Compartimos este aporte que nos hicieron llegar a los partidos del FIT-U, los compañeros Aldo Casas, Juan Pablo Casiello, Eduardo Lucita y Ariel Petruccelli
22 de abril de 2026
Queridas compañeras, queridos compañeros:
Nos dirigimos fraternalmente a todas las organizaciones políticas que integran el Frente de Izquierda y de los Trabajadores Unidad (FITU), así como a las organizaciones políticas, sindicales y sociales que simpatizan con esta coalición. Queremos ofrecer modestamente nuestro parecer sobre los desafíos actuales de las fuerzas revolucionarias en la Argentina, en un contexto que, a nuestro juicio, tiene pocos precedentes históricos.
El apoyo al gobierno de Milei cae significativamente de la mano de una crisis económica que se profundiza con caída de salarios y jubilaciones, inflación que no cede, cierre de fábricas, aumento de la desocupación y la continua aparición de nuevos casos de corrupción.
Quizás una de las mayores “fortalezas” de Milei sea la tremenda debilidad de la oposición que encarna el peronismo. Un peronismo fragmentado (cruzado por fuertes internas como la de Cristina-Axel), sin propuestas políticas capaces de sacarnos de la miseria que se ha ido profundizando, herido por la claudicación de la CGT y la clara subordinación al gobierno nacional de varios de sus gobernadores, diputados y senadores, y cargando aún la pesada mochila del gobierno de Fernández-Fernández, que sin duda sigue presente en la memoria de nuestro pueblo y que, en su desbarranque, abrió la puerta para la victoria de Milei.
En este marco, no resulta casual que las encuestas vengan mostrando un crecimiento notable de la izquierda, tanto en la intención de votos para el FITU (que supera el 10%) como en la valoración de la figura de Myriam Bregman, que aparece en el primer pelotón de dirigentes con imagen positiva en porcentajes similares a Milei, Kicillof, Bullrich o Cristina y con la imagen negativa más baja. Todo indica que la radicalización no se detuvo en el crecimiento exponencial de la ultraderecha, que pasó –a partir de un posicionamiento disruptivo– de la marginalidad a la presidencia de la Nación en cuatro años. Hay signos que sugieren la posibilidad de una radicalización en sentido opuesto. Pero para que esto se haga realidad resulta necesario que la izquierda asuma el desafío de ofrecer una alternativa de gobierno absolutamente independiente de la clase económicamente dominante y de la casta gobernante, intransigente en su programa de cambio estructural, y que se presente como una opción polar no sólo ante la ultraderecha, sino también ante todas las variantes de administración del Estado y de gestión de la sociedad sin transformación radical.
Inevitablemente, las señales que ofrecen las encuestas se han transformado en un tema de agenda de los medios y de los círculos de poder, pero también de la gente común. “¿Será posible que Myriam sea presidenta?”, “¿te la imaginás en el gobierno?”, “¿la izquierda está preparada para gobernar?”
Con cierta sorpresa, sin embargo, hemos escuchado a las principales figuras públicas de este espacio político –como la misma compañera Myriam Bregman y el compañero Cristian Castillo– poniendo paños fríos a esa posibilidad, dando a entender que todavía no sería posible un gobierno de la izquierda porque no están dadas las condiciones necesarias para tal cosa: falta desarrollo de organismos de doble poder tipo soviets, una clase obrera organizada y movilizada, etc. Explican, como de manera reiterada hiciera el kirchnerismo cuando estuvo en el gobierno, que “una cosa es estar en el gobierno y otra es tener el poder”, y que en las actuales condiciones cualquier gobierno de la izquierda sería bloqueado por los grupos que detentan el poder que no están dispuestos a perder ninguno de sus privilegios.
Sin duda se trata de preocupaciones absolutamente legítimas que nos plantean importantes desafíos. Pero hoy, a un año y medio de las elecciones, creemos equivocado colocar el énfasis en que no están dadas las condiciones para gobernar e insistir exclusivamente en la resistencia. No se trata de desatender la lucha callejera, ni tampoco de “vender ilusiones”. Pero existe la posibilidad de que un gobierno de los trabajadores encabezado por una figura comprometida con un proyecto revolucionario sea visto como una opción real. El solo dato de que este debate esté abierto, quizás por primera vez en la historia de nuestro país, nos habla de una realidad única con aspectos favorables que nos obligan a ser a la vez muy responsables y muy audaces.
Ya abierto el debate, surgen en mucha gente dos preguntas básicas frente a la suma de explicaciones mencionadas: “¿Y para qué se presentan entonces a elecciones?” y “Milei no tenía ninguna estructura ni experiencia de gobierno… ¿la izquierda no puede hacer lo mismo?”
Cuando en abril de 1917 Lenin planteó el objetivo de la toma del poder lo hizo prácticamente contra toda la izquierda rusa, incluida la mayoría de la dirección bolchevique. No faltaban razones, desde luego, a quienes se opusieron a esta audaz elección política: en base a un conjunto de circunstancias bien atendibles, sostenían que no estaban dadas las condiciones para construir el socialismo en el atrasado imperio ruso. La historia tenía reservadas dolorosas experiencias a la revolución que sería ingenuo ignorar. Su deriva fue mucho más compleja y contradictoria de lo que cualquiera hubiera podido prever en 1917. Pero fue la orientación de Lenin (en sintonía con la perspectiva de Trotsky) la que permitió aprovechar una oportunidad histórica.
Las condiciones ideales no se darán nunca. Toda revolución tiene una cuota fundamental de voluntad y audacia. Calibrar fríamente las diferentes situaciones es necesario, pero habrá siempre un margen amplio de incertidumbre. Hoy en día, sin embargo, tenemos la oportunidad absolutamente excepcional en la historia argentina de que un amplio segmento de la clase trabajadora comience a ver con simpatía una opción política (un gobierno revolucionario de trabajadores) que ha estado desterrada por décadas. Esa simpatía incipiente, creemos, debe ser apuntalada con señales muy claras de que las organizaciones revolucionarias de este país están decididas a tomar el poder del Estado, incluso por medios electorales en primera instancia y como paso previo a una transformación radical del propio Estado y de la estructura social que quite el poder económico a la minoría capitalista y entregue el grueso de los medios de producción socializados a la mayoría trabajadora. La simpatía que hoy está despertando la figura de Myriam Bregman ofrece una oportunidad para colocar esta perspectiva de manera decidida en la agenda popular. Y ello implica insistir más en las propuestas propias que en la denuncia de los males ajenos, y dar muestras de disposición a ser algo más que campeones de la resistencia. Hay que dar señales inequívocas de disposición a tomar el poder.
Sabemos que un gobierno obrero –y todo lo izquierdista que se quiera– no podrá afianzar el rumbo si no avanza en la dirección de expropiación de la clase capitalista. Esta es la diferencia principal entre “tener el gobierno” y “tener el poder”. En la actualidad el descontento acumulado de años de frustraciones con las distintas fuerzas políticas del sistema nos permite explicar esto a las masas, incluso cuando nunca antes lo hubieran pensado. Y es evidente que una línea política de este tipo demandará mucho más que votos: serán necesarias millones de personas movilizadas en defensa de esta orientación. Pero para que puedan decidirse a emprender un camino tan inusual y arriesgado, es necesario que las organizaciones revolucionarias den muestras de la mayor resolución, que muestren “vocación de poder”: y no de poder para administrar la miseria capitalista, sino de poder para iniciar una transformación revolucionaria que requerirá, también, de propuestas programáticas más concretas y más detalladas que las que solemos expresar en la arena pública.
En Argentina hoy está abierta la posibilidad de que una opción revolucionaria sea vista con simpatía por un sector ya no pequeño de la sociedad: ese es el mérito histórico del FITU como coalición y del PTS como el partido con mayor incidencia en ese frente político.
La unidad necesaria y la necesidad de una alternativa
El desafío de la hora es construir importantes niveles de militancia y unidad en pos de un objetivo revolucionario. Es decir, superar la resistencia o la mera administración del Estado. Frente a la pregunta que mucha gente se hace en torno a la unidad para ganarle a Milei, no alcanza con responder que una unidad con cualquiera (Pichetto, Villarruel, Rocca) solo anticipa un nuevo fracaso, como fue el gobierno de los Fernández. Esto es cierto, pero insuficiente. Creemos que se trata de proponer la más amplia unidad detrás de un programa mínimo indispensable que siente las bases para sacar a nuestro país de un declive que ya lleva décadas. Para ello es necesario que el grueso de la clase trabajadora comprenda que el Estado no es el Ángel que presentan los peronistas ni el Demonio que fustiga la derecha liberal. El Estado es una pieza importante, pero subordinada a la estructura del mercado mundial y a la propiedad privada de la clase dominante. Tomar el poder del Estado sólo dará buenos frutos si es el paso inicial para una transformación radical del propio Estado y de las relaciones de producción que estructuran la sociedad. En tal sentido, el programa de un gobierno de los trabajadores que no se contente con administrar el capitalismo (lo que hoy por hoy es, sin más, administrar la miseria y la alienación) debe incluir medidas elementales de soberanía, como el no pago de la Deuda externa, el control de la banca y del comercio exterior, la derogación de las leyes de Milei sobre inversión extranjera, la de actividades financieras, avanzar en la derogación del conjunto de leyes y decretos anti-obreros y antipopulares del actual gobierno y, por supuesto, desarrollar una oposición férrea a la guerra imperialista.
También debe volver a colocar en el horizonte popular objetivos clásicos como la abolición del derecho de herencia sobre los medios de producción, la socialización de la tierra o la expropiación de los grandes capitales. Y parece imperioso introducir otros puntos menos clásicos, pero indispensables en el mundo actual, como la necesidad de avanzar en la agricultura ecológica, desarrollar una industria de bienes duraderos en contra de la obsolescencia programada, etc. Elaborar un esbozo de este programa, exponer al debate público diferentes opciones y posibilidades, podría ser una tarea gigantesca de politización de masas capaz de permitir salir a la clase trabajadora de la oscilación entre resistencia a la defensiva y opciones electorales impotentes. En Argentina existen condiciones como para que todo esto se discuta en las calles, las fábricas, las aulas y las plazas.
De la misma manera, no nos parece suficiente denunciar las falencias (innegables) de la democracia burguesa que rige nuestra vida política. Habrá que contraponer los contornos de una democracia revolucionaria con perfiles institucionales posibles que sean más explícitos que unas pocas ideas muy genéricas (como “democracia directa” o “soviets”). Debatir abiertamente las formas institucionales de una democracia socialista, al igual que las formas específicas de una planificación económica socialista, ayudaría a la politización popular y abriría nuevos horizontes que pueden estar al alcance si todas las fuerzas de izquierda, con el FITU en el lugar central, nos ponemos a la tarea. En un mundo que marcha hacia la depredación crecientemente militarizada por parte de los dueños del mundo, oponer una alternativa socialista y revolucionaria de masas es imperioso. Y, en nuestro contexto, posible.
Aceptar el desafío
Es indudable que un acierto del FITU de conjunto ha sido plantearse con mucha firmeza en la vereda opuesta de este gobierno y de los anteriores. De lo que se trata ahora es de saber construir y presentar una propuesta propia con más carnadura que un puñado de consignas.
Las masas deben dejar de vernos como buenos opositores para vernos como la expresión de una propuesta alternativa radical concreta. Si conseguimos que (sobre todo) los sectores movilizados y en lucha comiencen a discutir un programa revolucionario habremos dado un gran paso. Y habrá que discutir a calzón quitado, desde luego, las vías tácticas y estratégicas que se pueden adoptar.
Simpatizamos con la idea de construir una gran fuerza política revolucionaria de trabajadores. Pero es probable que la revolución la hagan varios partidos, no uno solo. En todo caso, lo que se necesita para hacer una revolución son millones de personas actuando y deliberando en diferentes tipos de organizaciones. Como asumimos que una democracia socialista será necesariamente plural, no tenemos ningún apuro en la construcción de un único partido. Y en las presentes circunstancias nos parece deseable y factible (aunque no es necesariamente lo que está sucediendo) que las fuerzas que integran el FITU y aquellas que se hallan próximas tejan lazos más estrechos, poniendo en primer lugar el objetivo revolucionario por sobre las construcciones organizativas particulares: la revolución la haremos juntos y la reacción no hará distingos. Más allá de las tácticas o la estrategia necesarias para dar el primer paso (un gobierno de trabajadores), la construcción de un nuevo orden socialista demandará enormes energías intelectuales, morales y físicas que no podrían ser encauzadas por marcos institucionales demasiado estrechos. Habrá que poner mucho el cuerpo, sin duda, pero también será necesario poner mucha cabeza. Diseñar propuestas, imaginar nuevas instituciones, elaborar alternativas, transitar caminos inexplorados.
¿Cómo pasar de un gobierno de izquierda que ganó las elecciones a un nuevo marco instituyente? Nadie tiene la respuesta. Pero el FITU está en condiciones de lanzar el desafío y encabezar la marcha. Es necesario llamar a formar equipos de trabajo sobre distintos temas. Convocar a trabajar a gente que no piensa necesariamente igual que los marxistas, pero que puede simpatizar con la candidatura de Myriam Bregman. Podemos discutir públicamente todos los grandes temas -agronegocio, minería, energía, bancos, educación, vivienda, transporte, salud, política exterior, modelo industrial, IA, género, medios de comunicación, etc.- y hacerlo sin el chaleco de fuerza del respeto a la propiedad privada capitalista y el imperativo del lucro privado.
Estamos frente a una gran oportunidad. La crisis económica y social, las malas experiencias con los gobiernos anteriores y las profundas contradicciones de la oposición mayoritaria están llevando a la radicalización a una franja del movimiento de masas que se referencia con Myriam Bregman y la izquierda, y que ve en las elecciones del 2027 un evento importante. En la medida en que el peronismo continúe desplazándose hacia la derecha, habrá más campo para una opción por izquierda. Pero si la izquierda no logra postularse a tiempo como una alternativa creíble, de una u otra manera la derecha liberal o el peronismo se recompondrán. La presente “ventana de oportunidades” no será eterna.
Nada de esto significa abandonar las calles para apostarlo todo a las elecciones. Supone, más bien, sumar a la más decidida resistencia callejera un horizonte político en el que las elecciones no sean vistas meramente como la ocasión de ganar un espacio de resistencia (una banca para denunciar las injusticias y apoyar las luchas), sino como una posibilidad de ofrecer a las masas un detallado programa verdaderamente transformador y, eventualmente, de tomar el poder para dar inicio a una revolución. Hoy esto puede parecer extraño e incluso lejano. Pero vivimos una época de aceleración de los tiempos históricosy de repentinos virajes políticos. Esta posibilidad, por lo demás, no es incompatible con un proceso en el que el acceso al poder se dé por otros medios: insurreccionales, por ejemplo. Habrá que tener mucha flexibilidad táctica. Pero, a día de hoy, en el horizonte se perfila con más nitidez un salto electoral que un asalto insurreccional. Por lo demás, no se puede descartar la posibilidad de que una insurrección tenga lugar para defender al poder conquistado electoralmente.
¿Cómo no aprovechar esta situación para multiplicar nuestra referencia y organizar a miles y miles de activistas?
Tenemos que decir con orgullo y convicción que vamos a apostar a que Myriam Bregman sea presidenta, y que para eso hay que organizarse y luchar ahora.
¿Por qué no impulsar en todos lados (facultades, hospitales, fábricas, escuelas, barrios, comercios, etc.) algo así como “Comités de lucha por un gobierno de trabajadores: Miriam Bregman presidenta”?
Hasta hace poco tiempo esto hubiera sido algo imposible, minoritario o meramente testimonial. Hoy puede ser un fenómeno altamente dinámico, a condición de que las fuerzas del FITU se decidan a mostrarse como una alternativa tan clara y decididamente disruptiva (revolucionaria) como dispuesta a gobernar.
Sin dudas: estamos frente a una oportunidad y un desafío extraordinarios.
Quedamos a vuestra disposición para lo que juzguen conveniente.
¡Saludos revolucionarios!




