“¿Qué pasa si llega un marciano?”. Desde un planeta llamado ajuste

Javier Milei se preguntó qué pensaría un marciano si aterrizara en Argentina y leyera los indicadores económicos. El problema no es la pregunta: es que, si el extraterrestre caminara unas cuadras fuera del auditorio empresario donde habló el presidente, probablemente terminaría pidiendo asilo político para escapar del experimento libertario. 

Manual libertario para extraterrestres 

Imaginemos entonces que el marciano efectivamente llega. Desciende de su nave en Buenos Aires, con sus antenitas verdes y una tablet intergaláctica donde revisa las estadísticas oficiales. Lee que la inflación desacelera, que el déficit fiscal baja y que los mercados “recuperaron confianza”. Probablemente piense que aterrizó en una potencia emergente. Quizás incluso considere comprar un terreno en Vaca Muerta o invertir en litio.

Pero después sale a caminar.

Y ahí empieza la película de terror.

El marciano descubre jubilados eligiendo entre comprar remedios o comer. Ve hospitales desfinanciados, universidades ajustadas y trabajadores viajando hacinados en trenes y colectivos que aumentan todos los meses. Observa salarios pulverizados, despidos estatales, comedores desbordados y familias endeudadas para llegar a mitad de mes. Entonces hace lo que haría cualquier ser racional de la galaxia: empieza a sospechar que alguien le mintió.

Porque el problema del gobierno no es solamente el ajuste. Es la construcción de una realidad paralela donde destruir el consumo se presenta como “orden macroeconómico” y pulverizar salarios aparece como “sinceramiento”. El marciano quizás no entienda de economía argentina, pero probablemente sí entienda algo básico: si una sociedad funciona cada vez peor para la mayoría mientras unos pocos ganan fortunas, hay alguien beneficiándose del desastre.

Entonces sigue investigando.

Descubre que mientras el gobierno habla contra “la casta”, sus funcionarios aparecen rodeados de denuncias por viajes en efectivo, propiedades difíciles de justificar, contratos sospechosos y negocios oscuros. Escucha nombres como Adorni, Karina Milei, Spagnuolo o Frugoni y cree que se trata de una serie de corrupción interplanetaria. Después comprende que no: es apenas el gabinete nacional.

El extraterrestre también se sorprende con otra particularidad argentina: el presidente insulta periodistas, economistas, artistas, científicos y hasta a cualquiera que cuestione el ajuste, mientras es presentado como un defensor de “la libertad”. Ahí el marciano ya empieza a preocuparse seriamente por la salud mental del planeta Tierra.

Luego llega a una estación de tren. Ve trabajadores que gastan cada vez más en transporte mientras el Estado recorta programas sociales, salud y educación. Pregunta ingenuamente: “¿Todo este sacrificio al menos mejoró la vida de la población?”. Nadie sabe qué responderle.

Porque incluso los indicadores que festeja el gobierno tienen un detalle incómodo: funcionan sobre una sociedad cada vez más deteriorada. La inflación baja porque cae el consumo. El déficit se reduce porque se paralizan políticas públicas. El “equilibrio” aparece a costa de salarios miserables, jubilaciones destruidas y un país cada vez más desigual.

Y finalmente entiende la verdadera dimensión del problema. El drama no es que llegue un marciano y no comprenda la Argentina. El drama es que millones de argentinos ya no reconocen el país que están dejando estos gobiernos.

Quizás el extraterrestre se vaya espantado. O quizás haga algo más sensato: quedarse para sumarse a alguna marcha en defensa de la salud pública, la educación o los salarios. Después de todo, incluso alguien venido de otro planeta podría darse cuenta rápidamente de algo elemental: el ajuste no lo paga la casta. Lo paga el pueblo trabajador.

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