El fin de semana se estrenó la miniserie protagonizada por Mercedes Moran y Dolores Fonzi, dirigida por Pablo Larraín, que debutó hace unos días en el Festival de San Sebastián. La serie está basada en cuentos de Mariana Enriquez.
Ambientada en el barrio de Piedrabuena, la historia se centra en Emma (Mercedes Morán), una médica de 60 años, jubilada forzosamente, que posee la capacidad de ver y escuchar a los muertos. Pero durante toda su vida trató de ocultar ese don y ahora atraviesa un duelo por el fallecimiento de su madre. En medio de ese duelo llega Julie, una sobrina con un don parecido, y sus padres profundizando el conflicto familiar.
En el medio de esto, el asesinato de tres adolescentes en el barrio desencadena una serie de sucesos inexplicables que rompen el equilibrio entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

Salud Pública, comunidad y tensión social
Emma, directora de un hospital público, es jubilada a la fuerza por una denuncia de mala praxis al tener que decidir, frente a la falta de insumos, a quien darle respirador durante la pandemia del COVID 19. Sin el haber habilitado, es obligada a alquilar su casa y volver a la de su madre, recién fallecida, en un barrio marcado por la desigualdad social y la estigmatización social.
La salud pública es algo que circula en la serie, un elemento de orgullo del país frente a políticas sanitarias como la estadounidense. Sin embargo, es también un espacio abandonado; como todo en la serie, la desidia reina y, en ese contexto, los monstruos crecen.
“Los de los monoblocks dijeron que nos van a matar”. Así, en los primeros minutos nos marcan que el miedo no está en los fantasmas, en lo paranormal: el miedo está en el otro, en una persona de carne y hueso que puede venir por lo poco que tenemos. Por eso, hay organización comunitaria, pero no para reconstruir lo roto sino para profundizar la división. “Mientras te vas a trabajar ata a tu hijo a la pieza” se escucha en una asamblea de vecinos.
La filmografía de Larraín y los cuentos de Enriquez
Los dos autores en sus diferentes artes trabajan con el dolor, con lo político y lo paranormal, aunque, respectivamente, uno siempre jugó más a la sátira y la otra hacia el terror.
Este choque se nota en la obra. Una fotografía que no parece pensada para producir una miniserie de terror. El miedo de la gente a las voces parece irreal, quizá sea porque el “algo habrán hecho” recorre toda la obra.
Los muertos quieren reconciliación con su familia y alertar a los que los quieren por lo que les pasó. Los vivos… Los vivos están encerrados en un mundo ilusorio sin ver el peligro que están construyendo.

“Primero el miedo, después el odio y finalmente el fascismo”
El Estado completamente ausente en el barrio, la comunidad fragmentada y el miedo como herramienta que crece para producir hechos aberrantes. En la serie, los fantasmas son gente sufriente, con una deuda por desarrollar, un deseo por comunicar, algo faltante. Los verdaderos monstruos somos los vivos, personas con faltas, con culpas, que estigmatizamos sin conocer realmente la realidad y la problemática del otro.
Los fantasmas durante la serie, al igual que la potencia descomunal de los edificios, laberintos de Piedrabuena, nos muestran que antes ahí había sociedad, con sus claroscuros, pero lo colectivo existía: todos toman de la misma agua, todos están conectados por la misma red de luz y gas. Hoy el momento de unión es en el dolor para rápidamente volver a convertirse en elemento de separación.
En un mundo donde surgen los monstruos, ¿por qué crear unos inventados? Usemos la fantasía para repensar qué construir; mejor comunicación interpersonal, empatía y comunidad son las vías para unirnos y derrotarlos.
Lean a Mariana Enriquez, vean la filmografía de Larraín, sobre todo No, Neruda, El Conde y está serie.

