En la tarde del 30 de junio el presidente Javier Milei se hizo presente en la Embajada de Estados Unidos en la Argentina con el objetivo de celebrar los 250 años de la independencia del país norteamericano junto a las autoridades de esa delegación diplomática. Este acontecimiento conmemora el hito fundacional del próximo 4 de julio y marca un hecho inédito al convertir al líder libertario en el primer presidente argentino en ejercicio en ingresar a dicho recinto para festejar una fiesta extranjera. Esta acción multiplica de manera exponencial la idea de las relaciones carnales al evidenciar la consumación de una entrega absoluta del país a los designios del imperialismo yanqui. Con este gesto se profundiza nuestra conversión en un enclave para los intereses corporativos foráneos en desmedro de la soberanía nacional.
La figura central detrás de este entramado de influencias es Peter Lamelas, un empresario de origen cubano que reniega constantemente de sus raíces para y que viene pisando cada vez más fuerte en la agenda del gobierno. Desde que asumió como embajador se ha transformado en uno de los principales agentes de intervención dentro de la política argentina al dictar buena parte del ritmo de la gestión libertaria. Durante la velada el diplomático dejó muy en claro su postura ideológica al celebrar el fuerte alineamiento entre ambas naciones y confirmar que su misión excluyente es fortalecer los lazos directos con la administración de Donald Trump.
Lamelas no tuvo reparos en adjudicarse el mérito de la visibilidad internacional del gobierno al sostener que el mundo ahora conoce a la Argentina gracias al presidente Milei. La radicalización de su discurso llegó a un punto alarmante al ser consultado sobre el futuro de su país natal, momento en el cual se persignó para desear una acción militar similar al realizado en Venezuela. El embajador agregó la inquietante expresión de “si Dios quiere” para manifestar su firme esperanza de que una intervención de ese calibre se concrete antes de fin de año con la excusa de liberar al pueblo cubano.
El desfile de la sumisión
El salón principal del Palacio Bosch se transformó rápidamente en una verdadera pasarela por donde desfiló toda la dirigencia cómplice del ajuste económico y la entrega soberana. Resulta fundamental observar la lista de invitados para entender cómo opera el poder real en nuestro país al ver a gobernadores como Raúl Jalil de Catamarca, Martín Llaryora de Córdoba y Alberto Weretilneck de Río Negro compartiendo el convite con total naturalidad. Estos mandatarios provinciales son exactamente los mismos que se encargan de garantizarle la gobernabilidad a la gestión actual al otorgarle los votos necesarios dentro de ambas cámaras del Congreso Nacional.
Por otro lado, una gran parte de la influencia que tienen los Estados Unidos sobre el país se explica al observar lo incorporada que se encuentra su agenda dentro del organigrama judicial argentino, subordinando a sus principales actores. La celebración dejó en evidencia este oscuro panorama con la asistencia del ministro de Justicia, Juan Bautista Mahiques, junto a otros funcionarios de gran peso como el fiscal Carlos Stornelli. Todos ellos conformaron un escenario de camaradería donde la supuesta independencia de poderes quedó totalmente anulada bajo las directivas y el agasajo de la embajada.
Entrega sin límites
El Poder Ejecutivo también envió a sus piezas fundamentales para rendir pleitesía ante el dueño de casa, destacándose la participación activa del ministro desregulador Federico Sturzenegger. A lo largo de la jornada festiva se lo vio muy cercano a Lamelas, consolidando su rol como el fiel ingeniero encargado de construir toda la maquinaria legal necesaria para responder a los intereses económicos estadounidenses. Toda esta gigantesca puesta en escena cristaliza el estado actual del vínculo bilateral al mostrar cómo el presidente argentino avanza a paso firme en la reedición de las relaciones carnales noventistas llevándolas a un nivel de obscenidad inédito.
La gestión actual profundiza aquella vieja matriz de dependencia con una sumisión que expone a la Argentina a los caprichos de una potencia manchada de sangre que busca recuperar desesperadamente su hegemonía global. El gobierno cuenta con la inestimable ayuda de la política tradicional para garantizar el avance norteamericano sobre nuestro territorio por medio de dudosas operaciones/entrenamientos militares conjuntas y la firma de acuerdos comerciales perjudiciales. En este esquema el país asume un humillante rol de actor de segunda categoría que debe ponerse a exclusiva disposición de los mandatos que llegan desde Washington. La imagen de un mandatario celebrando la independencia extranjera resume a la perfección el proyecto de miseria que está en marcha y consolida la trágica transformación de la Argentina en una colonia dispuesta a sacrificarlo todo para complacer al imperialismo.

