Día de la Industria. La motosierra de Milei ya se llevó 17 mil empleos en CABA

cierre de empresas

La industria porteña perdió 16.868 puestos de trabajo y 657 empresas entre noviembre de 2023 y mayo de 2026. El retroceso alcanza al 10% del sector y las perspectivas no muestran una recuperación. La apertura importadora, el desplome de la demanda interna y el ajuste golpean a la producción y dejan a miles de trabajadores en la calle.

Una industria que se achica

Mientras el Gobierno celebra sus números macroeconómicos y repite que la Argentina avanza hacia una supuesta etapa de crecimiento sostenido, la industria muestra otra cara de la realidad. En la Ciudad de Buenos Aires, uno de los principales centros económicos del país, el sector perdió 16.868 puestos de trabajo industriales y 657 empresas entre noviembre de 2023 y mayo de 2026. La contracción alcanza aproximadamente al 10% de la actividad industrial porteña.

El dato aparece en el marco del Día de la Industria y vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda para el Gobierno: ¿crecimiento para quién?

Porque detrás de cada puesto perdido hay una familia que deja de tener un ingreso, un trabajador que queda fuera del mercado laboral y una capacidad productiva que se destruye. Y detrás del cierre de cientos de empresas hay máquinas que dejan de producir, proveedores que pierden clientes y barrios enteros que sienten el impacto de la recesión.

El informe advierte que la caída no se limita a la cantidad de trabajadores. Entre noviembre de 2023 y mayo de 2026 también desaparecieron 657 empresas industriales porteñas. La pérdida de empleo y establecimientos configura una reducción significativa de la estructura productiva de la Ciudad.

El panorama se completa con otro dato: los ingresos fabriles habían registrado una caída del 10,6% durante 2024, una de las mayores contracciones de las últimas décadas según el relevamiento difundido.

No se trata entonces solamente de un problema estadístico. La industria está perdiendo trabajadores, empresas y capacidad de producción.

Y cuando una fábrica cierra, no siempre vuelve a abrir. Cuando un trabajador industrial pierde su puesto, tampoco es sencillo reemplazar los conocimientos y la experiencia acumulados durante años.

El modelo Milei y la destrucción de la producción

El Gobierno sostiene que la economía debe reorganizarse a partir de la competencia, la apertura y el retiro del Estado. La idea oficial es que aquellas empresas que no puedan competir deberán reconvertirse o desaparecer y que, posteriormente, nuevas inversiones ocuparán su lugar.

Es la famosa “destrucción creativa” convertida en política económica. El problema es que, hasta ahora, la destrucción aparece mucho más rápido que la creación.

La industria enfrenta una combinación particularmente complicada: menor demanda interna, productos importados que compiten con la producción nacional, dificultades de financiamiento y costos que deterioran la competitividad de las empresas locales. La propia industria viene alertando sobre estos problemas.

La apertura comercial no afecta de la misma manera a todos. Las grandes empresas con espalda financiera pueden importar, reconvertirse o trasladar parte de su producción. Las pequeñas y medianas industrias tienen muchas menos herramientas para resistir una caída prolongada de las ventas.

Y los trabajadores tienen todavía menos margen: cuando una fábrica cierra, no pueden “reconvertirse” mágicamente para pagar el alquiler, comprar comida o sostener a sus familias.

La industria no se recupera con discursos

El Gobierno insiste en que la estabilidad macroeconómica terminará generando nuevas oportunidades. Pero los datos laborales muestran una realidad mucho más dura.

La Unión Industrial Argentina advirtió recientemente que desde 2023 se perdieron alrededor de 90.000 empleos industriales en todo el país. La situación de CABA forma parte, entonces, de un proceso nacional.

Mientras tanto, el Ejecutivo mantiene una política que prioriza el ajuste fiscal y deja a la producción industrial librada a la competencia con productos extranjeros.

Incluso dentro del empresariado industrial aparecen críticas. En los últimos días, dirigentes de la UIA cuestionaron al Gobierno por su falta de comprensión de la realidad productiva y reclamaron mayor atención a quienes producen.

Que sectores empresarios adviertan sobre el deterioro industrial no significa que tengan los mismos intereses que los trabajadores. Pero muestra hasta qué punto la política económica empieza a tensionar incluso a una parte de quienes deberían beneficiarse con el programa oficial.

El PRO también tiene responsabilidad

La situación porteña tiene, además, una particularidad: la Ciudad está gobernada desde hace años por el PRO, espacio político que actualmente funciona como uno de los principales aliados legislativos del Gobierno nacional.

Por eso, la responsabilidad no puede descargarse exclusivamente en la Casa Rosada.

La administración porteña también debe responder por una ciudad en la que se pierden establecimientos productivos y puestos de trabajo mientras se profundiza un modelo económico orientado cada vez más hacia los servicios, el negocio inmobiliario y las actividades financieras.

La industria porteña ya venía atravesando transformaciones y dificultades estructurales, pero el escenario nacional abierto desde diciembre de 2023 profundizó la presión sobre las empresas manufactureras. El propio informe difundido apunta tanto a las medidas nacionales como a la gestión local del PRO.

¿Dónde están los nuevos empleos?

Una de las grandes promesas del Gobierno es que los puestos de trabajo destruidos por el viejo modelo serán reemplazados por empleos más productivos y mejor remunerados. Pero por ahora, para los trabajadores, la cuenta no cierra.

Se pierden empleos industriales mientras crecen actividades caracterizadas en muchos casos por la precarización, los bajos salarios y la informalidad. Y cuando el consumo interno se encuentra deprimido, tampoco existe una demanda suficiente que incentive una recuperación vigorosa de la producción.

El problema es circular: menos salarios significan menos consumo; menos consumo significa menos ventas; menos ventas significan menos producción; y menos producción significa menos empleo. Romper ese círculo requiere exactamente lo contrario de lo que propone Milei.

Defender el trabajo

La discusión no puede reducirse a si una empresa privada obtiene ganancias o pérdidas. Hay que discutir qué produce el país, para quién y bajo qué condiciones.

La industria es estratégica porque genera empleo, desarrolla tecnología, articula proveedores y permite reducir la dependencia de productos importados. Por eso, dejarla librada a las fuerzas del mercado significa aceptar que miles de trabajadores paguen el costo de una transformación económica decidida desde arriba. No alcanza con esperar que el mercado “corrija” el problema.

Hace falta un plan industrial discutido y controlado por los trabajadores, con crédito público barato, protección frente a la competencia importadora predatoria, inversión en tecnología y garantías de empleo.

Y cuando una empresa amenaza con cerrar o despedir, no puede ser el trabajador quien pague la crisis. Hay que abrir los libros contables, conocer dónde fueron las ganancias y, si la empresa pretende abandonar la producción, avanzar en su estatización bajo control de sus trabajadores. Porque una fábrica no es solamente un balance empresario. Es también el resultado del trabajo acumulado durante décadas.

Una fecha que encuentra a la industria en retroceso

El Día de la Industria encuentra a CABA con miles de puestos de trabajo menos y cientos de empresas desaparecidas. Y las advertencias indican que la caída todavía no terminó.

El Gobierno puede seguir hablando de equilibrio fiscal, mercados y competitividad. Pero hay una realidad que no entra en los discursos oficiales: una economía que destruye puestos industriales y empresas productivas no está construyendo un futuro para las mayorías trabajadoras.

La “libertad” que propone Milei significa, para muchos trabajadores, libertad para que las empresas cierren, importen o despidan.

Frente a eso, la salida no es más ajuste ni más beneficios para los grandes grupos económicos. Es recuperar el control sobre la producción y ponerla al servicio de las necesidades sociales.

Porque detrás de esos 17 mil empleos que se perdieron no hay solamente un número: hay 17 mil historias de trabajadores que el modelo libertario dejó afuera. Y cada fábrica que cierra es una parte de la capacidad productiva del país que también se pierde.

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