Por: Ramiro Giganti, miembro de la delegación argentina de la FGS
El 27 de octubre de 2006, el periodista y cineasta Brad Will se encontraba en México cubriendo las insurrecciones popularmente conocidas como «La Comuna de Oaxaca» cuando recibió el impacto de dos balas mientras filmaba. La cámara permaneció encendida y las imágenes recorrieron el mundo. Brad formaba parte del equipo de Indymedia Nueva York, pero también colaboraba con otros medios alternativos y colectivos latinoamericanos.
Brad murió asesinado mientras ejercía el oficio de informar. Su historia, sus viajes y los hechos políticos que registró son hoy un aporte a nuestra búsqueda por organizar la bronca.
Desde el corazón del imperio… destino errante y bandera invertida
Fue en Estados Unidos, en la localidad de Evanston, a orillas del lago Michigan y muy cerca de Chicago, donde nació Bradley “Brad” Roland Will, el 14 de junio de 1970. Estudió arte y literatura en el Allegheny College, una institución educativa de orientación libre ubicada en el estado de Pensilvania, y luego continuó su formación en la Escuela de Poesía Jack Kerouac, fundada por Allen Ginsberg. También fue ayudante del docente y poeta anarquista Peter Lamborn Wilson.
En Nueva York se vinculó con el movimiento squatter y con el freeganismo, una corriente que buscaba vivir por fuera de la sociedad de consumo mediante el aprovechamiento de alimentos desperdiciados. Participó en la radio comunitaria Steal This Radio 88.7, en el Lower East Side, y en el canal de televisión comunitaria Paper Tiger Television, hasta sumarse como corresponsal en Indymedia.

En 1999 estuvo presente en las movilizaciones contra la Organización Mundial del Comercio (OMC) en Seattle, donde fue detenido por la policía. Al año siguiente viajó a Praga para registrar las protestas contra las cumbres del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial.
Brad en Sudamérica: un recuerdo de nuestra historia reciente
El siglo XX terminó marcado por las protestas masivas de Seattle, en el marco de lo que se conoció como «resistencia global». Poco después, otros dos procesos captarán la atención del mundo: la segunda intifada en Palestina y nuestro «Argentinazo», que estalló en diciembre de 2001 al grito de «¡Que se vayan todos!». Este último proceso despertó el interés de Brad, que comenzó a ampliar su mirada para abarcar también las luchas de toda la región.
En 2004 visitó Argentina y acompañó lo que quedaba del proceso iniciado en 2001: asambleas barriales, espacios del movimiento piquetero, fábricas recuperadas, murgas y bibliotecas populares. Su orientación anarquista lo llevó a vincularse más profundamente con la biblioteca de la Federación Libertaria Argentina (FLA), en el barrio de Constitución.

Conocí a Brad en la Villa 31. Pudo haber sido en otro lugar, pero así lo quiso el destino: en un barrio popular. De aquel encuentro queda un recuerdo difuso de su simpatía y de su perfil de «gringo croto», siempre con un humor capaz de alegrar las luchas. Formar parte de Indymedia nos mantenía dentro del mismo colectivo global. Por eso, informar sobre su muerte en 2006 significó tener que relatar la muerte de un compañero.
Oaxaca: la última cobertura
En la madrugada del 14 de junio de 2006, la policía de Oaxaca desalojó violentamente una concentración —plantón, como se denomina en México— en la que, como cada año, docentes, indígenas y estudiantes se instalaban en el Zócalo de la ciudad de Oaxaca. El conflicto había comenzado en mayo con un reclamo docente, pero fue escalando ante las respuestas represivas del gobernador Ulises Ernesto Ruiz Ortiz. El principal referente del movimiento era la Sección 22 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), que desde los años ochenta contaba con una conducción disidente y distante del Partido Revolucionario Institucional (PRI).
La policía ocupó el centro de la ciudad y las oficinas del sindicato, y destrozó las casas de campaña. La respuesta fue inmediata: los vecinos, indignados por la represión, se unieron a los maestros. Tras varias horas de enfrentamientos, lograron regresar al centro de la ciudad. La policía tuvo que retirarse derrotada y el movimiento pasó a controlar el centro urbano.
Desde ese día, el movimiento se organizó en torno a la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO), en la que decenas de organizaciones se agruparon para exigir la renuncia del gobernador y un cambio de régimen. El movimiento fue bautizado como «La Comuna de Oaxaca».
En ese contexto, Indymedia, con Brad como uno de sus corresponsales, desempeñó un papel importante en la difusión de lo que sucedía mediante transmisiones de radio en vivo.
El 17 de octubre de 2006, Brad informó sobre el asesinato de Alejandro García Hernández en las barricadas instaladas por la APPO. El título de aquella nota genera escalofríos al recordar lo que ocurriría diez días después: Muerte en Oaxaca.
El 27 de octubre, durante uno de los enfrentamientos, Brad filmaba lo que sucedía. Se escucharon algunos disparos. En un momento, se oyó una detonación seguida de un alarido; la imagen se movió y se perdió. El periodista había recibido dos disparos: uno en el costado y otro en la boca del estómago. La cámara había caído, pero no dejó de filmar. Herido, Brad registró su último plano.
Alguien rescató la cámara y el material; una vecina recogió sus zapatos.
El impune ejercicio de matar a la prensa
Las fotografías y el material registrado permitieron identificar a personas señaladas como responsables de dispararle a Brad, pero no se logró probar de manera concluyente quién fue el autor material del crimen. Hoy, su muerte permanece impune, a pesar de los señalamientos que apuntaron hacia funcionarios municipales y policías locales.
Su asesinato ocurrió en los albores de una transformación del mundo de la comunicación que todavía hoy no terminamos de procesar. Indymedia había marcado una innovación gracias al papel de los hackers antisistema, que pusieron sitios de publicación abierta al servicio de las luchas y fueron clave para romper los cercos mediáticos impuestos por la prensa hegemónica. En Argentina, el portal desempeñó un papel importante para que asambleas barriales pudieran difundir sus actividades y partidos de izquierda expusieran sus ideas frente al aparato de los partidos patronales.
Brad fue asesinado en un momento de transición digital. Internet 2.0 comenzaba a desarrollarse y el poder de los grandes magnates de la comunicación empezaba a desplazarse de figuras como Héctor Magnetto y Rupert Murdoch hacia empresarios tecnológicos como Mark Zuckerberg. Aunque los viejos magnates conservaron buena parte de su influencia, también tuvieron que adaptarse a las nuevas tecnologías y a las transformaciones del ecosistema mediático.

La historia de Brad se ha repetido una y otra vez, con el asesinato de más de 300 periodistas solo en la Franja de Gaza durante los últimos tres años a manos de Israel.
Brad está presente en la memoria de Fadel Shana’a, el camarógrafo de Reuters abatido por un misil de un tanque israelí en Gaza en 2008 mientras documentaba los ataques; en Shireen Abu Akleh, la emblemática corresponsal de Al Jazeera asesinada a tiros en Yenín en 2022 mientras cubría una incursión militar portando su chaleco de prensa; en Amal Khalil, la fotoperiodista libanesa asesinada este año que siguió informando bajo las bombas hasta el último de sus días; y en tantos otros que eligieron mirar de frente a la tragedia.
Recordar a Brad es mantener las convicciones y el compromiso para que el asesinato de un comunicador deje de quedar impune. Homenajearlo, es defender el valor y la valentía en el periodismo por encima de la hipocresía de las relaciones públicas.
Y si los sindicatos de prensa no están a la altura, habrá que crear los espacios pertinentes.
Brad Will… ¡Presente!



