A más de cuatro décadas de la guerra, Malvinas continúa siendo una causa profundamente arraigada en el pueblo argentino. Pero defender la soberanía sobre las islas exige también discutir quiénes la entregaron, quiénes la utilizaron para sus propios intereses y qué política necesitamos para enfrentar al imperialismo. Desde nuestra corriente sostenemos una posición principista: Malvinas son argentinas, rechazamos la ocupación colonial británica y defendemos el derecho del pueblo argentino a recuperar las islas, pero lo hacemos con absoluta independencia política de la dictadura militar y de los gobiernos patronales.
Una herida abierta desde 1833
La historia de Malvinas no comenzó el 2 de abril de 1982. Mucho antes de la guerra, las islas formaban parte del territorio heredado por las Provincias Unidas del Río de la Plata luego de la ruptura con el dominio colonial español.
En 1833, Gran Bretaña ocupó militarmente las islas y expulsó a las autoridades y habitantes argentinos. Desde entonces, el territorio permanece bajo dominio británico. La ocupación colonial no fue un hecho aislado: forma parte de una larga historia de intervención de las potencias imperialistas sobre América Latina y, particularmente, sobre nuestro país.
Por eso, la reivindicación de Malvinas no puede reducirse a una cuestión sentimental ni a una disputa diplomática. Es, ante todo, una causa de soberanía y de lucha contra el colonialismo y el imperialismo.
La guerra y la posición de la izquierda
El 2 de abril de 1982, la dictadura militar ocupó las islas y comenzó una guerra contra Gran Bretaña. La decisión se produjo en un contexto de profunda crisis del régimen, que venía siendo enfrentado por la movilización obrera y popular.
La dictadura intentó utilizar la recuperación de las islas para recomponer su legitimidad. Pero una cosa era el objetivo de la Junta Militar y otra muy diferente era la causa por la que millones de argentinos se movilizaron: enfrentar al imperialismo británico y recuperar un territorio ocupado.
Nuestra corriente sostuvo entonces una posición que partía de una distinción fundamental: no había que apoyar políticamente a la dictadura, pero sí había que defender la recuperación de las Malvinas frente al imperialismo británico.
El Partido Socialista de los Trabajadores (PST), antecedente de nuestra corriente, desarrolló una política principista durante la guerra. El dossier de Periodismo de Izquierda recupera materiales de aquella etapa y los debates que atravesaron a la izquierda argentina.
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La posición no era sencilla ni podía reducirse a elegir entre dos gobiernos. La dictadura argentina era enemiga de los trabajadores y responsable de miles de desapariciones, torturas y asesinatos. Gran Bretaña, por su parte, era una potencia imperialista que sostenía una ocupación colonial sobre territorio argentino. Defender Malvinas significaba entonces combatir al imperialismo sin darle ningún respaldo político a la dictadura.
Una derrota que no terminó con la causa
La derrota militar de 1982 fue utilizada posteriormente para intentar cerrar el debate sobre Malvinas. Durante los años siguientes comenzó a consolidarse una política de “desmalvinización”, que presentó la guerra casi exclusivamente como una aventura criminal de la dictadura y, en muchos casos, terminó relegando la cuestión de la soberanía.
La denuncia de los crímenes de la dictadura era y es indispensable. Pero otra cosa muy distinta es aceptar que la derrota de la Junta implique renunciar al reclamo sobre las islas.
Desde nuestra perspectiva, ambas cuestiones deben mantenerse claramente diferenciadas: rechazamos la dictadura y reivindicamos la soberanía argentina sobre Malvinas. A lo largo de estos años, hemos señalado la continuidad de políticas de desmalvinización desde distintos gobiernos democráticos, así como la necesidad de reconstruir una política de soberanía independiente de los partidos patronales.
Malvinas no es propiedad de ningún gobierno
Uno de los problemas centrales es que los distintos gobiernos argentinos han utilizado Malvinas según sus necesidades políticas. Los gobiernos peronistas, radicales, macristas y libertarios han tenido diferentes discursos sobre las islas, pero ninguno rompió con los intereses económicos y políticos que sostienen la dependencia argentina.
La soberanía no puede reducirse a discursos patrióticos mientras se entregan los bienes comunes, se facilitan negocios a empresas extranjeras o se profundizan acuerdos que subordinan al país a las grandes potencias.
Por eso nuestra corriente sostiene que la defensa de Malvinas debe ser inseparable de la lucha contra el imperialismo y contra la dependencia económica.
No alcanza con reclamar formalmente ante organismos internacionales mientras se entregan el petróleo, el gas, los minerales, el agua o las tierras a grandes capitales extranjeros.
Malvinas también son petróleo, pesca y territorio
La importancia actual de las islas tampoco puede entenderse solamente desde la memoria histórica. El Atlántico Sur es una región estratégica. La ocupación británica está vinculada al control territorial, la explotación pesquera, los recursos naturales y la proyección geopolítica sobre una zona de enorme importancia.
A esto se suma la presencia militar británica en las islas y su ubicación estratégica en el Atlántico Sur. Por eso, defender la soberanía sobre Malvinas también implica discutir qué ocurre con nuestros mares, nuestros recursos y nuestro territorio continental.
No tendría sentido reclamar la soberanía sobre las islas mientras permitimos que grandes empresas extranjeras controlen nuestros recursos estratégicos.
El problema no es solamente Gran Bretaña
Defender Malvinas desde una perspectiva socialista también significa señalar las responsabilidades de los gobiernos argentinos.
La ocupación británica existe porque Gran Bretaña sostiene una política colonial, pero también porque los sucesivos gobiernos argentinos no han construido una estrategia de soberanía capaz de enfrentar realmente los intereses imperialistas.
La política de conciliación con las grandes potencias, los acuerdos económicos desfavorables, la dependencia financiera y la entrega de recursos naturales debilitan cualquier reclamo soberano.
La posición de nuestra corriente, por eso, no es la de confiar en ningún gobierno patronal para recuperar las islas. La soberanía debe ser una tarea de los trabajadores y del pueblo.
Una causa antiimperialista
Malvinas tiene una característica que explica por qué continúa movilizando a generaciones enteras: expresa un sentimiento profundamente antiimperialista. Ese sentimiento no pertenece a Milei, a Cristina, a Macri ni a ningún dirigente particular. Tampoco pertenece a las Fuerzas Armadas. Malvinas pertenece al pueblo argentino.
Por eso rechazamos tanto la utilización nacionalista de la causa por parte de gobiernos que después entregan nuestra soberanía económica como la política de desmalvinización que intenta convertir la guerra de 1982 en un capítulo cerrado de la historia. La causa continúa abierta porque la ocupación colonial continúa.
Soberanía con independencia de clase
Para nuestra corriente, recuperar Malvinas no puede significar depositar ninguna confianza en las clases dominantes argentinas ni en sus gobiernos. La burguesía argentina demostró reiteradamente que está dispuesta a negociar la soberanía cuando existen negocios de por medio. Por eso, una política consecuente de soberanía necesita independencia política de los partidos patronales y de las grandes empresas.
La defensa de Malvinas debe formar parte de una política más amplia: recuperar el control de nuestros recursos naturales, defender el territorio, terminar con la dependencia del FMI, enfrentar la presencia militar imperialista en el Atlántico Sur y poner los recursos estratégicos bajo control público y de los trabajadores.
Malvinas hoy
A 41 años de la guerra, una discusión que sigue absolutamente vigente: cómo defender una causa justa sin entregarla a quienes gobiernan en contra de los intereses populares.
Hoy esa discusión adquiere una nueva dimensión. Mientras Gran Bretaña mantiene su ocupación colonial, el gobierno de Javier Milei profundiza una política de alineamiento con Estados Unidos y las potencias imperialistas. Al mismo tiempo, avanza con políticas que facilitan la entrega de bienes comunes y territorios al capital extranjero. En un capítulo reciente con el gobierno queriendo modificar la ley de tierras para vender nuestro territorio a magnates extranjeros.
Por eso hablar de Malvinas hoy es también hablar de Vaca Muerta, del Atlántico Sur, de la pesca, del petróleo, del gas, de los minerales, de las tierras y del control sobre nuestros recursos. La soberanía no puede ser una consigna para los actos oficiales mientras el país se entrega en cuotas.
Malvinas son argentinas porque fueron ocupadas por una potencia colonial. Pero recuperar las islas requiere mucho más que una declaración diplomática: necesita enfrentar los intereses imperialistas y construir una política de soberanía desde abajo, con los trabajadores y el pueblo como protagonistas.
Porque la causa de Malvinas no terminó en 1982. La guerra terminó. La ocupación continúa. Y la lucha por la soberanía también.

