RD del Congo. Patrice Lumumba también juega este Mundial

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La historia detrás del hincha que convirtió la tribuna en un homenaje al líder anticolonialista que marcó para siempre la historia de la República Democrática del Congo.

Una imagen que interpela al Mundial

En los Mundiales abundan imágenes que se vuelven virales. Disfraces extravagantes, camisetas históricas, banderas gigantes o hinchas que recorren miles de kilómetros para acompañar a sus selecciones. Pero entre las miles de postales que deja la Copa del Mundo de 2026 hay una que trasciende el folclore futbolero.

Mientras la República Democrática del Congo salta este miércoles a la cancha para enfrentar a Inglaterra, una figura inmóvil vuelve a aparecer en las tribunas. Traje oscuro, anteojos de marco grueso, el brazo derecho levantado y la palma abierta. No canta, no salta ni celebra como el resto. Durante todo el partido reproduce exactamente la postura de la estatua de Patrice Lumumba que se levanta en Kinshasa.

Durante los primeros partidos fue Michel Nkuka Mboladinga quien encarnó esa imagen. Su ingreso al Mundial estuvo en duda por las restricciones migratorias impuestas a ciudadanos congoleños y por una cuarentena sanitaria que debió cumplir antes de viajar. Incluso cuando parecía que no lograría ingresar al estadio, otro simpatizante ocupó su lugar y reprodujo el mismo gesto.

Ese detalle dice mucho más que cualquier anécdota viral. Porque el homenaje nunca dependió de un hombre. El protagonista no era Michel Nkuka. Era Patrice Lumumba. Y para comprender por qué miles de congoleños consideran imprescindible que su figura esté presente en un Mundial hay que viajar mucho más atrás que el comienzo de este torneo.

El país más rico… condenado al saqueo

Hablar de RD de Congo supone hablar de una de las historias más brutales del colonialismo moderno. A fines del siglo XIX, durante el reparto colonial de África decidido por las potencias europeas en la Conferencia de Berlín, el territorio del actual Congo quedó bajo dominio personal del rey Leopoldo II de Bélgica. Ni siquiera era inicialmente una colonia del Estado belga: era propiedad privada de un monarca europeo.

Allí se instauró uno de los regímenes coloniales más sangrientos de la historia. La extracción de caucho, marfil y otros recursos naturales se sostuvo mediante trabajo forzado, torturas, mutilaciones y asesinatos masivos. Millones de congoleños murieron bajo un sistema que convirtió la riqueza del territorio en una fuente extraordinaria de ganancias para Europa y en una tragedia para su población.

Las denuncias internacionales obligaron a Bélgica a asumir formalmente la administración de la colonia en 1908. Pero el carácter del dominio apenas cambió. El Congo siguió siendo una economía organizada para abastecer de materias primas a las potencias mientras la inmensa mayoría de su población permanecía excluida de los derechos políticos y del acceso a la educación superior.

Ese escenario empezó a resquebrajarse después de la Segunda Guerra Mundial, cuando las luchas anticoloniales recorrieron África y Asia. Fue entonces cuando apareció Patrice Lumumba, el dirigente que soñó un Congo unido.

El nacimiento de un líder anticolonial

Nacido en 1925 en una familia humilde de la provincia de Kasai, Lumumba no provenía de las élites tradicionales que la administración belga había promovido para gobernar la colonia.

Trabajó como empleado postal y autodidacta, se destacó por su extraordinaria capacidad como orador y pronto se convirtió en uno de los principales dirigentes del naciente movimiento independentista.

En 1958 fundó el Movimiento Nacional Congolés, una organización que se diferenciaba de otros sectores políticos por una característica central: rechazaba las divisiones étnicas promovidas durante décadas por el colonialismo y defendía la construcción de un Estado nacional unificado.

No era una discusión menor. Las autoridades coloniales habían gobernado fomentando rivalidades entre pueblos y comunidades. Esa fragmentación facilitaba el control político y económico del territorio. Lumumba comprendía que sin unidad nacional la independencia podía transformarse en una ficción. Su liderazgo creció rápidamente hasta convertirlo en el principal referente de la emancipación congoleña.

El discurso que desafió al rey de Bélgica

El 30 de junio de 1960 el Congo obtuvo formalmente su independencia. La ceremonia parecía destinada a celebrar una transición ordenada. El rey Balduino de Bélgica elogió la supuesta “obra civilizadora” del colonialismo y presentó la independencia como un gesto generoso de la metrópoli.

Lumumba rompió el protocolo. En un discurso que pasó a la historia denunció públicamente décadas de explotación, humillaciones, discriminación y violencia sufridas por el pueblo congoleño. Recordó los trabajos forzados, las cárceles, los castigos y las desigualdades impuestas por la dominación belga, afirmando que la independencia no era un regalo sino el resultado de la lucha popular.

Para millones de africanos aquellas palabras representaron un acto de dignidad. Para las potencias occidentales fueron una declaración de guerra política.

Un crimen del imperialismo

Lumumba asumió como primer ministro del nuevo Estado independiente. Su gobierno apenas sobrevivió unos meses. La provincia minera de Katanga, donde se concentraban enormes reservas de cobre, uranio y otros minerales estratégicos, declaró su secesión con apoyo de sectores empresariales y militares vinculados a Bélgica. Mientras tanto, las tensiones de la Guerra Fría atravesaban el continente africano. Ante la pasividad de Naciones Unidas para frenar la desintegración del país, Lumumba buscó ayuda internacional donde pudo encontrarla, incluida la Unión Soviética. Eso bastó para que Washington y Bruselas lo señalaran como un dirigente peligroso.

En septiembre de 1960 fue desplazado del gobierno. Poco después el coronel Joseph Mobutu encabezó un golpe de Estado. Lumumba fue detenido, trasladado a Katanga y fusilado el 17 de enero de 1961 con participación directa de oficiales belgas y bajo la mirada complaciente de las potencias occidentales. Su cuerpo fue desmembrado y disuelto en ácido. No querían dejar una tumba. No querían dejar un símbolo. No querían dejar un lugar donde el pueblo pudiera recordarlo. Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario.

Un símbolo de la emancipación africana

Con apenas 35 años, Lumumba se convirtió en uno de los grandes mártires del movimiento anticolonial del siglo XX. Su figura trascendió las fronteras de RD de Congo.

Fue reivindicado por los movimientos de liberación africanos, por el panafricanismo y por amplios sectores de izquierda del mundo que vieron en su asesinato la demostración de hasta dónde podían llegar las potencias para preservar sus intereses económicos.

Su proyecto no era socialista en un sentido estricto; lo cual era una limitación muy profunda de su proyecto. Era, ante todo, profundamente nacionalista y anticolonial. Pretendía que la inmensa riqueza mineral del Congo dejara de beneficiar a las empresas extranjeras y sirviera para desarrollar el país. Ese objetivo terminó costándole la vida. En nuestro caso, frente a equivocadas visiones policlasistas, apoyamos un panafricanismo revolucionario para lograr un Africa libre, unida y socialista.

El largo legado del colonialismo

Sesenta y cinco años después, muchas de las disputas que enfrentó Lumumba siguen abiertas. La República Democrática del Congo posee algunas de las mayores reservas mundiales de cobalto, coltán, cobre, diamantes y oro. Minerales imprescindibles para fabricar teléfonos celulares, computadoras, baterías y automóviles eléctricos.

Paradójicamente, esa riqueza continúa siendo una fuente permanente de conflictos. En el este del país operan grupos armados que disputan el control territorial mientras empresas multinacionales y potencias extranjeras mantienen fuertes intereses sobre la explotación minera.

La violencia, los desplazamientos forzados y las crisis humanitarias afectan desde hace años a millones de personas. La tragedia congoleña demuestra que el colonialismo no terminó simplemente con las independencias formales. Cambió de formas, de mecanismos y de actores, pero la disputa por los recursos naturales sigue condicionando el destino del país.

Una tribuna contra el olvido

En medio de un espectáculo atravesado por el negocio, el marketing y el consumo global, la presencia de Lumumba Vea, como se lo conoce popularmente a Michel Nkuka Mboladinga, recuerda que el fútbol también puede ser un espacio de construcción de memoria. Desde 2013 acompaña a la selección personificando a Lumumba, reproduciendo la misma postura de la estatua del líder independentista en Kinshasa. Su presencia busca mantener viva la figura de quien encabezó la lucha por la independencia del Congo.

Su presencia se ha convertido en un símbolo para todo el pueblo congoleño, logró que el mundo recuerde la historia de quien encabezó la independencia congoleña y pagó con su vida el intento de construir un país soberano.

Su presencia en el torneo, sin embargo, estuvo marcada por distintos obstáculos. No pudo asistir al debut de su selección debido a restricciones sanitarias, aunque más tarde logró viajar y acompañó al equipo frente a Colombia. Días después volvió a quedar afuera cuando Estados Unidos le negó la visa para ingresar al país y presenciar el partido ante Uzbekistán. Pero la imagen de Lumumba no desapareció de las tribunas. En uno de los encuentros, otro hincha ocupó su lugar y repitió el mismo homenaje. Un gesto que sintetiza el significado de su figura: más que representar a una persona, esa imagen expresa la memoria de un pueblo que sigue reivindicando a uno de los principales símbolos de su lucha por la independencia y la soberanía.La imagen permaneció, el homenaje continuó. Porque el mensaje nunca dependió de una persona. Dependía de una memoria colectiva.

Del Zaire de Mobutu al Congo de hoy

La participación de la República Democrática del Congo también posee una enorme carga histórica desde el punto de vista deportivo. Su única presencia anterior en una Copa del Mundo había sido en Alemania Federal 1974, cuando el país competía bajo el nombre de Zaire durante la dictadura de Mobutu Sese Seko, el mismo militar que llegó al poder tras el golpe contra Lumumba.

Aquel Mundial quedó asociado al histórico 0-9 frente a Yugoslavia y a la célebre escena del defensor Mwepu Ilunga despejando un tiro libre brasileño antes de la ejecución.

Durante décadas esa imagen fue utilizada para ridiculizar al fútbol africano. Con el tiempo se supo que detrás de aquella selección existían amenazas, presiones políticas y futbolistas que ni siquiera tenían garantizados los premios prometidos por la dictadura.

Más de cincuenta años después, el regreso del RD Congo al Mundial representa mucho más que una clasificación deportiva. Es también el regreso de un país que intenta reconstruir su identidad después de décadas de golpes de Estado, guerras y saqueo.

El largo camino de la República Democrática del Congo hacia su primer Mundial en 52 años ha estado plagado de dificultades que sus rivales ingleses en los dieciseisavos de final apenas pueden imaginar.

Tras superar 13 partidos de clasificación, una cuarentena previa al torneo debido a un brote de ébola y la inestabilidad provocada por décadas de conflicto, esta nación asolada por la guerra está dejando huella en el escenario mundial.

“No es fácil en nuestro país”, dijo Yoane Wissa después de que sus dos goles aseguraran la primera victoria mundialista del país ante Uzbekistán. Ese éxito los puso en rumbo de chocar este miércoles contra Inglaterra, donde el delantero del Newcastle ha jugado durante los últimos cinco años.

También recalcó: “Queremos paz, por ellos, yo solo digo gracias. Gracias porque venimos de lejos. Venimos de la nada para estar aquí. Ahora escribimos nuestra historia”. La historia inspiradora sobre el césped tiene raíces surgidas de ese trasfondo trágico.

El legado que el imperialismo no pudo borrar

El fútbol suele condensar historias que exceden largamente al deporte. Hay camisetas que representan revoluciones. Hay banderas que recuerdan genocidios. Hay canciones que hablan de exilios. Y ahora también hay una tribuna que recuerda a Patrice Lumumba.

Mientras Inglaterra y la República Democrática del Congo disputaran un lugar en el Mundial, millones de espectadores observarán apenas un partido de fútbol. Pero quienes conocen la historia entenderán que, entre bombos y banderas, también se está librando otra batalla: la de la memoria.

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