Paradoja de la humanidad. Israel y la rutina de lo despiadado

Este artículo fue extraído del sitio web de la Liga Internacional Socialista

Hace pocas semanas se dio a conocer que el gobierno israelí impulsa un proyecto para excavar un foso de casi 170 metros alrededor de un sector de máxima seguridad de la cárcel de Ketziot, en el desierto del Néguev, al sur de Israel. La idea, promovida por su ministro de Seguridad, Itamar Ben Gvir, es llenar ese foso de cocodrilos del Nilo para fortificar aún más la inseguridad sobre la vida de los miles de prisioneros palestinos que allí se encuentran. Una nueva pieza en la maquinaria que deshumaniza, diseñada para seguir instalando el terror como método.

Describir las atrocidades que el Estado de Israel siembra cada día ya no tiene nada de extraordinario. La crueldad repite su rutina con una constancia casi mecánica, como si el horror de sus métodos hubiera aprendido a volverse costumbre. Tampoco alcanzan las palabras para abarcar las bestialidades que el Estado israelí comete en materia de violaciones a los derechos humanos: niños asesinados, un pueblo entero sometido a la barbarie, denuncias que se acumulan ante tribunales y organismos internacionales, un genocidio expuesto ante los ojos del mundo.

Hace no mucho, la aprobación de la pena de muerte para presos palestinos volvió a correr los límites de lo imaginable. Pero incluso esa decisión parece una grada más en una escalera que desciende hacia formas más profundas de deshumanización. Israel actúa como si siempre fuera posible perforar un nuevo fondo en el subsuelo de esa barbarie que generó.

El proyecto impulsado por el in-célebre Itamar Ben-Gvir parece salido de una pesadilla: construir un foso de unos 170 metros alrededor de la prisión de Ketziot y llenarlo de cocodrilos del Nilo para “impedir la fuga de prisioneros palestinos”. La iniciativa, que fue presupuestada en unos 21 millones de shekels, aproximadamente 7.11 millones de dólares, avanzó incluso hasta la excavación del canal.

Para completar el panorama, este criminal de guerra llamó públicamente – en el podcast titulado 8 de octubre, con Rom Braslavski- a asesinar palestinos cada noche en Gaza: “Creo que deberían llevarse a cabo asesinatos selectivos en Gaza, eliminando entre 30 y 40 personas cada noche. No solo a quienes representan una amenaza inmediata; hay personas allí que no merecen vivir. No deberían vivir. Ni siquiera son personas”.

Paradojas

Pero el proyecto fue detenido provisoriamente a raíz de una demanda. Un tribunal de distrito de Jerusalén ordenó suspender el traslado y la preparación de los reptiles hasta que se resuelva la disputa legal: el Estado deberá presentar sus argumentos y, mientras tanto, el foso de cocodrilos permanece paralizado.

Lo verdaderamente insultante de esta historia no es únicamente el proyecto, sino aquello que consiguió detenerlo, aunque sea por un tiempo. No fueron las denuncias por crímenes de lesa humanidad, ni la evidencia acumulada de torturas, hacinamiento y muertes bajo custodia. Fue una organización de bienestar animal la que llevó el caso ante la justicia israelí para proteger a los cocodrilos: el foso previsto sería demasiado estrecho para su crecimiento y el traslado podría poner en riesgo su propia integridad. La justicia intervino para recordar que, incluso allí, los reptiles tienen derecho a condiciones dignas. El contraste resulta obsceno.

La sensatez de proteger una vida animal choca brutalmente con la indiferencia hacia las condiciones indignas en las que sobreviven los prisioneros palestinos: el hacinamiento, la falta de alimentos, las agresiones documentadas por organismos de derechos humanos, las decenas de muertes registradas en las cárceles israelíes desde octubre de 2023. Quien sale de esas prisiones rara vez sale entero. Sale, en la mayoría de los casos, marcado por el trauma y por agresiones físicas y sexuales sistemáticas a manos de sus carceleros, atrocidades que resultan difíciles incluso de imaginar y que son parte del exterminio del gobierno de Netanyahu. Ese delirio es capaz de legislar sobre la temperatura del agua de un foso, pero normaliza la tortura de seres humanos. Y es parte de la lógica de este estado genocida.

Durante el nazismo, Hitler impulsó personalmente leyes destinadas a proteger a los animales y castigó con severidad su maltrato. Esa preocupación convivió con la maquinaria de exterminio que se desplegaba contra millones de seres humanos. El mismo capaz de legislar sobre el sufrimiento de un animal, podía administrar con fría meticulosidad el sufrimiento y la muerte de personas.

Alcatraz

No es casualidad que el propio Ben Gvir haya citado como inspiración el llamado «Alligator Alcatraz», el centro de detención migratoria construido en los humedales de Florida y rodeado de caimanes. Una referencia nada inocente: Alcatraz, la histórica prisión federal en la bahía de San Francisco, fue durante décadas sinónimo de aislamiento extremo, régimen de silencio y condiciones de reclusión que hoy se reconocen como una de las formas más duras de castigo penitenciario aplicadas en Estados Unidos. Que un funcionario de un gobierno acusado internacionalmente de genocidio invoque ese nombre como modelo a imitar dice todo lo que hay que saber sobre el proyecto de Ketziot: deshumanización explícita, presentada con total impunidad.

A propósito de la referencia de las bestias, Alcatraz. En Homicidio en primer grado (1995), de Marc Rocco, la historia sigue a un prisionero que intenta escapar de la célebre prisión y, después de fracasar, termina revelando la crueldad sistemática a la que fue sometido. No diré cómo termina. Pero sí la idea que aparece al final y parece escrita para estos tiempos: la victoria es un enfrentamiento, que termina en triunfo. Una exigencia para quienes no aceptamos la barbarie como destino. Tenemos que ser capaces de derrotarlos. No hay alternativa.

Freno

Este nuevo episodio es otra vuelta de tuerca de una política sistemática de exterminio, sometimiento y expulsión del pueblo palestino, que amenaza y agrede también a otros pueblos de la región. Y frente a quienes pretenden convertir la barbarie y la impotencia en sentido común, no puede haber lugar para la resignación. Movilizarse, denunciar y organizarse. Pero tampoco alcanza con resistir indefinidamente. El horizonte tiene que ser derrotar al Estado de Israel, a sus socios imperialistas y regionales, mediante una revolución socialista que transforme de raíz las relaciones de poder en Medio Oriente y abra el camino a un gobierno de trabajadores y a una Palestina única, laica, democrática, no racista y socialista.

Es una tarea titánica, sí, pero ninguna transformación histórica comenzó siendo una tarea pequeña. Por eso es clave ser parte de huelgas, movilizaciones, rebeliones y una solidaridad internacional capaz de atravesar fronteras. Convertir la indignación dispersa en fuerza organizada. Contra la resignación, organización. Contra la barbarie, revolución.

Por Oda Cuentas

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