En medio de una importante tormenta política por la que viene transitando el gobierno, a causa de los escándalos de corrupción, el relato económico también viene mostrando grietas y las excusas ya no alcanzan para ocultar el desastre que representa para los trabajadores. Durante su participación en el simposio organizado por el Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas, el ministro de Economía, Luis Caputo, se vio obligado a reconocer públicamente el retroceso de su propio plan.
Frente a un auditorio conformado por los principales especuladores del mercado de capitales, el funcionario admitió que la inflación no detiene su marcha ascendente desde hace nueve meses. Aunque, en lugar de asumir la responsabilidad por la ineficacia de sus medidas, el titular del Palacio de Hacienda decidió culpar a la sociedad y a su supuesta incapacidad psicológica.
La justificación de Caputo para explicar este rotundo fracaso inflacionario roza la impunidad absoluta con la que se maneja este gobierno a la hora de declarar y de actuar. Según el ministro, el problema radica en que no puede “forzar a la gente a tener pesos en los bolsillos“. Para el funcionario, este rechazo a la moneda nacional no es consecuencia de la licuación de los ingresos que él mismo orquesta, sino el resultado de un “daño psicológico” profundo que la sociedad arrastra desde gestiones anteriores.
Esta lectura caprichosa y soberbia pretende instalar la idea de que la economía se encuentra “tremendamente en orden” y que el único obstáculo real es el escepticismo irracional de una población que se niega a confiar en un modelo diseñado exclusivamente para empobrecerla.
La ingeniería financiera para tapar los agujeros
Otro de los ejes centrales de la intervención de Caputo giró en torno al ahogo financiero que sufre el país. Con un riesgo país que supera cómodamente los 600 puntos básicos, el ministro tuvo que descartar la posibilidad de salir a tomar nueva deuda en los mercados internacionales voluntarios, una opción que el gobierno evaluó seriamente a finales del año pasado pero que debió suspender por los costos usureros que implicaba.
Frente a esta puerta cerrada, el funcionario aseguró tener “financiamiento identificado para cubrir los próximos tres vencimientos de capital”. Esta ingeniería de pagos diseñada por el secretario de Finanzas, Federico Furiase, apunta a cubrir las obligaciones de julio de este año y las de enero y julio de 2027. Según detalló Caputo, se trata de compromisos con acreedores privados por un monto cercano a los U$S9.000 millones, donde los intereses se pagarán exprimiendo el superávit primario, mientras que el capital principal intentará refinanciarse buscando las opciones más baratas disponibles que el gobierno aún mantiene bajo un estricto secreto.
La sumisión ante el FMI y un horizonte complicado
Mientras el gobierno hace malabares para rascar dólares y cumplir con los acreedores privados, la relación con el Fondo Monetario Internacional expone la verdadera debilidad del modelo libertario. Aunque Caputo se deshizo en elogios afirmando que “es un placer trabajar con ellos” y que “no tenemos ni un sí ni un no“, la realidad demuestra que las negociaciones para conseguir un nuevo desembolso se encuentran totalmente empantanadas.
La traba principal radica en la incapacidad del Banco Central para cumplir con las exigencias de acumulación de reservas impuestas por Kristalina Georgieva. Las recientes declaraciones de Julie Kozack, vocera del organismo, confirmaron que el acuerdo técnico aún sigue en etapa de revisión. Todo este escenario deja a la vista que el gobierno de Javier Milei se encamina irremediablemente a tener que mendigar un nuevo perdón formal, conocido en la jerga financiera como “waiver“, para evitar caer en default con el Fondo. Para el imperialismo financiero no alcanzan los recortes fiscales ni la reciente sanción de la reforma laboral antiobrera, siempre exigen un poco más de sangre.
El horizonte que se perfila frente a todas estas presiones externas e internas es el de una profundización brutal del ajuste. Para conseguir los dólares necesarios que garanticen el pago de esta deuda ilegítima, el gobierno libertario se prepara para apretar aún más el acelerador contra las condiciones de vida de las mayorías populares. A las complicaciones estructurales del programa de Caputo se le suma ahora la inestabilidad global generada por el recrudecimiento de la guerra en Irán, un factor que encarece el crédito, ahuyenta las inversiones y golpea directamente a una economía tan dependiente como la argentina. En este contexto de crisis importada y sumisión local, la única certeza que ofrece la gestión de Milei es que el costo de estabilizar sus cuentas financieras lo seguirán pagando los trabajadores con más desempleo, salarios de hambre y la destrucción definitiva de sus derechos laborales.

