El gobierno de Javier Milei construyó su relato sobre la promesa de una “lluvia de inversiones” que salvaría la economía del país. Los datos recientes de la OCDE destruyen ese cuento oficial y exponen la crisis de este modelo libertario. Argentina quedó en el último lugar de la región en recepción de Inversión Extranjera Directa durante el año analizado. El país apenas captó un flujo marginal de capitales y registró el peor resultado desde el estallido económico del año 2001.
Esta realidad refleja la profunda crisis del programa de ajuste libertario. Las corporaciones transnacionales observan un escenario de enorme inestabilidad impulsado por la propia recesión oficial. La falta de confianza del capital extranjero demuestra que la ingeniería económica diseñada por el presidente y su ministro de Economía no ofrece las garantías elementales para la reproducción segura de los grandes capitales.
Las cifras publicadas por el organismo internacional son muy claras y dejan al país muy por detrás de los países vecinos. Brasil, México, Chile y Colombia atrajeron sumas multimillonarias de manera ininterrumpida. Incluso Costa Rica superó ampliamente a la Argentina en la captación de estos flujos productivos.
Ranking de Inversión Extranjera Directa (IED)
Datos de la OCDE – Cifras en millones de USD
El elenco gubernamental intenta justificar este desastre con excusas repetidas y promesas vacías frente a una realidad difícil de ocultar. Los dueños del dinero exigen condiciones extremas de explotación para radicar sus empresas y buscan una rentabilidad rápida que este terreno minado por La Libertad Avanza es incapaz de garantizar. Esa misma inestabilidad termina espantando a los inversores que el oficialismo dice defender, fundamentalmente porque el riesgo país se mantiene en niveles prohibitivos y el mercado interno se encuentra totalmente destruido por la pulverización de los salarios. En consecuencia, el gran capital aplaude las medidas de ajuste por televisión mientras decide llevar sus negocios a otros destinos más seguros para resguardar su tasa de ganancia.
El Súper RIGI como herramienta de sumisión y entrega
Frente a este estrepitoso derrumbe de las expectativas, el Ejecutivo decidió redoblar su política de entrega con la creación del llamado Súper RIGI. Este nuevo Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones en Nuevas Industrias representa un acto desesperado por mendigar dólares extranjeros a cualquier precio. La propuesta legislativa fue diseñada a la medida exacta de los magnates de Silicon Valley. El desembarco temporal de figuras como Peter Thiel en nuestro territorio expone de forma brutal el lobby directo de los dueños del mundo tecnológico. El proyecto oficialista exige un piso de desembolsos de U$S1.000 millones orientados a la inteligencia artificial, la biotecnología y los centros de datos masivos. A cambio de esta inyección de dinero, el Estado se compromete a otorgar beneficios extraordinarios que profundizan la condición colonial de la economía argentina.
Las corporaciones que ingresen a este esquema de saqueo gozarán de reducciones drásticas en el Impuesto a las Ganancias y dispondrán libremente de sus divisas. El proyecto les permite importar la totalidad de sus insumos con arancel cero y elimina por completo cualquier obligación de contratar proveedores locales. Las multinacionales podrán instalar sus inmensas plantas traídas directamente desde el exterior. De esta manera operarán como verdaderos enclaves desconectados del entramado productivo nacional. El gobierno les garantiza 30 años de inmunidad normativa e impositiva absoluta. Cualquier intento futuro de las mayorías por modificar estas condiciones abusivas habilitará a las empresas a demandar al país en tribunales internacionales como el CIADI. Esta maniobra jurídica significa una abdicación total de la soberanía nacional para complacer la permanente necesidad de acumulación de los gigantes tecnológicos globales.
Planificar la economía bajo el control de los trabajadores
El discurso oficial y las consultoras burguesas sostienen que la llegada de capitales extranjeros resolverá mágicamente los padecimientos del país. Esa premisa constituye una enorme trampa ideológica diseñada para justificar la entrega sistemática del patrimonio.
La inserción de los monopolios internacionales se realiza invariablemente bajo condiciones de precarización laboral y constante recorte de derechos. Los regímenes impulsados por el gobierno benefician a sectores extractivos o polos tecnológicos que demandan una cantidad insignificante de puestos de trabajo directo. Estas inversiones jamás van a solucionar la inmensa crisis de desempleo que azota a la clase trabajadora de punta a punta del país. Los capitales foráneos aterrizan exclusivamente para maximizar sus beneficios contables. En reiteradas oportunidades impulsan industrias altamente contaminantes que destruyen los territorios locales y consumen una energía que es subsidiada indirectamente por el enorme esfuerzo del pueblo trabajador.
Las soluciones a las penurias económicas no vienen de la mano de las corporaciones multinacionales ni de marcos normativos de rendición incondicional. La realidad demuestra que el gran capital exige sumisión absoluta e igual sigue presionando por mayores ajustes sobre el nivel de vida de la población.
Se vuelve fundamental abandonar esta dinámica de subordinación capitalista y poner en discusión democrática el modelo productivo del país. La verdadera salida requiere la participación activa de los trabajadores en la planificación de toda la matriz económica nacional. Las fuerzas productivas deben orientarse ineludiblemente a satisfacer las urgencias reales del conjunto de la población. La producción tiene que dejar de ser un mecanismo para alimentar la especulación financiera y engrosar las fortunas de un puñado de billonarios extranjeros. Tomar el control de los resortes fundamentales del país es el único camino posible para construir una sociedad que priorice las necesidades humanas por encima de la acumulación irracional de las inversiones transnacionales.

