La Paternal. Entre el fervor por la Selección y la lucha de sus cafetines históricos

La Paternal

En los tradicionales mostradores del barrio porteño, las pantallas devuelven la tensión del partido frente a Austria. Entre penales errados y recuerdos de cantantes de tango, los parroquianos resisten una de las crisis comerciales más profundas que se recuerden.

Por Marcos Sierras

Hay una vibración particular que recorre los pisos gastados de los bares porteños cuando juega la Selección Nacional. Sin embargo, este Mundial no se vive en las pantallas gigantes de las grandes cadenas ni en los polos gastronómicos gentrificados de Palermo. Se juega en la trinchera silenciosa de los viejos mostradores, allí donde los pocillos de café acumulan décadas de nostalgias y las persianas resisten a duras penas el embate de una economía impiadosa.

A metros de la intersección de las avenidas San Martín y Juan B. Justo, el histórico Túnel Bar ofrece una postal dolorosa. En el interior, apenas unas pocas mesas se encuentran ocupadas. Las luces mortecinas de la heladera de gaseosas y el reflejo verdoso de la televisión iluminan los rostros serios de los parroquianos que miran el partido fijamente.

De pronto, la tragedia futbolística irrumpe en el local: Lionel Messi erró un penal. El grito ahogado de frustración unifica a los pocos presentes en un solo lamento colectivo. Nadie puede creerlo. La ansiedad pone a los feligreses nerviosos, masticando la tensión de un destino que parece esquivo.

Sentado en una mesa del fondo sosteniendo el peso de los años, se encuentra “el Asturiano”, el único dueño vivo de una sociedad que, en otros tiempos, nucleaba a cinco amigos. Llegó a la Argentina hace exactamente setenta años, persiguiendo un porvenir de progreso que hoy se desdibuja entre cuentas pendientes y facturas de servicios públicos. “Nunca vi una malaria como esta, ¡nunca! Este bar siempre estaba lleno, no cerrábamos de noche. Paraban hasta cantantes de tango a altas horas de la madrugada… Hoy no puedo pagar ni las expensas” Sic.
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El Túnel Bar lucha minuto a minuto por no desaparecer. Es un símbolo del glorioso barrio de La Paternal que se niega a ser borrada por la modernidad, pero cuyos cimientos crujen bajo el peso de la realidad actual. Los pocos clientes habituales comparten el silencio del dueño; la crisis se palpa en el ambiente tanto como la incertidumbre del juego.

La Histórica Andaluza y la vigilia de las veredas

Unas cuadras más allá, en otro establecimiento emblemático de La Paternal, La Histórica Andaluza, la concurrencia es marcadamente más notoria. Los clásicos sifones de soda “Picos de Europa” de plástico azul y los vasos de vidrio grueso custodian las mesas de madera donde los vecinos se agolpan frente al monitor, sufriendo el minuto a minuto bajo la misma y asfixiante realidad económica.

Los tiempos muertos de la avenida San Martín

La postal mundialista se extiende hacia las veredas, donde la supervivencia adopta formatos ambulantes. En la Avenida San Martín y Nicasio Oroño, lo que supuso ser un colorido puesto de flores ha tenido que mutar por la fuerza de las circunstancias en un polirrubro de la necesidad, un “vendo de todo”.

Allí, un hombre aprovecha “los tiempos muertos” del partido contra Austria para intentar captar la atención de algún peatón distraído. Entre sus manos sostiene pelotas y banderas argentinas, esperando que el orgullo patrio empuje una venta esquiva. Él tampoco se desentiende del destino del equipo: una pequeña y austera televisión encendida dentro del improvisado cubículo metálico rodeado de cajas de cartón le devuelve las imágenes de la cancha mientras los autos pasan raudos por el asfalto.

Así transcurre el Mundial en La Paternal. Entre el amor incondicional a la camiseta y la angustia cotidiana de llegar a fin de mes. Un campeonato que se sufre por partida doble: en el césped del estadio y en los mostradores de los cafetines que se resisten a apagar su luz para siempre.

El desahogo, la consagración del mito y la justicia poética

El fútbol, al igual que los viejos cafetines de Buenos Aires, sabe de milagros y de resurrecciones. Cuando la persiana del ánimo parecía caer definitivamente en La Paternal, apareció la magia de la revancha. Lionel Messi disipó los fantasmas del pifie del penal con una exhibición de antología: dos golazos descomunales que perforaron la red austríaca y quebraron el silencio de la tarde.

Con esta proeza, la figura del diez como héroe nacional se vuelve mayúscula, casi mítica. Ya no quedan dudas: es el máximo goleador de la historia de los mundiales, viste la celeste y blanca, y es nuestro. En las mesas de los bares, donde un rato antes se hacían cuentas imposibles ahora se brinda con lágrimas en los ojos. La crisis sigue ahí afuera, implacable, pero adentro de los cafetines de barrio, la ilusión ha vuelto a crecer con la fuerza de un grito sagrado.

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