Cada 9 de Julio la historia oficial nos invita a recordar la Declaración de la Independencia como una obra terminada. Actos escolares, discursos presidenciales y banderas celestes y blancas buscan transmitir la idea de que la soberanía conquistada en 1816 es un hecho consumado. Sin embargo, más de dos siglos después, la pregunta sigue vigente: ¿puede hablarse de independencia cuando las principales decisiones económicas continúan condicionadas por el FMI, los grandes grupos empresarios y las potencias imperialistas?
La independencia fue una revolución
El Congreso de Tucumán declaró el 9 de julio de 1816 la ruptura de los vínculos políticos con la monarquía española y, pocos días después, agregó una definición que suele quedar olvidada: las Provincias Unidas rompían también con “toda otra dominación extranjera”. Aquella aclaración respondía al temor de que las élites locales buscaran reemplazar la tutela española por otra potencia europea.
La declaración de independencia fue mucho más que un trámite jurídico. Formó parte del ciclo revolucionario abierto en Mayo de 1810, cuando distintos sectores comenzaron a cuestionar el orden colonial y a plantear la posibilidad de construir una sociedad distinta.
Lejos de tratarse de una revolución homogénea, convivieron proyectos profundamente enfrentados. Mientras algunos sectores buscaban consolidar un nuevo Estado sin modificar las relaciones de poder existentes, otros aspiraban a transformaciones sociales mucho más profundas.
Las figuras de Mariano Moreno, Manuel Belgrano, José de San Martín, Martín Miguel de Güemes y José Gervasio Artigas expresaron, con matices y contradicciones, distintos intentos por romper no solamente con España, sino también con las estructuras económicas heredadas de la colonia.
Una revolución inconclusa
La historia oficial suele presentar la independencia como un punto de llegada. Sin embargo, puede entenderse como el inicio de una pelea que quedó inconclusa.
Porque la ruptura política con la Corona española no eliminó la dependencia económica. Con el paso de las décadas, Gran Bretaña ocupó el lugar que había dejado España como principal potencia dominante sobre el comercio y las finanzas del Río de la Plata.
Más tarde, durante el siglo XX y especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos pasó a ejercer un papel central sobre América Latina mediante organismos financieros, acuerdos militares y una permanente injerencia política. Cambiaron las banderas de las potencias dominantes. No desapareció la dependencia.
Del imperio español al FMI
Hoy la subordinación adopta otras formas. Ya no existen virreyes enviados desde Madrid. Existen misiones técnicas del Fondo Monetario Internacional que supervisan los planes económicos, condicionan los presupuestos nacionales y exigen reformas laborales, previsionales y fiscales.
La deuda externa se convirtió en uno de los principales mecanismos de dominación. Cada nuevo acuerdo implica menos recursos para salud, educación, vivienda o jubilaciones y más transferencias hacia los acreedores internacionales.
El gobierno de Javier Milei llevó esta lógica a un nuevo extremo. Su programa económico profundiza la apertura comercial, las privatizaciones, la desregulación y el alineamiento con Estados Unidos, mientras impulsa un nuevo ciclo de endeudamiento y entrega de recursos estratégicos. La soberanía energética, minera, científica e industrial aparece subordinada a las necesidades de los grandes capitales internacionales.
La independencia también es económica
No existe soberanía política cuando las principales decisiones económicas se toman para satisfacer a los mercados financieros. Tampoco puede hablarse de independencia cuando empresas transnacionales controlan sectores estratégicos como la energía, la minería, los puertos, las telecomunicaciones o buena parte del sistema financiero.
La discusión sobre la independencia no pertenece solamente al pasado. Aparece cada vez que se debate quién controla el litio, Vaca Muerta, la Hidrovía, las reservas de agua dulce o el sistema científico nacional.
También aparece cuando el Gobierno entrega beneficios extraordinarios a las multinacionales mediante regímenes especiales mientras ajusta salarios, jubilaciones y presupuesto universitario.
El límite de los proyectos nacionales
El peronismo reivindicó históricamente las banderas de justicia social, independencia económica y soberanía política. Sin embargo, las últimas décadas mostraron los límites de los proyectos que buscaron administrar el capitalismo argentino sin romper con sus condicionamientos estructurales.
Incluso durante gobiernos que recuperaron herramientas estatales importantes, la deuda externa continuó ocupando un lugar central, el agronegocio consolidó su peso económico, la concentración empresarial no retrocedió y los acuerdos con el FMI terminaron reapareciendo.
La llegada de Milei no puede comprenderse sin ese desgaste previo. Cuando millones de trabajadores perciben que los gobiernos cambian pero los problemas estructurales permanecen, se abre espacio para proyectos reaccionarios que prometen soluciones simples mientras profundizan la dependencia.
La segunda independencia
A lo largo de la historia latinoamericana, distintas generaciones retomaron la idea de una “segunda independencia”. No como una consigna meramente patriótica, sino como la necesidad de completar aquello que las revoluciones del siglo XIX dejaron pendiente: terminar con todas las formas de dominación imperialista y construir sociedades donde la riqueza producida por los trabajadores esté al servicio de las mayorías.
Esa discusión sigue plenamente vigente. Porque un país condicionado por el FMI, atravesado por la fuga de capitales, dependiente de exportaciones primarias y sometido a los intereses de grandes corporaciones difícilmente pueda considerarse plenamente independiente.
La patria no se defiende con discursos
Cada 9 de Julio abundan los discursos oficiales sobre el amor a la bandera y la defensa de la patria.Pero la verdadera soberanía no se mide por la cantidad de actos protocolares.
Se expresa en la capacidad de un pueblo para decidir sobre sus recursos naturales, su producción, su sistema científico, su política exterior y el destino de la riqueza que genera. La independencia no constituye una efeméride para recordar una vez al año. Es una tarea política permanente.
Hace más de doscientos años, los revolucionarios de Tucumán proclamaron que las Provincias Unidas rompían con España y con toda otra dominación extranjera. Ese objetivo sigue abierto. Porque mientras el imperialismo continúe condicionando el destino del país y una minoría concentre la riqueza producida por millones de trabajadores, la independencia seguirá siendo una bandera de lucha antes que una conquista definitiva. La historia oficial presenta la emancipación como un proceso concluido, cuando la verdadera independencia económica, política y social continúa siendo una tarea pendiente para las mayorías populares.


