Poco después de una jornada histórica y masiva como el 3J, podemos afirmar que el feminismo en argentina atraviesa un proceso de reorganización que se muestra vivo y dinámico. Frente al avance de la ultraderecha encarnada en el gobierno de Javier Milei —con su negacionismo explícito de la violencia de género y el recorte feroz a políticas públicas conquistadas en años de lucha— el movimiento de mujeres, lesbianas, travestis y trans no se replegó. ¿Se está transformando? Algunos cambios y reconfiguraciones merecen ser analizados en detalle, y sin ánimos de caer en respuestas cerradas, pensamos algunas claves estratégicas para la construcción de una alternativa capaz de derrotar al patriarcado capitalista.
El enemigo en el Estado
Una de las marcas más nítidas del feminismo de esta etapa es que ha puesto al Estado en el centro de sus demandas. Más que al varón individual, el reclamo se dirige a la forma machista y misógina más organizada y centralizada, que es el Estado capitalista. Cuando el gobierno nacional cierra organismos, vacía programas, elimina líneas de atención a víctimas y niega datos sobre femicidios, la respuesta feminista es reclamar esas políticas, defenderlas, exigirlas. Pero también se pone en discusión que, si esas políticas dependen de los gobiernos y sus voluntades, tienen grandes limitaciones, y mucho más si se dan de forma aislada, por parte de algun agente gubernamental. En ese punto, estado y gobiernos son responsables, cuestionando qué, en el marco de este sistema capitalista, los derechos que se conquistan en determinado momento, son puestos en cuestión por el gobierno siguiente. Y esto se debe, a qué de fondo, no existen soluciones reales y sostenibles para las mujeres y disidencias, en los límites del sistema capitalista patriarcal.
Este elemento mostró que no hay grieta frente a los femicidios entre los partidos patronales capitalista. Aun en aquellas provincias donde las políticas de género “no desaparecieron” institucionalmente y existen ministerios de género y diversidad; pero liimitados a acciones y programas puntuales que no logran modificar la vida cotidiana de las mujeres y disidencias, mucho menos lograron reducir las terribles estadísticas de femicidios. Existiendo además, como en el caso del femicidio de Agustina en bCórdoba, complicidad y encubrimiento a violentos femicidas amparados por el poder. Remarcar la responsabilidad del estado y los gobiernos frente a los femicidios, lleva a buscar nuevos ejes, en la búsqueda de soluciones en lo colectivo y mas a largo plazo. Y en la lucha directa contra el sistema.
Esta orientación no implica abandonar los espacios de autoorganización —que siguen existiendo en los territorios, en los barrios, en las asambleas— pero sí supone en primer lugar, una lectura basada en la realidad de un contexto de ajuste brutal que afecta de manera directa e inmediata a las mujeres e identidades disidentes cuyos derechos se encuentran más vulnerados. Es en los sectores sociales más empobrecidos, donde el Estado se retira dejando el campo libre al narco, a los patrones y a los violentos. Es allí donde están las mujeres, lesbianas, trans y travestis que dependen de un refugio estatal o de una línea de atención, y no pueden esperar a las próximas elecciones o a que se desarrolle un proyecto autonomista a largo plazo. Y mas alla de la coyuntura y de las urgencias, poner en cuestionamiento todo el entramado del sistema capitalista y luchar por otra realidad.
“¿Dónde están los varones?” La pregunta que cambia todo
Hay una interpelación que resonó con fuerza en la última asamblea del Ni Una Menos, en las redes, en los medios y en las marchas: ¿dónde están los varones? Se trata de una convocatoria política, que lejos de toda retórica, más bien le está diciéndole a los varones: no se queden callados. Hablen con sus amigos. Intervengan cuando un compañero ejerce violencia. Y sobre todo: vengan a la marcha.
Esto no es un dato menor. Representa un cambio significativo con las posiciones que, desde el feminismo radical y desde cierto feminismo liberal, sostenían que las movilizaciones debían ser espacios exclusivamente de mujeres y que la presencia de varones (y en algunos casos, como las TERF, incluían dentro de esta categoría a las mujeres trans, en un acto de total violencia) era en sí misma problemática o directamente contraproducente. Esa postura se apoyaba en algunos elementos lógicos: en un movimiento que necesitaba construir voz propia, que debía romper con la representación masculina de sus propias demandas y “que no hablen en nuestro nombre”, algunas posturas radicales hacían eco. Pero lo cierto, es que el feminismo argentino del Ni una Menos y de la marea verde aprendió a conducirse a sí mismo, a nombrar sus propios problemas, a tener sus propias voceras. Eso ya no está en discusión.
Lo que sí está en discusión —y lo que el movimiento está revisando con inteligencia política— es si la exclusión per se de los varones de las instancias de movilización y acción colectiva es la estrategia más eficaz para derrotar al patriarcado.
El feminismo radical y el liberal compartían, pese a sus diferencias, una limitación común: no se dieron una política de alianza con la clase obrera en tanto clase. Y la clase obrera, inevitablemente, incluye a varones. Que de no ser convocados, e interpelados al cambio, no logran modificar una estructura estereotipada de roles y atributos.
Millones de trabajadores, precarizados, golpeados por la crisis, que no son el enemigo principal del feminismo aunque sí muchas veces reproductores cotidianos de lógicas patriarcales. Tratarlos como enemigos equivalentes al capital o al Estado, es no interpelarlos, no interrogar su posición, y abandonar toda estrategia de cambio social a largo plazo.
Esto pesa aún más cuando buena parte de los varones, mayormente jóvenes, en un contexto de crisis, precariedad, ajuste y pérdida de referencias colectivas, sin proyectos vitales sostenibles y sin orientación correcta, se convirtieron en seguidores de la ultraderecha. Sobre esto, hay datos preocupantes: la encuesta de Ipsos para el 8 de Marzo (2026) sobre brechas ideológicas entre varones y mujeres jóvenes muestra una polarización alarmante. Mientras las mujeres jóvenes se corrieron masivamente hacia posiciones progresistas y feministas, una porción significativa de varones jóvenes viró hacia el conservadurismo, el antifeminismo y la ultraderecha. Figuras como Milei emergen aprovechando estas condiciones con una narrativa que les ofrece una identidad masculina amenazada, un enemigo claro (el “feminismo woke”), y una forma de procesar el desconcierto ante los nuevos roles de las mujeres en la sociedad.
Está claro que desconcierto masculino no es excusa para la violencia ni para el voto reaccionario, pero sabemos que la realidad no es lineal ni homogénea, y que la ultraderecha está atravesando un momento que puede concluir en su propio fracaso. Eso está seguramente leyendo el feminismo actual, la necesidad de dar disputas sociales y políticas ante el conjunto de la sociedad.
Una nueva conducción que interpela
Lo que está emergiendo, entonces, tiene un sentido estratégica. Un movimiento que habla con su propia voz, que construyó organización y teoría y movilización masiva, ahora asume un lugar de influencia más amplio: el de quienes quieren derrotar al patriarcado y entienden que para lograrlo hay que romper el pacto patriarcal, y se necesita convencer a los varones para que lo rompan desde adentro.
Romper el pacto patriarcal significa interpelar a los varones que aún no se pronunciaron. Significa decirle al compañero de trabajo, al hermano, al amigo que la complicidad del silencio también es una forma de sostener el sistema. Significa construir masculinidades que no se definan por la dominación. No es una tarea fácil ni rápida, pero es una tarea política. Y el movimiento feminista, al convocarla, va más allá de la denuncia del opresor para empezar a pensar en la construcción de alianzas para transformar la estructura que lo produce.
Esta interpelación no tiene nada que ver con pedirle permiso a los varones, ni a subordinar la agenda feminista a su comodidad. La conducción política del proceso feminista sigue siendo de las mujeres y disidencias. Pero sí implica reconocer que la derrota del patriarcado no puede ser una tarea solo de quienes lo padecen. Que los varones de la clase trabajadora tienen tanto que ganar con un mundo sin opresión de género como las compañeras que marchamos desde hace años.
Feminismo socialista: la alianza que hace falta
No puede existir feminismo consecuente sin anticapitalismo, porque el patriarcado no flota en el aire: se reproduce en las relaciones de producción, en la división sexual del trabajo, en la feminización de la pobreza, en el uso capitalista de los cuerpos de las mujeres como fuerza de trabajo no remunerada, como objeto de consumo, como mercancía en los circuitos del narco y la trata. Y tampoco puede existir socialismo consecuente, que ignore la opresión de género, que trate las demandas feministas como “divisivas”, secundarias o subordinadas. Esa izquierda que postergó las reivindicaciones de las mujeres para después de la revolución pagó un costo histórico enorme, y lo sigue pagando.
El feminismo que hoy se reconfigura en Argentina, que marcha contra Milei, que exige presupuesto para las políticas de género, que convoca a los varones a tomar partido, que defiende conquistas mientras piensa en la transformación estructural, está haciendo algo políticamente complejo y vital: tejiendo la alianza más poderosa posible contra el capitalismo patriarcal. La alianza entre mujeres, disidencias y toda la clase trabajadora, a que decidan romper con las cadenas que los atan a sus opresores.
Ese feminismo no es el de las corporaciones que usan el 8M para hacer marketing. Tampoco es el del individualismo liberal que reduce todo a la empoderada de turno. Es el feminismo de las que salen a la calle sabiendo que su lucha es colectiva y que la clase no puede ganar si la mitad de sus integrantes queda aplastada bajo el doble yugo del capital y el patriarcado.
El desafío de este momento es a la altura de su complejidad: construir un movimiento feminista que sea capaz de disputarle jóvenes a la ultraderecha, de hablar con los que aún no llegaron, de generar las condiciones para que romper el pacto patriarcal sea una opción real y no solo un mandato moral. Para eso hace falta organización, hace falta claridad política, hace falta la paciencia estratégica de quien sabe que está construyendo fuerza para una transformación profunda.
La pregunta ya está hecha. Ahora hace falta que se escuche, y que quienes la reciben encuentren en el movimiento feminista socialista un lugar donde también ellos tengan algo que perder y mucho que ganar. Ese es el feminismo que puede ganar. Sumate.

