La historia del Pelusa excede largamente las canchas. Su identificación con los sectores populares, sus enfrentamientos con el imperialismo y sus críticas a los poderosos explican por qué, incluso después de su fallecimiento, sigue siendo una figura difícil de domesticar.
Diego Maradona cumpliría hoy 66 años, y aunque hayan pasado casi seis de su muerte, hay algo de su figura que sigue generando incomodidad en el poder. Más allá de los goles y las gambetas, que forman parte de la historia grande de la número cinco, esa molestia se debe a algo que muchas veces se intenta dejar en segundo plano: Diego nunca fue tibio. Fue un tipo que tomó partido y que, mientras muchos querían que se limitara a hacer jueguitos con la pelota, se metió hasta las rodillas en el barro de la política y no tuvo problema en enfrentarse a los poderosos.
Nació en Villa Fiorito, en una familia trabajadora, en un país donde las oportunidades no están repartidas de manera justa. Desde ahí, conquistó la cima del fútbol mundial, se convirtió en uno de los deportistas más emblemáticos del planeta y conoció de cerca los privilegios que trae la fama, pero nunca se desprendió de sus raíces en Azamor al 523. Y eso no es un detalle menor. En un mundo que suele celebrar las historias de superación individual para esconder las desigualdades sociales, Maradona siguió reivindicando el lugar del que venía.
Diego no compraba con discursos meritocráticos y entendía que quien llega arriba no puede olvidarse de los que quedaron abajo. Al contrario: siempre se animó a cuestionar sus privilegios y a ponerse del lado de causas que chocaban con los planes de la burguesía.
Su vínculo con Cuba y Fidel Castro, su respaldo a Hugo Chávez y sus críticas al imperialismo estadounidense no fueron cuestiones aisladas en su vida. Maradona siempre expresó una posición política que incomodaba especialmente a quienes pretenden que los deportistas sean figuras obedientes y silenciosas, preocupadas exclusivamente por su rendimiento, sus contratos y los modales. Lejos de ser un careta más, Diego eligió poner su masividad al servicio de movilizaciones contra los intereses de la principal potencia imperialista del planeta.
Su participación en la Cumbre de los Pueblos de 2005 en Mar del Plata es un ejemplo. Ahí, se manifestó contra la política de George Bush y el plan del ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas). Este proyecto representaba un avance de los intereses económicos de Estados Unidos sobre América Latina, con el riesgo de profundizar la dependencia económica, debilitar las industrias nacionales y poner los intereses de las grandes empresas por encima de los derechos de los trabajadores.

También se plantó contra la FIFA, una institución que concentra un enorme poder económico y político más allá de manejar al deporte más popular del planeta. Uno de sus principales apuntados fue Joseph Blatter, a quien calificó de dictador por su perpetuidad al frente del organismo y por los mamarrachos internos que, según denunció, garantizaban su continuidad en el poder.
Michel Platini, por entonces presidente de la UEFA, fue otro de los acusados por el Diez de ser parte del mismo entramado dirigencial. En 2015, cuando estalló el caso de corrupción que sacudió a la FIFA, Diego salió a reclamar que faltaba gente presa y castigó a ambos dirigentes por un pago de dos millones de francos suizos que Blatter había autorizado a favor de Platini.
Por supuesto, Maradona fue un hombre lleno de contradicciones. Tuvo actitudes y decisiones cuestionables, estuvo lejos de ser un ejemplo de coherencia política y no hay que meter debajo de la alfombra sus errores para reivindicar lo que significó. La admiración no necesita convertirse en culto ni la memoria en una excusa para dejar de pensar críticamente. Pero tampoco podemos aceptar que esas contradicciones sean utilizadas como argumento para borrar sus batallas en causas justas y su identificación con los sectores populares.
A 66 años de su nacimiento, vale la pena recuperar a ese Diego que no se conformaba con que lo aplaudieran por jugar bien a la pelota. Al que entendía que el mundo no terminaba en una cancha y que la fama también podía utilizarse para levantar la voz contra las injusticias. Al que, con todas sus defectos, se animó a discutir con quienes parecían intocables.

Porque Maradona fue nuestro no solamente por los goles que gritamos ni por las alegrías que nos regaló como pueblo. Fue nuestro porque, viniendo de abajo, nunca aceptó las reglas de los de arriba. Y si algo sigue molestando de Diego es justamente eso: que incluso después de su fallecimiento, todavía permanezca en la memoria colectiva el fuego combativo que forjó. Que siendo un pibe salido de Fiorito, se animó a mirar a los poderosos a los ojos.
Feliz cumpleaños, Diego. Que no nos roben también tu rebeldía.




