A 24 años del histórico triunfo senegalés en Corea-Japón 2002, el debut entre Francia y Senegal en el Mundial 2026 reabre una historia marcada por el colonialismo, la migración y la resistencia de un pueblo africano que durante décadas sufrió la dominación francesa. Muchos de los futbolistas senegaleses nacieron o se formaron en Francia, pero eligieron representar al país de sus familias, cuestionando la herencia de un vínculo desigual que todavía perdura.
El martes 16 de junio, cuando Francia y Senegal salten al campo de juego en Nueva York para abrir el Grupo I del Mundial 2026, estarán protagonizando mucho más que un partido de fútbol. Detrás de los noventa minutos aparecerá la disputa política de un pueblo contra sus antiguos colonizadores.
Una historia que comenzó bajo el dominio colonial
Senegal fue una colonia de Francia hasta 1960. Durante casi un siglo, Francia explotó sus recursos, utilizó a su población como mano de obra barata y convirtió al territorio en una pieza fundamental de su imperio en África occidental. La independencia política no eliminó los lazos de dependencia económica, cultural y militar que Francia mantuvo sobre buena parte de sus antiguas colonias mediante lo que numerosos analistas denominaron la “Françafrique”.
La colonización europea sobre africa data de varios siglos atras, pero es en el XVII que las compañias francesas empiezan a ganar territorio sobre la desembocadura del río Senegal, esclavizando a las poblaciones de la zona y saqueando el oro y la goma arabiga.
Uno de los episodios más dolorosos de la relación entre Francia y Senegal ocurrió en diciembre de 1944, cuando el ejército colonial francés asesinó a decenas —posiblemente cientos— de soldados africanos en el campamento militar de Thiaroye, cerca de Dakar. Los llamados tirailleurs sénégalais (tiradores senegaleses) eran tropas reclutadas en las colonias francesas de África Occidental que habían combatido durante la Segunda Guerra Mundial en nombre de Francia, enfrentando al ejército nazi y participando en la liberación de territorios ocupados.

Muchos de ellos fueron capturados por Alemania durante la caída de Francia en 1940 y enviados a campos de prisioneros. Al finalizar la guerra, Francia comenzó a repatriarlos, pero lejos de recibirlos como héroes, los soldados africanos encontraron un Estado colonial que intentaba negarles incluso los derechos económicos prometidos. En Thiaroye, los veteranos reclamaban el pago completo de sus salarios atrasados, sus compensaciones de guerra y la igualdad de trato con los soldados franceses.
La respuesta del gobierno francés fue la represión. El 1 de diciembre de 1944, las tropas coloniales francesas rodearon el campamento y abrieron fuego contra los soldados que reclamaban pacíficamente. Durante décadas, las autoridades francesas sostuvieron que había sido un “motín” y que los militares habían respondido a una amenaza armada. Sin embargo, investigaciones posteriores y testimonios de sobrevivientes cuestionaron esa versión y señalaron que se trató de una masacre organizada para disciplinar a los soldados africanos y evitar que sus reclamos pusieran en cuestión el sistema colonial.
El número exacto de víctimas sigue siendo motivo de debate. Francia reconoció durante mucho tiempo cifras muy inferiores a las defendidas por historiadores africanos, que sostienen que fueron asesinados muchos más soldados de los admitidos oficialmente. Lo que resulta indiscutible es que aquellos hombres fueron castigados por reclamar derechos que Francia había prometido y que, después de haber arriesgado sus vidas por el imperio, fueron tratados como ciudadanos de segunda categoría.
Thiaroye se convirtió con el tiempo en un símbolo de la contradicción del colonialismo francés: mientras París se presentaba como defensor de la libertad frente al fascismo, sostenía un sistema colonial basado en la desigualdad racial y política. Para Senegal y para gran parte de África Occidental, la masacre quedó como una herida abierta y como una muestra de que la lucha por la independencia no comenzó solamente con los movimientos políticos de posguerra, sino también con los reclamos de aquellos soldados africanos que descubrieron que el enemigo no siempre estaba del otro lado del campo de batalla.

Finalmente, el 4 de abril de 1960, Senegal se independiza de Francia, pero las ataduras económicas y políticas no tuvieron su fin allí, de hecho, el pueblo senegalés, tuvo que esperar hasta julio del 2025 para que Francia retire las tropas de su territorio.
El fútbol como parte de una relación desigual
Esa relación desigual también se trasladó al fútbol. Durante décadas, las academias y los clubes franceses funcionaron como centros de captación del talento africano. Miles de jóvenes crecieron soñando con triunfar en Europa, mientras las federaciones del continente sufrían la fuga constante de sus mejores jugadores.
El actual seleccionado senegalés refleja esa realidad. Ocho futbolistas nacieron en Francia y varios de ellos realizaron todo su recorrido en las selecciones juveniles francesas. Kalidou Koulibaly llegó a disputar un Mundial Sub20 con los Bleus. Mamadou Sarr fue capitán de la selección francesa campeona de Europa Sub-17. Habib Diarra, Pape Gueye, Yehvann Diouf e Ibrahim Mbaye también vistieron durante años la camiseta francesa.
Sin embargo, cuando llegó el momento de elegir, muchos decidieron representar a Senegal. No fue solamente una decisión deportiva. En numerosos casos significó reivindicar sus raíces familiares y rechazar la lógica según la cual los países europeos pueden formar jugadores hijos de inmigrantes y asumir automáticamente que terminarán defendiendo sus colores.
Las presiones para evitarlo existieron. Francia intentó convencer a algunas de sus jóvenes promesas para que permanecieran en Les Bleus. El caso más reciente fue el de Ibrahim Mbaye, joya del PSG, quien finalmente optó por Senegal. “Fue una decisión tomada con el corazón“, explicó entonces.
La contradicción de la Francia “multicultural”
La escena refleja una contradicción profunda. Francia celebra desde hace décadas el aporte de jugadores de origen africano a su selección nacional, pero muchas veces invisibiliza las condiciones históricas que explican esa presencia. Los hijos y nietos de la inmigración proveniente de las antiguas colonias ayudaron a conquistar los Mundiales de 1998 y 2018, mientras continúan enfrentando discriminación, racismo y exclusión social en los suburbios franceses.

El recuerdo imborrable de 2002
Por todo esto, cada enfrentamiento entre Francia y Senegal adquiere una dimensión especial. El recuerdo inevitable es el Mundial de Corea y Japón 2002, cuando Senegal derrotó 1-0 al campeón del mundo en el partido inaugural. Aquella victoria se convirtió en un símbolo para millones de africanos. No fue solamente una sorpresa deportiva: representó la posibilidad de desafiar, aunque fuera por una noche, las jerarquías heredadas del pasado colonial.

La FIFA y el negocio de la desigualdad global
Veinticuatro años después, el contexto es diferente, pero algunas preguntas permanecen. ¿Quién se beneficia de la circulación global del talento futbolístico? ¿Por qué tantos jugadores africanos necesitan emigrar para desarrollar sus carreras? ¿Hasta qué punto el fútbol reproduce las relaciones de dependencia entre el Norte y el Sur global?
El Mundial organizado por Estados Unidos, Canadá y México volverá a ofrecer una imagen paradójica. Mientras la FIFA celebra la diversidad y el negocio global del deporte, las desigualdades entre potencias y países periféricos siguen atravesando cada competición.
Cuando ruede la pelota en Nueva York, Francia buscará confirmar su candidatura al título. Senegal intentará dar otro golpe histórico. Pero, más allá del resultado, el encuentro pondrá frente a frente dos países unidos por una historia de dominación y resistencia que todavía proyecta su sombra sobre el presente.
Porque en este Francia-Senegal no solo se juegan tres puntos. También se expresa una disputa por la memoria, la identidad y el derecho de los pueblos a escribir su propia historia.
En tiempos donde el fútbol se presenta como un espectáculo despolitizado, Francia y Senegal recuerdan que detrás de cada camiseta existen historias de explotación, migraciones forzadas y luchas por la autodeterminación. Y que, a veces, un partido también puede convertirse en una pequeña revancha de los pueblos que alguna vez fueron colonizados.

