A 176 años de su muerte, la figura de José de San Martín continúa atravesando la historia argentina y latinoamericana. Mucho más que un héroe militar, fue protagonista de un proyecto de emancipación que entendía que la independencia de las Provincias Unidas no podía separarse de la liberación del resto del continente. En tiempos de nuevas formas de dependencia y entrega de nuestros recursos, recuperar ese legado también es discutir qué significa hoy defender la soberanía.
El 17 de agosto de 1850, a las tres de la tarde, José de San Martín murió en Boulogne-sur-Mer, Francia. Habían pasado décadas desde sus principales campañas militares y casi treinta años desde su retiro de la vida política americana. Sin embargo, la obra que había comenzado a construir mucho antes seguía atravesando la historia del continente.
San Martín no fue solamente el general que cruzó los Andes. Fue uno de los principales dirigentes de la lucha independentista latinoamericana y comprendió algo que todavía conserva una enorme actualidad: la independencia de un país no podía consolidarse mientras el poder colonial continuara dominando a los pueblos de la región.
La independencia no podía quedar a mitad de camino
Cuando San Martín regresó al Río de la Plata en 1812, la Revolución de Mayo ya había iniciado el proceso de ruptura con el poder colonial español. Pero el territorio estaba lejos de ser libre.
El Ejército Realista mantenía posiciones decisivas en el Alto Perú, Chile y Perú. Desde allí podía intentar recuperar los territorios revolucionarios del sur.
San Martín comprendió que insistir indefinidamente en avanzar hacia el Alto Perú era insuficiente. Por eso diseñó una estrategia diferente: organizar un ejército en Cuyo, atravesar la Cordillera de los Andes, liberar Chile y desde allí avanzar por mar hacia Perú.
La operación parecía imposible. Sin embargo, en enero de 1817 comenzó el Cruce de los Andes. El Ejército de los Andes atravesó la cordillera por distintos pasos y logró derrotar a las fuerzas realistas. Las victorias de Chacabuco y Maipú permitieron consolidar la independencia chilena y abrir el camino hacia Perú.
La campaña no fue una aventura personal. Formaba parte de un proyecto continental. El propio San Martín expresó reiteradamente que su objetivo era la independencia americana. En uno de sus escritos sostuvo: “Yo sólo deseo la independencia de la América del gobierno español”.
Ahí aparece una diferencia fundamental con la mirada de una historia reducida a los próceres como figuras aisladas. San Martín entendía que la emancipación era una tarea colectiva de los pueblos americanos.
Un ejército para liberar, no para conquistar
Hay otro aspecto de su legado que resulta fundamental. San Martín no organizó sus campañas para construir un imperio propio ni para quedarse con el poder de los territorios que liberaba. Su objetivo declarado era contribuir a la independencia y dejar que cada pueblo decidiera posteriormente su forma de gobierno.
Después de su encuentro con Simón Bolívar en Guayaquil, otra figura que comprendía que debía liberarse todo el continente, y que lo venía haciendo desde la otra punta de Sudamérica y viniendo hacia el Sur, San Martín decidió retirarse de la escena política y militar americana. En Perú había asumido el Protectorado, pero renunció al poder. Su concepción estaba lejos de la figura del conquistador que ocupa un territorio para gobernarlo en beneficio propio.
El Instituto Nacional Sanmartiniano destaca precisamente esa característica de su trayectoria: tras sus campañas, San Martín renunció a la gloria y dejó el poder político.
Ese gesto permite recuperar una dimensión política de su figura que muchas veces queda relegada detrás de los uniformes, los monumentos y las ceremonias escolares. La espada debía servir para conquistar la libertad, no para reemplazar una dominación por otra.
Los pueblos como protagonistas
La historia oficial suele presentar la independencia como una sucesión de grandes hombres: San Martín, Belgrano, Güemes, Bolívar. Pero detrás de cada campaña hubo miles de soldados, campesinos,esclavos, trabajadores, pueblos originarios, mujeres y sectores populares que sostuvieron la lucha.
El Ejército de los Andes no se construyó únicamente con militares profesionales. La campaña necesitó recursos, producción, alimentos, animales, vestimenta y una enorme movilización de la población. La independencia fue también una disputa por quién podía decidir sobre el territorio y sobre su futuro.
Por eso, recuperar a San Martín desde una perspectiva de izquierda implica disputar también la interpretación de su legado. No se trata de convertirlo en una figura decorativa de los actos escolares, sino de recuperar el contenido profundamente emancipador y antiimperialista de su proyecto.
De la dominación colonial a las nuevas dependencias
La derrota del dominio español no significó que América Latina alcanzara una independencia plena. Durante los siglos posteriores, las potencias europeas y luego Estados Unidos desarrollaron nuevas formas de dominación económica y política sobre la región.
Cambió la bandera de quienes intervenían, pero persistieron mecanismos de dependencia: deuda externa, control extranjero de los bienes comunes, monopolios comerciales, empresas multinacionales y condicionamientos políticos. Por eso, la independencia política conquistada en el siglo XIX no puede separarse de la discusión sobre la soberanía económica.
¿De qué sirve tener una bandera propia si las decisiones fundamentales sobre nuestros recursos son tomadas fuera del país? ¿De qué sirve haber expulsado a un poder colonial si el petróleo, el litio, los minerales, el agua, los puertos o la energía quedan sometidos a los intereses de grandes empresas extranjeras? Son preguntas que San Martín probablemente habría comprendido mejor que muchos de quienes hoy utilizan su nombre.
El legado frente al gobierno de Milei
Esta discusión adquiere una dimensión particular bajo el gobierno de Javier Milei. Mientras el oficialismo reivindica permanentemente la figura de los próceres y la bandera argentina, impulsa políticas de apertura y entrega que afectan recursos estratégicos y profundizan la dependencia económica.
La modificación de normas sobre tierras, las privatizaciones, la apertura a capitales extranjeros y el avance de grandes empresas sobre áreas estratégicas plantean una contradicción difícil de ocultar.
No alcanza con cantar el Himno o colocar una bandera argentina detrás de un discurso presidencial. La soberanía se defiende en las decisiones concretas sobre el territorio, los recursos y la economía.
Y ahí aparece la vigencia de San Martín. Su proyecto no consistía simplemente en cambiar quién administraba una colonia. Consistía en romper con una estructura de dominación y construir pueblos libres.
San Martín y la unidad latinoamericana
Quizás uno de los aspectos más actuales de su pensamiento sea precisamente su dimensión continental. San Martín no pensaba la emancipación como una competencia entre países. La independencia argentina, chilena y peruana formaban parte de una misma lucha.
Esa perspectiva contrasta con una América Latina fragmentada, donde los gobiernos negocian individualmente con las grandes potencias y compiten entre sí para atraer capitales.
Frente a eso, recuperar el proyecto latinoamericano significa volver a discutir la necesidad de una integración basada en los intereses de los pueblos y no en los negocios de las multinacionales.
Una integración para desarrollar de manera soberana nuestros recursos, coordinar nuestras economías, defender nuestros territorios y enfrentar colectivamente las presiones de las grandes potencias.
Un legado que no pertenece a los gobiernos
San Martín murió lejos de América. Sus restos recién fueron repatriados en 1880 y actualmente descansan en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires.
Pero su legado no está encerrado en un mausoleo. Está en cada lucha por la soberanía, en cada defensa del territorio, en cada reclamo contra la entrega de nuestros recursos y en cada intento de construir una América Latina independiente de las grandes potencias.
A 176 años de su muerte, reivindicar a San Martín no debería reducirse a repetir que fue el “Padre de la Patria”. Su verdadero legado es mucho más incómodo: la libertad no se recibe como una concesión de los poderosos. Se conquista. Porque reivindicar el legado emancipador de San Martín, es ser antiimperialista, pero también anticapitalista, por el carácter del sistema y los enemigos que enfrentamos.
Y si la primera independencia enfrentó al poder colonial español, las luchas del presente tienen nuevos adversarios y nuevas formas de dominación. Por eso, recordar a San Martín también es mirar hacia adelante.
Por una Argentina soberana. Por una América Latina unida. Contra toda forma de dominación imperialista. Por una segunda y definitiva independencia de nuestros pueblos.

