En el unipersonal, interpretado por Manu Fanego, la tragedia se ríe de la comedia: sexo, drogas, locura y soledad en un tono delirante que resulta arrollador. “Lo más difícil es poder respirar. La obra es una vorágine”.
Una entrepierna blanca saluda a la audiencia. El calzoncillo impoluto resalta entre las medias de encaje. Un corsé devela la intensidad de la respiración. El diafragma sufre. Sube y baja insistente. Madame L está sentada en una silla. Sus ojos son los de un animal. Uno que aún no se ha descubierto pero que, sin embargo, está en peligro de extinción. Pelea por sobrevivir. No es ni un hombre, ni una mujer. Su pelo largo duerme tras su cuerpo cadavérico. Está expectante. Siempre al acecho. Hasta que reconoce lo extraño de su espacio. Llama por teléfono. “Acabo de encontrar una heladera en medio de la sala”, se queja. Se la envió su madre. A partir de ahí, lo sucede todo. Madame L es lo más parecido a un huracán. Esos que cuando desaparecen te dejan aturdido. Se lleva puesto personajes con una ola de violencia descarnada que, a veces, juega al humor. Toca el piano, canta, baila y se pelea a solas. Siempre con un miedo imperante. ¿Qué habrá adentro de la heladera?

“Un solo actor representa todos los personajes y cambia de vestuario fuera de escena o en el escenario, según el caso”. Así reza la publicación de la obra escrita por Copi que él mismo estrenó y protagonizó el 7 de octubre de 1983 en el Teatro Fontaine de París. “Le Frigó”, la heladera en francés, muestra a una exmodelo, en el día de su cumpleaños número 50, que intenta escribir sus memorias, alterada por la presencia de ese electrodoméstico gigante ubicado en el medio del living. Tras su descubrimiento, trae a escena diferentes personajes y situaciones que dialogan entre sí mediante un solo cuerpo. En este caso, el de Manu Fanego: “Respetamos muchísimo el texto. Es un material difícil de abordar, es muy visceral, políticamente incorrecto. Aunque lo más difícil es poder respirar. La obra es una vorágine”. El actor encarna casi diez personajes (madre, mucama, psiquiatra, editor, entre otros) siempre centrados en el principal: Madame L. “Mis maestros pasaron por ese lenguaje, algo parecido al de la época ochentosa del Parakultural. Eso me ayudó”. Hay pocas cosas que no hace sobre el escenario. Desde vestirse y desvestirse, de hombre y de mujer, hasta iniciar un romance de alto voltaje erótico con una rata. “Todo el mundo sabe que no soy normal”, dice Madame L en una parte de la obra.

Raúl Damonte Botana, alias Copi, nació en Buenos Aires en 1939 y murió en París en 1987 antes de que su obra tenga el reconocimiento actual. “Soy tan de vanguardia que me agarré el SIDA primero”, les decía a sus amigos cuando la enfermedad se lo empezaba a llevar. Siempre tuvo ese humor sin fondo, oscuro, revelador. Un espíritu transgresor que le chorreaba por los dedos. Tal vez, eso era lo único que le interesaba. Provocar, irritar, romper con lo establecido. El arte como una piedra en el zapato. Que moleste, que suscite preguntas. Empezó dibujando. Para tiempo después escribir y, más tarde, actuar. Vivió en Uruguay y en Francia en los primeros gobiernos de Perón. Su familia no estaba cómoda en esa época. Era nieto del fundador y director del Diario Crítica, Natalio Botana, y de la escritora y dramaturga anarquista Salvadora Medina Onrubia. Así que sus primeros trazos fueron como un niño desterrado. Recién pudo volver al país con la Revolución Libertadora, de la que también se rió cuando creó su primera historieta: “Gastón, el perro oligarca”. Salió publicada en la Revista satírica creada por Landrú, “Tía Vicenta”. Recién en 1960 estrena su primera obra de teatro llamada “Un ángel para la señora Lisca” que trataba sobre un homosexual de provincia que llega a la Capital en busca de suerte. Cuando se muda definitivamente a París empieza a escribir en francés pero sin olvidarse de su origen. Sus obras siguen teniendo el maridaje perfecto entre la peste del Riachuelo y un buen perfume francés.
“Debíamos entregarnos a la irracionalidad y al abismo para que aparezca el Copi que todos y todas llevamos adentro. Ese que te hace preguntar para qué hacés lo que hacés, pero después no le interesa en absoluto la respuesta”, declara Tatiana Santana, directora de la obra. En Le Frigó de Copi los géneros son múltiples. Se desarrollan con libertad. También con mucho delirio. Algo parecido a las categorías cinematográficas. Romance, aventura, drama psicológico, policial, terror, ciencia ficción, todo en uno. Siempre envuelto en un absurdo que asusta. Los límites entre la realidad y la ficción se disuelven. “Esto es un teatro señor. Hay público acá adelante”, dice Goliatha, la mucama. El sentido “trans” que inspiran muchos de sus personajes también funciona en el discurso teatral como pasadizo de lo fantástico a lo real. El texto que se plasma es fiel al original. Casi no hay cambios. Salvo algunas excepciones. “Me paro un rato en las escaleras de Sacré Cœur antes de la primera misa”, explica la madre cuando le preguntan cómo consigue la compañía de algún gigoló de color. En este caso, los escalones de la Basílica ubicada en Montmartre, París, no son otras que las de la Terminal de Retiro.
La heladera sigue en el medio del living. Tiene un color rojo que chilla. Parece que habla, que quiere contar algo. Pero no lo hace. Aunque la inspeccionen, no se animan a abrirla. Amagan pero no lo hacen. La contemplan, la tocan. Tiene un dominio total sobre lo que está pasando. Es un tótem y un tabú. “Hoy hay como una heladera hegemónica que es el teléfono celular. Un lugar virtual que te quita horas de tu vida y las reemplaza por imágenes muchas veces vacías”, dice Manu Fanego, quien sigue junto a “Los Bla Bla” haciendo “Modelo vivo muerto” y con su “Altar ego” Mika de Frankfurt que está pronto a estrenar documental. “A su vez la heladera, el celular, es como un ataúd. Nos trae un poco de muerte. Un ataúd como una especie de envase. Creo que ese envase mata la vida que está sucediendo en ese momento alrededor tuyo”. En tiempos en donde la intervención de los medios de comunicación masivos enfría un poco el entusiasmo de las personas por oponerse a un sistema que los oprime, la obra de Copi lo enciende. Se convierte en oxímoron, es una heladera que calienta. “Todes nos tenemos que hacer cargo de que el mundo se está destruyendo. Me parece que la resistencia está en cuidarnos cada une, cuidar nuestros vínculos, confiar cada vez más en el amor; y en juntarse, tejer redes, construir puentes”, cierra Fanego.
“Le Frigó”, de Copi se puede ver en el TEATRO PICADERO (Enrique Santos Discépolo 1857, CABA) los JUEVES a las 22 hs. Protagonizada por Manu Fanego, dirigida por Tatiana Santana y producida por Raúl Algán.
Sebastián Comadina

