Indio Solari. “En este día y cada día”

Indio Solari

Por Camila Juarez oliva

Hoy se nos fue el Indio Solari, pero no su espíritu. Porque hay personas que no desaparecen cuando mueren: quedan latiendo en las canciones, en las calles y en esas “banderas rojas, banderas negras, de lienzo blanco” que alguna vez se levantaron entre multitudes infinitas para esperarlo.

Se fue un emblema del rock nacional, sí, pero el Indio fue muchísimo más que eso. Nunca necesitó de la exposición permanente ni del brillo artificial de la fama. De hecho, parecía incomodarle. Su lugar no estaba en los flashes ni en el espectáculo vacío, sino en las palabras. En esas letras filosas, oscuras, profundas y sublimes que lograban ponerle nombre al desencanto de toda una época.

El del disco Oktubre. El que cantó “de regreso a Oktubre”. El que entendió antes que muchos que este país también se explicaba desde sus márgenes, desde los derrotados, desde los que caminan “un poco muertos y un poco vivos”. Había algo profundamente político en su sensibilidad y aunque siempre odió la pose del predicador, fue el pastor involuntario de varias generaciones de pibas y pibes que sintieron que les iluminaban el camino a golpes de lucidez y afecto.

El Indio supo construir algo que muy pocos artistas consiguen: una identidad colectiva. Generaciones enteras crecieron con sus canciones sonando de fondo en momentos de amor, bronca, soledad, euforia y resistencia. Sus recitales no eran solamente recitales; eran rituales populares. Una misa pagana donde miles se reconocían en el otro a través de una canción, de un abrazo o de una frase aprendida de memoria.

Trascendió clases sociales, edades y fronteras. Su voz llegó a todos los continentes porque lo que decía no era solamente música: era sensibilidad hecha poesía. Había en sus letras una mezcla extraña de filosofía, barrio, ironía y desesperación. El Indio hablaba de un mundo roto, del cinismo del poder, de las miserias humanas y también de esa necesidad obstinada de seguir buscando algo verdadero entre tanta derrota organizada.

Muchos intentaron explicar el fenómeno ricotero, pero quizás nunca sea posible explicarlo del todo. Porque el Indio no fue solamente un músico: fue un símbolo cultural y generacional. Un tipo que, sin proponérselo desde el marketing ni desde el espectáculo domesticado, logró convertirse en parte de la historia emocional y política de la Argentina.

Y ahí se fue cantando. Tal vez hacia “ese mundo tan feliz” del que hablaban sus canciones. Tal vez dejando atrás este ruido absurdo de miserias cotidianas. Pero hay algo que permanece intacto: nadie puede matar aquello que ya se volvió parte de la memoria colectiva.

Porque algunos artistas entretienen. Otros acompañan una época. Pero muy pocos logran convertirse en eternos.

¿Y qué será de esta vieja cultura frita? No lo sabemos, pero cuando el fuego crezca quiero estar allí.

Otras noticias

Somos un medio de y para los trabajadores
No tenemos pauta ni aportes de empresarios

Si valorás nuestra voz, sumate a bancarla

Colaborá con nosotros