Al costado de una ruta del Conurbano bonaerense, dos prostitutas reflexionan sobre una vida llena de violencia naturalizada en donde lo único que les queda es rebelarse o morir.
Por Jorge Sebastián Comadina
Un Gauchito Gil observa desde arriba. Su mirada inquiere. Tiene velas rojas, cajas de vino, paquetes de cigarrillos a sus pies. Un teclado cruza su vestimenta. Toca cumbia. Ameniza el sonido de la noche en San Justo. A pocos metros, una rotonda. Ese eterno retorno del que no se puede escapar cuando te ocultan el camino. Dar vueltas hasta el final. Nietzsche no lo podría entender. Sería demasiado. La basura le da color a la tierra seca. Lo que queda de lo consumido. Los restos suman en la oscuridad. Renacen. Los camioneros lo develan. Hacen sonar sus bocinas. Frenan. Mientras, las sombras bailan bajo luces de neón gastadas. Dos prostitutas se mueven ante la ilusión de un posible cliente. Pero no están solas. Una yegua muerta les hace compañía. Les muestra un “más allá” cuando el “más acá” no las deja ni soñar.
“Las yeguas” fue pensada como una comedia negra aunque bien podría ser analizada como una tragedia que despierte risas nerviosas. Las protagonistas cuentan sus traumas como si fueran anécdotas. Ni siquiera tienen el tiempo o la energía para profundizar en eso. Le quitan peso. Tienen que sobrevivir. No hay lugar para la emociones al costado de la ruta. El peligro perpetuo no lo permite. La violencia que sufren a diario se vuelve algo normal tanto para ellas como para el entorno. No tienen una familia a quien acudir. No tienen un futuro que imaginar. Simplemente resisten con sus tacos embarrados. Un proxeneta las hostiga desde las penumbras. Los interesados no llegan. Los años han pasado y la calidad hegemónica se les cae encima. No encuentran otro plan. Tienen que acostumbrarse al ambiente hostil.
“La idea surgió cuando vi a una chica trans con la que crecí en el barrio de Temperley en la esquina de una ruta, en paños menores, en pleno invierno. Pensé que trabajaba en una peluquería. Encontrármela me generó mucha angustia y me hizo preguntar qué le pasó para terminar exponiéndose a esas situaciones”, cuenta Déborah Monzón, autora y una de las protagonistas. La acción sucede en un barrio de la periferia en donde conviven diferentes realidades. Los vecinos caminan las calles como si la violencia que se expone fuese normal. El maltrato se naturaliza de tal manera que traspasa la noche. “Quería escribir sobre esas zonas que son pobladas pero desoladas. Eso que tiene el Conurbano de conversar entre el campo y el asfalto. A la vuelta de mi casa, de día, hay una señora con un changuito comprando en un mayorista y, a la noche, hay chicas trans vendiéndose por dos mangos para poder comer”.
Una de las prostitutas quiere velar a la yegua que se encuentra debajo de las bolsas de basura. Necesita despedirla. Eso que no pudo hacer con una de sus amigas. Un cliente la asfixió y desaparecieron el cuerpo. La muerte las rodea todo el tiempo. Como si fuera esa rotonda de San Justo en donde ofrecen su cuerpo. No pueden escapar. Van a ver la estatua del Gauchito Gil. Esa imagen que recibe las ofrendas de la misma gente que después las maltrata. Lo observan con miedo pero también con bronca. Le roban una vela. “¿Por qué no salvó a nuestra amiga de la muerte si es el patrón de la ruta?”. La yegua muerta queda iluminada entre las inmundicias. Se conectan con otro mundo aunque sea por un rato. Se preguntan a dónde van a ir cuando mueran si ni siquiera vivas encuentran un espacio que las proteja. Las reflexiones se acaban. Un hombre que busca sus servicios se asoma. Hay que volver al trabajo. “Por favor, cuídate”, le dice una a la otra. La rotonda las deja en el mismo lugar.
“Las Yeguas” es dirigida por Maxi Rofrano y protagonizada por Lis Fernández y Deborah Monzón. Además Roxi Santoro (Gauchito Gil) musicaliza en vivo. La obra volverá a escena con una nueva temporada en CABA a comienzos del próximo año.




