El Indec publicó los datos del Índice de Precios al Consumidor (IPC)[i] correspondientes al mes de abril en un contexto de fuerte tensión política para el gobierno de Milei.
La variación mensual a nivel nacional fue del 2,6%, un número que el oficialismo esperaba con ansias para utilizar como escudo frente a la crisis que lo rodea. En lo que va del año la inflación acumulada alcanzó un 12,3% y la variación interanual se ubicó en un alarmante 32,4%. Números que superaron, con creces, todas las metas armadas por Milei y su gobierno para el Presupuesto 2026.
Al analizar el interior del índice se observa con claridad dónde golpea el ajuste cotidiano de los bolsillos. Las divisiones con mayores aumentos durante el cuarto mes del año fueron el Transporte con un 4,4%, Educación con un 4,2% y Comunicación con un 4,1%. Por su parte, la división de Alimentos y bebidas no alcohólicas registró una suba del 1,5% a nivel nacional, un porcentaje que tiene un correlato con el brutal freno en el consumo básico de las familias.
En paralelo a esta radiografía de los precios se dieron a conocer las cifras de las canastas básicas[ii] que marcan el pulso de la crisis en los barrios y delimitan las líneas de pobreza e indigencia.
La Canasta Básica Total experimentó un incremento mensual del 2,5%, acumuló una suba del 12,3% en el año y registró una variación interanual del 32,4%. Debido a estos aumentos incesantes, una familia de cuatro integrantes necesitó percibir ingresos por $1.469.768 para no ser considerada pobre.
La situación de la Canasta Básica Alimentaria presentó un alza mensual del 1,1%, llevando su incremento acumulado anual al 12,8% y la variación interanual al 32,4%. Según este indicador oficial, ese mismo hogar conformado por cuatro personas precisó reunir la suma de $699.490 solamente para cubrir sus requerimientos alimentarios mínimos y evitar caer en la indigencia.
Estos fríos números estadísticos chocan de frente con la realidad de los sueldos congelados y preparan el terreno para comprender el verdadero costo del programa económico libertario.
Frente a esa montaña de pesos inalcanzable para un sueldo promedio, el gobierno se prepara para vender el 2,6% de inflación como un éxito rotundo de su programa económico. Para el oficialismo las subas previas fueron accidentes descalibrados por el impacto estacional, argumentando que la cifra actual marcaría el sendero real de una desinflación asegurada. Pero este optimismo comunicado por el oficialismo esconde de manera deliberada que la desaceleración de los precios se produce en un escenario de paz de los cementerios, donde la inflación baja porque la gente no tiene plata para comprar.
La realidad detrás del espejismo estadístico es la destrucción total del poder adquisitivo de las mayorías trabajadoras. La marcada desaceleración en los bienes de primera necesidad ocurre porque del otro lado no hay una demanda que convalide los aumentos. El consumo reprimido es el verdadero ancla de este índice debido a que las familias han recortado gastos vitales para poder sobrevivir. No estamos ante un círculo virtuoso de la economía, ya que la baja del índice general se explica por una especie de recesión profunda que mantiene las persianas de los comercios bajas y las heladeras vacías.
El costo de vida real para los trabajadores es cada vez más pesado por la trampa de los costos fijos, más allá de que el número general muestre una tendencia a la baja. Los mayores aumentos del mes se concentraron en rubros regulados e ineludibles vinculados a los servicios básicos y al transporte. Estos gastos configuran desembolsos que todos los trabajadores deben abonar de manera obligatoria para poder ir a trabajar o mantener un techo. Las tarifas están devorando una porción cada vez más gigante de los ingresos, lo cual significa que el alivio estadístico no se traduce en un respiro real para el bolsillo. La boleta de la luz, el gas y el boleto de colectivo pesan mucho más que cualquier estadística favorable exhibida por el equipo de Luis Caputo.
El gobierno necesita exhibir este 2,6% como un trofeo de guerra de manera urgente para intentar sobreponerse de la crisis política que lo tiene a mal traer. Este dato es uno de los pocos activos que le queda a Javier Milei para ocultar la fragilidad de su gestión y el descontento que empieza a brotar en las calles de todo el país. La urgencia por mostrar un éxito económico es proporcional a la debilidad de una estructura resentida ante cada nueva revelación sobre los manejos oscuros en las altas esferas del poder. La necesidad desesperada de mostrar buenos números se relaciona directamente con los escándalos de corrupción que salpican al entorno presidencial. El caso del jefe de Gabinete Manuel Adorni es el ejemplo más claro de la doble vara libertaria, dado que a las mayorías se les exige un esfuerzo brutal mientras los funcionarios viven en un festival de lujos.
Es totalmente necesario preguntarse cuánto tiempo más puede sostenerse un capital político basado exclusivamente en un 2,6% de inflación mensual. Esta mejora en los números no se traduce en un cambio positivo en las condiciones de vida de los sectores populares, dado que se logra a costa de salarios deprimidos y una pobreza estructural que no para de crecer.
La realidad material de los trabajadores no se arregla con una placa en redes sociales celebrando la baja de un índice mientras el hambre y la incertidumbre marcan el ritmo de los barrios. La única salida real ante este escenario de saqueo exige un aumento salarial de emergencia y el fin de un ajuste implementado para llenar los bolsillos de una nueva casta acomodada.
[i] https://www.indec.gob.ar/uploads/informesdeprensa/ipc_05_2680B692D2F5.pdf
[ii] https://www.indec.gob.ar/uploads/informesdeprensa/canasta_05_266166AB214A.pdf

