Tras meses de promesas de inflación en baja, el propio Milei reconoce dificultades. Mientras tanto, el ajuste avanza y el costo lo siguen pagando las mayorías.
Las soluciones no se avistan al horizonte
El relato libertario empieza a mostrar fisuras. El propio presidente Javier Milei reconoció que existen “contratiempos” en su objetivo de bajar la inflación, una de las principales banderas con las que llegó al gobierno. La admisión no es menor: expone que, detrás del discurso de certezas absolutas, el plan económico enfrenta límites concretos que impactan directamente en la vida de millones.
Durante meses, el gobierno sostuvo que la inflación podía caer rápidamente e incluso acercarse a niveles cercanos a cero en el corto plazo. Sin embargo, la realidad va en otra dirección. Los precios siguen subiendo, los salarios pierden poder adquisitivo y el consumo interno continúa en caída. En ese contexto, los “contratiempos” no son un accidente, son la consecuencia directa de un modelo basado en el ajuste, la licuación de ingresos y la transferencia de recursos hacia los sectores más concentrados de la economía.
Lejos de revisar el rumbo, Milei ratificó que no habrá cambios en la estrategia. Es decir, más de lo mismo: recorte del gasto, liberación de precios y una política económica que descarga el peso de la crisis sobre trabajadores, jubilados y sectores populares. La inflación, en este esquema, no se combate mejorando las condiciones de vida, sino enfriando la economía a costa del bolsillo de las mayorías.
El problema es que la desaceleración inflacionaria —cuando ocurre— no se traduce en alivio real. Que los precios suban más lento no significa que dejen de subir, y mucho menos que se recuperen los ingresos. Mientras tanto, las tarifas, los alimentos y los servicios siguen marcando el pulso de una economía que golpea todos los días.
La admisión presidencial también deja en evidencia otra cuestión: el carácter ideológico del plan. No se trata simplemente de errores de ejecución, sino de una orientación que prioriza el equilibrio fiscal y la rentabilidad empresaria por sobre las necesidades sociales. Por eso, incluso cuando el propio gobierno reconoce dificultades, la respuesta es profundizar el ajuste.
En este escenario, la discusión de fondo vuelve a ser quién paga la crisis. Porque mientras se habla de “contratiempos”, lo que se consolida es un modelo donde las mayorías pierden y unos pocos ganan. La inflación no es solo un problema técnico, es el reflejo de una economía organizada en función de intereses que nada tienen que ver con las necesidades del conjunto de la población.
Así, el reconocimiento de Milei no marca un giro, sino una señal de alerta. El plan no está funcionando como prometían, pero aun así se insiste en profundizarlo. Y en ese camino, los “contratiempos” tienen nombre y apellido: son el ajuste, la pérdida de poder adquisitivo y el deterioro de las condiciones de vida de millones.
Ante este plan de ajuste y pobreza, es importante salir a luchar, aprovechando la inmensa movilización del 24 de marzo para unificar luchas y reclamos en contra de este gobierno.

