Corazón helado. Denuncian abandono en la Escuela 66 de Villa Elvira

Crédito: Ignacio Amiconi | AGLP

Cursar con frazadas encima. Compartir el banco de a tres para darse calor y por falta de mobiliario. Escuchar que la solución es “venir más abrigados”. Eso es lo que viven hoy los estudiantes de la Escuela Secundaria N°66 de Villa Elvira, ubicada en 68 y 116, en pleno barrio El Mondongo de la ciudad de La Plata. No es una metáfora ni una exageración: es la realidad documentada por los propios chicos y chicas, que llevan meses reclamando sin obtener respuestas concretas de las autoridades.

Desde septiembre del año pasado, un aula de quinto año funciona sin puertas y con ventanas rotas o directamente sin vidrios. Con la llegada del frío otoñal, lo que era una molestia se convirtió en una situación insostenible. En donde hay estufas “…están prendidas, pero al no tener puertas es lo mismo que la nada”, graficó uno de los estudiantes. El calor se escapa por los mismos huecos por donde entra el viento. Las frazadas que los chicos llevan de sus casas no alcanzan a compensar el abandono estructural del edificio.

Crédito: Ignacio Amiconi | AGLP

El problema no se limita a un solo salón. En otras aulas hay puertas con plásticos en lugar de vidrios, o directamente sin ningún tipo de cerramiento. Los baños, tanto de varones como de mujeres, tampoco cuentan con puertas en condiciones: están cubiertas con plásticos que no garantizan la privacidad de nadie.

La consecuencia más grave de esta situación es la deserción. Varios estudiantes dejaron de concurrir alegando no poder soportar el frío. Los que siguen yendo lo hacen a pesar del abandono, no gracias a ninguna solución. Frente a los reclamos, la respuesta institucional fue la recomendación de asistir abrigados y el permiso de llevar frazadas “mientras se espera una solución de parte del Consejo Escolar”. Una respuesta que habla más del grado de naturalización del problema que de cualquier voluntad de resolverlo.

El hambre que también se cuela por las grietas

La situación edilicia de la Escuela 66 no puede leerse de forma aislada. Es parte de un cuadro más amplio de desinversión en la educación pública bonaerense, cuyo ejemplo más reciente y doloroso es la eliminación del programa MESA (Menú Escolar de Servicio Alimentario), que garantizaba el acceso a una alimentación adecuada dentro de las escuelas para miles de estudiantes en situación de vulnerabilidad.

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Así como los pibes de quinto año de la Escuela 66 se cubren con frazadas porque el Estado no repara una ventana rota, miles de chicos y chicas de la provincia de Buenos Aires van a la escuela sin saber si van a tener algo para comer, porque el Estado tampoco garantizó ese derecho. En ambos casos, el mensaje implícito es el mismo: la educación pública puede esperar. Los cuerpos de los pibes pueden esperar.

Sin calor y sin comida, la escuela deja de ser ese espacio que el discurso oficial celebra como el lugar donde acceder a su “derecho al futuro”. Pasa a ser, en cambio, el territorio donde la desigualdad se reproduce y se exhibe con una crudeza que no admite eufemismos.

Kicillof: no alcanza con no ser Milei

El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, ha construido buena parte de su capital político en la diferenciación con el gobierno nacional de Javier Milei. La narrativa es conocida: mientras Nación ajusta, la Provincia “es un escudo”. Sin embargo, las frazadas de los alumnos de la Escuela 66 y las panzas vacías donde antes había comida del programa MESA desmienten ese relato con una contundencia que ningún discurso puede neutralizar.

No alcanza con decir que se es diferente. Hay que demostrarlo con inversión concreta en las áreas que realmente importan: educación, salud, alimentación, salarios, viviendas populares. Un gobierno que se define como popular y progresista no puede tolerar que sus estudiantes cursen con frío polar en aulas sin ventanas ni que la alimentación escolar sea un lujo contingente. Esas no son fallas administrativas menores: son decisiones políticas que tienen consecuencias directas en la vida y el cuerpo de los pibes más vulnerables.

La comparación con Milei puede ser cómoda en términos electorales, pero resulta insuficiente como programa de gobierno. Los alumnos de la Escuela 66 no necesitan que el gobernador sea menos malo que el presidente. Necesitan que alguien repare sus ventanas, les garantice comida y los trate con la dignidad que merecen. ¿Dará una respuesta inmediata? Tendrá que responder.

La organización, la única respuesta que no defrauda

Frente a la indiferencia institucional, la experiencia histórica muestra que el único camino que ha dado resultados es la organización colectiva. Los estudiantes que hoy se cubren con frazadas tienen el derecho —y la capacidad— de hacer escuchar su voz mucho más allá del edificio de 68 y 116.

Las familias, los centros de estudiantes, las cooperadoras, los docentes y las organizaciones barriales tienen un rol fundamental en ese proceso. No se trata de esperar que una nota periodística cambie algo, ni de confiar en que el Consejo Escolar resolverá el problema en algún momento indefinido. Se trata de organizarse, de sacar el reclamo a las calles para que los vecinos sumen su solidaridad, viralizar la situación en las redes, de hacer lo que haga falta. De recordarles a quienes gobiernan que detrás de cada escuela en ruinas hay pibes concretos, con nombres, con frío, con hambre y con derechos.

La Escuela 66 de Villa Elvira no debería ser una muestra escandalosa del deterioro de la inversión en la educación pública bonaerense. Debería ser la última vez que una situación así se naturalice en silencio. Que el frío de este invierno sea, al menos, el combustible de una organización que no se apague.

Leonel Acosta

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