durante siglos.

Argentina también conoce esa historia. Las Islas Malvinas permanecen bajo ocupación británica desde 1833. La disputa por la soberanía continúa abierta y forma parte de una historia mucho más amplia de expansión colonial.

Desde esa perspectiva, la picardía de Maradona adquiría un sentido simbólico: el pueblo de un país periférico lograba burlar, aunque fuera durante un segundo, a una de las grandes potencias históricas. No cambiaba la historia. Pero permitía invertir los papeles.

El segundo gol

Si el primer gol quedó atravesado por la carga política y simbólica del partido, el segundo pertenece por completo a la historia del fútbol. Maradona, luego de un pase de Enrique,  tomó la pelota en su propio campo, recorrió más de sesenta metros dejando atrás a medio equipo inglés y definió con una precisión que todavía hoy asombra. No por casualidad fue elegido como el mejor gol en la historia de los Mundiales.

Aquella tarde, Diego construyó dos obras muy distintas y, al mismo tiempo, inseparables. La primera representó la picardía criolla frente a un rival que simbolizaba mucho más que una selección de fútbol; la segunda fue una demostración de talento puro, imposible de discutir incluso para sus adversarios.

Juntos, esos dos goles terminaron fundiéndose en una misma leyenda. Uno expresó la astucia del débil frente al poderoso; el otro confirmó que el mejor futbolista del mundo también podía imponerse únicamente con su genio. Entre ambos construyeron una de las páginas más memorables de la historia del fútbol.

Diego y los de abajo

Maradona, con todas las contradicciones que lo atraviesan, nunca ocultó de qué lado quería estar. Con el paso de los años apoyó públicamente las luchas latinoamericanas, defendió la causa palestina, criticó las invasiones estadounidenses y se definió junto a los pueblos antes que junto a los poderosos.

Quizá por eso aquel gol sigue despertando emociones que trascienden el reglamento. Porque no fue solamente una mano. Fue la sensación, compartida por millones de personas en el Sur global, de que por una vez el poderoso también podía ser engañado.

Como si, durante unos segundos, la historia hubiera permitido volver a robarle un gol al ladrón. Y enseguida, como para que no quedaran dudas de quién era el mejor futbolista del planeta, Diego completó la obra con el gol más extraordinario que haya visto un Mundial. Porque si el primero fue la revancha simbólica frente a un imperio, el segundo fue la confirmación de que el talento de los pueblos también puede derrotar a los poderosos sin necesidad de ninguna ayuda.

Otras noticias

Somos un medio de y para los trabajadores
No tenemos pauta ni aportes de empresarios

Si valorás nuestra voz, sumate a bancarla

Colaborá con nosotros