FATE. Crónica de una fábrica tomada

Mediodía y el sol pega directo sobre el cemento. La poca sombra disponible solo se consigue en las carpas de telón rojo que se extienden sobre la calle Blanco Encalada, frente a la entrada de FATE, histórica empresa de fabricación y exportación de neumáticos fundada en los años 40 del siglo pasado. Durante décadas, la fábrica fue el sustento —directo o indirecto— de gran parte de las familias de la comunidad de Virreyes, en San Fernando. O, al menos, así lo fue hasta el pasado 18 de febrero.

Cinco o seis compañeros por cada carpa, como micro países donde pequeños parlantes con música se interseccionan con charlas políticas, el ruido del mate y llamados convocantes para partidos de truco. Hace mucho tiempo que la fábrica y las áreas aledañas a ella se volvieron casa.

“En realidad nosotros pasamos más tiempo acá que en nuestros hogares”, explica Sebas, de 38 años, quien, sentado debajo del toldo del MST, ha sido uno de los convocados para el torneo que en minutos empezará a desarrollarse.

Sebastián “Sebas” Garay es padre de dos hijos y hace casi dos décadas labura como mecánico de mantenimiento en la mítica instalación. Llegó en 2010 a través de un anuncio, pero su conexión con FATE viene desde la infancia.

Foto: Daniella Fernández

“Mi papá trabajó acá en los 90, hasta el 98. Era operador de la tobera de cámaras. Antes acá se hacían cámaras de autos”, explica. “FATE no tiene buenos recuerdos para mi familia. Antes de que recuperemos un poco lo que es seguridad e higiene en la fábrica hubo muchos trabajadores accidentados. Uno de los compañeros de mi viejo falleció, digamos, en un asesinato laboral. Lo dejaron trabajando solo en una máquina, y la máquina se lo llevó y lo mató”.

El padre de Sebas fue despedido poco después por reclamar mejores condiciones laborales. “La patronal siempre se comportó de la misma manera”, dice.

El miércoles 18 de febrero, Sebas se despertó con varios mensajes inquietantes en el teléfono. Ese día, en lugar de arribar a la fábrica a las 5:30 a.m. —su horario habitual de entrada— llegó a las 5:00 a.m. Durante la madrugada, diez laburantes del turno de la noche —encargados de supervisar que no ocurriera ningún accidente— habían sido retirados de la planta.

“Los sacaron y cerraron las puertas”, detalla Sebas.

Cuando los compañeros del turno de la mañana arribaron a la escena, efectivamente la instalación estaba clausurada, sin más información que un escueto cartel. Los laburantes, considerados “esenciales” durante la pandemia del coronavirus, ahora resultaban ser descartables para una patronal que ni siquiera había comunicado la decisión: 920 familias en la calle.

“Decidimos entrar y rompimos el cordón policial. No sólo para resguardar nuestros puestos de trabajo, sino porque la fábrica es peligrosa si queda abandonada. Hay millones de litros de solventes y combustible. Si no hay guardias mecánicas o eléctricas puede ocurrir un desastre”, alerta.

Lo que en un inicio se convirtió en una medida de urgencia pasó luego a discutirse en una asamblea con el resto de los trabajadores, donde se votó la permanencia pacífica dentro de la planta. Pero no en cualquier parte de la planta: en el techo.

“La fábrica estaba —y continúa— militarizada. La policía del gobernador Axel Kicillof nos reprimió cuando ingresamos y, por tanto, el techo era el lugar más seguro. Subimos rápido hasta el último nivel y pasamos al techo por una ventana”, explica Sebas, quien fue de los primeros en entrar en el recinto junto con Manu, otro compañero del MST que resultó herido en el operativo de la bonaerense.

Foto: Daniella Fernández

Desde arriba se ve todo San Fernando, y bien temprano en la mañana la arboleda verde que inunda la zona se torna de colores púrpuras y naranjas, casi como un cuadro impresionista. El aire frío pega en la cara, pero los compañeros —divididos en turnos de 12 horas— intentan encontrar algún tipo de paz en lo que hoy describen como su “trinchera aérea”.

Hay demasiada paz, en contraposición a todo un país en disputa o, más bien, a una disputa que continúa solo unos metros más abajo, donde aún prevalece una orden de desalojo. El conflicto es el mismo, pero abajo el mundo es otro, un poco más caótico. En esa trinchera a cielo abierto es menos probable que los saquen.

“Si intentan bajarnos es peligroso para todos”, agrega Sebas.

Para el laburante, el cierre responde a una estrategia empresarial ligada al vencimiento de las medidas antidumping, en la que —según sostiene— los trabajadores terminaron siendo utilizados como variable de presión frente a las importaciones. El acuerdo, que expiró el pasado 5 de marzo, beneficiaba al Grupo Madanes, controlado por Javier Madanes Quintanilla, al proteger a las empresas locales de la competencia extranjera.

“Usaron el conflicto con los trabajadores para presionar y defender sus propios intereses”, sentencia.

A casi un mes de cumplirse la toma pacífica de la fábrica, el reclamo de los trabajadores se mantiene constante: volver a sus puestos de trabajo y provincializar. 

“La fábrica está en condiciones de producir. La materia prima está. Las máquinas están energizadas. Hasta el día anterior [17 de febrero] estaba trabajando. Hasta el viernes estaban saliendo cubiertas para la venta. ¿Y cuál ha sido la respuesta de la empresa? Ninguna. Recién el 4 de marzo hubo una audiencia en la que dijeron que no podían continuar por las condiciones que les daba el gobierno”.

Esto, sin embargo, es una mentira. De acuerdo con los laburantes, el 65% de los neumáticos —o “cubiertas”— se exporta.

“Siempre tuvo ganancias”, afirma Sebas. “El gobierno de Javier Milei declaró que no es un gobierno al que le interese la fábrica nacional ni el empleo nacional. Y, por tanto, nosotros no esperamos nada de ellos. Estamos en conciliación obligatoria, pero lo que decimos es que la fábrica se tendría que provincializar. Nosotros tenemos capacidad de abastecer todo el parque automotor de la provincia”.

Para avanzar en la provincialización, el gobierno de la provincia de Buenos Aires, encabezado por Axel Kicillof, debería declarar la planta de “utilidad pública”.

La relación entre el Grupo Madanes y el poder político no es nueva. FATE ha mantenido vínculos con distintos gobiernos a lo largo de su historia, incluida la última dictadura cívico-militar-eclesiástica, durante la cual recibió préstamos que le permitieron expandir su imperio industrial. Como consecuencia, al menos tres trabajadores de la planta continúan desaparecidos: María Rosa Mora González, Gustavo Adolfo Becker Martínez y Oscar Lagrotta Alzien. Se cree que la cifra podría ser aún mayor. Durante mucho tiempo, sus nombres circularon dentro de la fábrica como un secreto a voces. Hoy los trabajadores reivindican su presencia.

Para los obreros de FATE, la memoria no es solo un recuerdo del pasado, sino una continuidad de las luchas del presente. Los más viejos enseñaron a los más jóvenes que los derechos conquistados no fueron regalos de ninguna patronal.

Foto: Ariel Espósito

Los compañeros saben que se encuentran inmersos en “una pelea dura”, donde está en juego el futuro de más de 900 familias y de todo un barrio. Pero advierten que el conflicto no es exclusivo de la localidad de Virreyes, ni siquiera del partido de San Fernando: es un conflicto que tiene que atravesar todo el país, por la complicidad evidente tejida entre empresarios y gobiernos contra el pueblo trabajador.

“Hay que unificar todas las luchas, como nos enseñó Norma Lezama y los compañeros del Garrahan, porque le puede pasar a cualquier laburante. La solidaridad es vital”, alerta Sebas. “Yo espero que reabran la fábrica para que podamos volver a trabajar”.

Mientras tanto, la toma pacífica continúa en pie, con almuerzos a las 12 del mediodía y la cena a las 9:00 p.m. Algunos días se cocina guiso, otros hay parrilla —siempre con el apoyo de familiares y organizaciones políticas y sociales—. “El que ensucia limpia”, informan.

Foto: Daniella Fernández

Debajo de las carpas, además de los encuentros fortuitos de truco, se desarrollan conversatorios y clases. En algunas tardes y noches también hay festivales de música, para mostrar que los laburantes no son un grupo de locos y para traer un poco de disfrute a la comunidad de Virreyes y a las familias que sostienen el acampe.

“Han venido bandas como Las Manos de Filippi, Mala Fama y otros artistas. Los artistas que vienen lo hacen con conciencia social. No vienen solo a entretener: nos ayudan a visibilizar el conflicto y a que no quedemos aislados”, comenta Sebas.

Foto: Daniella Fernández

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