¿Hada? ¿Esfinge? ¿Sirena? ¿Qué bestia fantástica era aquella mujer alta hasta el cielo y con los rulos hasta el suelo? Algunas de esas respuestas intentan darnos Jorgelina Belardo (tal vez, su mejor amiga) y Carlos Garavotto en su libro de reciente publicación Una mujer por derecho propio.
Por Adalberto Gavarotto
Junto a destacados artistas que acompañaron la presentación de este libro se celebró la concreción de un anhelo largamente perseguido por los autores y que pudo concretarse, dándonos así la posibilidad de conocer otra “Cris”, desde un rincón poco conocido y muchos veces deliberadamente oculto.

Los noticieros y los programas de chimentos nos contaron que murió a la edad de Cristo. Sin embargo, el viaje no podía terminar de otra forma: las travestis como Cris mueren jóvenes, alejadas de la pantalla y con problemas de salud de los que no se pueden hablar abiertamente.
Su carrera fue fugaz y plagada de éxitos y conquistas. Enamoró a los espectadores de los teatros y a los televisores argentinos. Hay quienes hablaron de ella como misteriosa, reservada. Y otros tantos que recrean anécdotas de una Cris abiertamente tierna, unas veces entregada, otras veces dura como el mármol.

La vimos desnuda, angelada, inalcanzable. La deseamos solapada y abiertamente y la incineramos en la hoguera del transodio y el VIH/sida en los 90’. La novia travesti de los argentinos. La inigualable. La Yegua. Ella era muy impactante, y de todas ellas nos habla una y otra vez Jorgelina en su relato, porque no teníamos en Argentina una figura que nos conmueva así con su aparición. Su carisma, su belleza, su forma de ser.

En términos artísticos y también politicos, Cris es reivindicación. Cris era un símbolo sexual, que fundamentalmente fracturaba el binarismo imperante del momento. Entre la fantasía, los sueños y la nostalgia de ser esa hembra.




