La Plata. Nuevos testigos relatan el terror de la CNU antes del golpe

Una nueva audiencia del juicio que investiga la actuación de la Concentración Nacional Universitaria (CNU) reunió, en esta jornada, los testimonios de Nora Zaldúa y Manuel Martínez. Los relatos reconstruyen, con la fuerza de quienes lo vivieron, un período que suele quedar afuera de las narrativas oficiales, el de los años de violencia paraestatal que precedieron y prepararon el terreno para la dictadura cívico militar de 1976.

Por Marcela Gottschald

Los tres imputados en la causa, Carlos “El Indio” Castillo, Antonio Agustín “Tony” Jesús y Juan José “Pipi” Pomares, siguieron la audiencia de forma virtual, al igual que sus abogados. Presos y ya ancianos, su ausencia física en la sala no le resta peso a lo que se está juzgando, una maquinaria de persecución, tortura y asesinato político que funcionó con respaldo del Estado incluso antes del golpe.

El asesinato de Adriana Zaldúa

Nora Zaldúa fue la primera en declarar. Ella y sus tres hermanas, Adriana, Susana y Graciela, militaban. En la noche del 4 de septiembre de 1975, Adriana, junto a Roberto Locertales, Ana María Guzner, Lidia Agostini y Hugo Frigerio, trasladaba fondos de huelga destinados a los trabajadores petroquímicos.

Fueron interceptados. Sus cuerpos aparecieron fusilados, con marcas de tortura. Adriana Zaldúa recibió 79 disparos. Al día siguiente, Oscar Lucatti, Carlos Povedano y Patricia Claverie también fueron secuestrados y asesinados. Nora contó que, antes del secuestro y el asesinato de su hermana, ya venían recibiendo amenazas. Una de las notas dirigidas a ellos decía “Troskas putas”. No fue un crimen del momento, fue una acción planificada contra militantes en plena efervescencia de lucha social.

Ese relato se inscribe en una cadena de violencia que no empezó en 1976 con la dictadura. En los primeros días de mayo de 1974 asesinaron a un compañero trabajador fabril. Semanas después, el 29 de mayo de ese mismo año, una patota llevó adelante el Masacre de Pacheco, secuestrando y matando a seis compañeros del partido.

Un grupo de choque contra los “subversivos”

Manuel Martínez, segundo testigo de la jornada, recuperó el clima de violencia que marcaba la vida cotidiana en La Plata, Berisso, Ensenada y otras ciudades del país en aquellos años. Según su relato, la CNU actuaba como un grupo de choque que consideraba a los subversivos un grupo al que debía aplastar. Martínez fue claro, no se trató de un hecho aislado sino de una acción más dentro de un ciclo que ya venía desarrollándose desde 1974, con el accionar de la Triple A.

La CNU no se limitaba a los estudiantes. Había militantes universitarios en sus filas, pero también gente ajena al ámbito académico, entre ellos los propios imputados de esta causa. Los muertos de la masacre de La Plata, y de tantas otras acciones previas al golpe, forman parte de los 30 mil detenidos desaparecidos que dejó el terrorismo de Estado en la Argentina. La defensa, una vez más, optó por no hacerles ninguna pregunta a las testigos.

Por qué juzgar a verdugos ya viejos y presos

Para buena parte de la opinión pública puede parecer una pérdida de tiempo y de recursos del Estado seguir juzgando a hombres ancianos, ya encarcelados, por crímenes cometidos hace cinco décadas. Pero esa lógica ignora el terreno en el que vivimos hoy, un presente inmediatista, saturado de información verdadera y falsa, que dificulta cualquier análisis que vaya más allá de la superficialidad de las redes.

Vivir solo en el ahora vacía de sentido a estos juicios y, al mismo tiempo, refuerza su urgencia. El inmediatismo es terreno fértil para la posverdad, para la reinterpretación de hechos que como sociedad ya deberíamos considerar zanjados.

Los derechos y las conquistas que le dan un respiro a quienes están afuera del poder nunca son definitivos. Y la verdad tampoco es fija, puede sufrir distorsiones justamente cuando la memoria del pasado se desvanece. Por eso, juzgar a verdugos ya viejos y presos sigue siendo necesario. Estos procesos reavivan una memoria que ya no llega a las generaciones más jóvenes. Es una disputa en un campo de batalla inmaterial, donde los hechos se reinterpretan y se reordenan una y otra vez para encajar en la narrativa que le conviene al poder de turno.

Los archivos sellados de 1974 a 1976

Hacia el final de su testimonio, Nora Zaldúa situó los crímenes en el contexto político de la época, el de un gobierno peronista, el de Isabel Perón, bajo el cual se permitieron las acciones de la CNU y de la Triple A.

Ese no es un dato técnico menor. Cuando se habla del terrorismo de Estado que arrasó a la Argentina en los años setenta y principios de los ochenta, el recorte oficial suele arrancar recién con el golpe de 1976 y terminar con el retorno de la democracia en 1983. Pero ninguna dictadura nace de la nada, no cae del cielo como el granizo. Un régimen militar genocida necesita una construcción previa.

Esa construcción se dio todavía bajo un gobierno peronista, después de décadas de gobiernos autoritarios anteriores, en un momento de regreso de Juan Domingo Perón al poder tras un largo exilio. Perón murió el 1 de julio de 1974 y asumió la presidencia su esposa y vicepresidenta, Isabel Perón, cargando con el apellido y las expectativas que él representaba.
Fue esa confianza la que se traicionó, al permitir la acción de grupos fascistas, paramilitares y parapoliciales. Ahí se gestó el terror que vendría después.

Los archivos de ese período siguen sellados. Gobierno tras gobierno se mantiene esa protección, tanto sobre la imagen de Isabel Perón como sobre los verdugos que llegaron a actuar, años después, al servicio del propio Estado.

La fuerza de una juventud que luchaba y que todavía tiene que luchar

Los dos testimonios de esta audiencia traen algo más que los hechos en sí. Traen la fuerza de una juventud que luchaba, su potencial, y el miedo, disfrazado de odio, que movía a quienes trabajaban para aplastar a la clase trabajadora y entregar el país a intereses extranjeros.

Distintas juventudes organizadas enfrentaban, entonces, el autoritarismo creciente, en defensa de la clase trabajadora. Era un momento que exigía unidad, y la juventud respondió con todo su potencial. Muchos fueron asesinados. Pero muchos también siguen vivos, y estuvieron presentes en la audiencia, entre las testigos y en el público.

El presente también exige esa unidad de acción y ese involucramiento juvenil. La memoria de lo que hicieron la CNU y la Triple A no es un capítulo cerrado del pasado. Es advertencia y es llamado a la lucha.

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