Este fin de semana llegó, luego de idas y vueltas, el documental Naza, de Yuval Abraham y Rachel Szor, a la Argentina. El largometraje está construido a partir del testimonio de 24 militares y agentes de inteligencia israelíes. Una obra que muestra con qué facilidad se puede naturalizar el horror.
Los nombres de Abraham y Szor no son nuevos en la denuncia del genocidio al pueblo palestino. Son los directores israelíes de la ganadora del Óscar No Other Land; además de ellos, en esa película codirigieron Basel Adra y Hamdan Ballal. Este primer largometraje ya les había traído problemas con el gobierno de Netanyahu.
El cine como herramienta de lucha
El nombre de Naza sale de la denominación que utilizan en la inteligencia israelí para decir cuántas bajas civiles va a producir su ataque según su información; es decir, en vez de decir que el disparo de un misil puede llegar a asesinar a 5 mujeres y niños, dicen “5 nazas”. Este hecho muestra una deshumanización de las víctimas del genocidio que recorre toda la obra.
La película transcurre en los cielos de Israel: vemos las entrevistas a los militares en las azoteas, y vemos, o espiamos, la vida a través de las ventanas de los departamentos. Y es que la película juega, en el audio y en el video, a ser la contrainteligencia de lo que hace el Estado sionista.
El largometraje nos cuenta que los miembros del Mossad —el servicio de inteligencia israelí— y de las Fuerzas de Defensa de Israel hackean celulares, espían las comunicaciones y controlan las cámaras de seguridad de Gaza. Tienen ojos y oídos en todos lados, cartografías detalladas de la zona y una decisión medida: asesinar a los miembros de Hamas o de la resistencia palestina en su casa, cuando están con su familia, sin importar la cantidad de bajas que eso genere.
Las voces, retocadas para no ser reconocidas, y las imágenes oscuras de los entrevistados buscan evitar que el Estado de Israel tome medidas contra quienes brindaron su testimonio. El material fue usado por Netanyahu como supuesta prueba de falsedad del film para comenzar la cacería contra sus realizadores.

Denunciar no es gratuito
La relevancia que tomó No Other Land llevó a que Hamdan Ballal fuera atacado varias veces por un grupo de colonos israelíes en su casa en Cisjordania. En el caso de Abraham y Szor, Naza generó que el gobierno sionista de Israel impulsara dos leyes: una que revocaría la ciudadanía de cualquiera que difame a los soldados de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), y otra que multiplica por 20 la indemnización por daños y perjuicios a la que pueden ser condenados por difamación.
Es que el sionismo no puede permitir que se discuta su poder en la zona de Medio Oriente. Es más, el gobierno sacó Naza: The Real History, dirigido por Hagai Gutman y Ariel Averbuch junto al teniente coronel de la reserva Roi Danino, para contraponer una visión oficial a lo que cuenta el documental de Abraham y Szor.
A la vez, buscaron por todos los medios recortar la difusión del documental, usando todas las relaciones económicas y diplomáticas posibles para impedir su distribución. Esto llevó a que el medio inglés The Guardian, productor de la película, anunciara su difusión de manera gratuita a partir de finales de noviembre para superar el boicot y la censura.
En Argentina, esta campaña —junto con el lineamiento de Milei y la desfinanciación del INCAA— llevó a que la película se estrene este fin de semana en Cacodelphia Cine Arte y en el Teatro Helios de Tres de Febrero. Un circuito muy chico para una película que ganó un premio en el Festival de Venecia.
El cine es un instrumento muy peligroso
Gettino y Solanas decían que la cámara de cine puede ser usada como fusil, como herramienta revolucionaria. Esta película no se propone el mismo norte que aquellas que salieron en los años 60 y 70 en la Argentina, pero sí juega con la imagen y el sonido para afectarnos en lo más profundo.
Las bajas civiles, la construcción ideológica del odio al palestino y el uso de la contrainteligencia para defenderse de cualquier ataque físico o diplomático por lo que hace el Estado genocida de Israel son cuestiones conocidas para quienes defendemos la lucha por una Palestina libre del río al mar. Sin embargo, el largometraje golpea de una manera muy fuerte; la confirmación de todo lo que se sabe (y más) es impactante. El escuchar a un miembro de las fuerzas israelíes compararse con los nazis y reconocer la matanza de civiles como algo planificado y querido, todo remueve y golpea en quien siente el sufrimiento palestino como propio.
No es extraña la virulencia del ataque del Estado sionista a sus directores; esto demuestra el poder de la obra para desnudar lo podrido del sistema. A horas de las elecciones en Israel, donde Benjamin Netanyahu está complicado para ser reelegido, la película sigue sin ser estrenada y completamente vedada en su territorio. Y es entendible: saben muy bien el poder de una obra así para desarticular años de campaña.
Desde nuestro lugar solo podemos decir que, mientras Palestina no sea libre, nadie será libre. No podemos permitir que el genocidio siga sucediendo frente a nuestros ojos; tenemos que detenerlo. Sigamos mirando lo que pasa en Palestina, pongamos nuestros ojos, cámaras y voces para amplificar la denuncia. Desde este medio siempre seremos parte de los que luchen por una Palestina libre, laica y socialista.



