Trotsko y marica. A 49 años de la desaparición de Gustavo Zampicchiatti

El 7 de mayo de 1977 la dictadura se llevó a un militante que encarnaba dos luchas que hoy vuelven a estar en el centro de la batalla política: el socialismo y la liberación sexual. Su memoria es más urgente que nunca.

El 7 de mayo de 1977, al mediodía, Gustavo Alfredo Zampicchiatti Manfre, de apenas 20 años, salía de la Facultad de Psicología en el barrio porteño de Balvanera cuando un grupo de la Policía Federal lo secuestró junto a otros dos estudiantes. Cuarenta y nueve años después, su historia no es solo un episodio del pasado: es un espejo que interpela al presente.

Un pibe de barrio con convicciones de acero

Zampi había nacido el 26 de marzo de 1957 en Quilmes. De chico vivía con su familia en la calle Moreno 981, donde cursó la primaria y la secundaria en el Comercial N° 1. Como tantos jóvenes de su generación, le gustaba el billar, los bailes, la música —era fanático del Flaco Spinetta, Vox Dei y Los Beatles—, tocaba guitarra eléctrica en un grupo de rock y era hincha de Independiente.

Pero la realidad política de los años ’70 lo llamó temprano. Comenzó a militar en la Juventud Socialista del PST a los 16 años, en febrero de 1973. Armó el centro de estudiantes en su colegio, organizó campañas contra el golpe en Chile y participó de la campaña electoral del partido ese mismo año. Repartía el periódico Avanzada Socialista, piqueteaba frente a fábricas como Penta y Cattorini, y en las reuniones semanales del local de la calle Garibaldi se nutrió de ideas sobre lucha obrera, liberación de la mujer, trotskismo y revolución.

Una doble militancia que la dictadura no podía tolerar

Lo que hacía a Zampi singular —incluso entre la izquierda de su época— era que su compromiso político y su identidad no eran compartimentos separados. Su interés por las cuestiones de la sexualidad lo llevó a integrarse al Frente de Liberación Homosexual (FLH), una organización pionera en la lucha por los derechos de las diversidades sexuales.

El PST fue vanguardia en la defensa de los derechos de las mujeres y la comunidad LGBT. Como recuerda Guillermo García, militante del PST y el MST, el partido tenía entre sus demandas electorales de 1973 la liberación de las mujeres y la denuncia de la represión de la diversidad sexual, lo que generaba burlas incluso dentro de la propia facultad.

Zampi fotocopiaba y distribuía entre sus compañeros textos de Wilhelm Reich y de Deleuze y Guattari, a la par que repartía las publicaciones del FLH: sus volantes, la revista Somos y el manifiesto Sexo y Revolución.

Su figura quedó grabada para siempre en las palabras de Néstor Perlongher, uno de los fundadores del FLH. Cuando en 1989 le preguntaron a quién “resucitaría”, Perlongher nombró entre otros a “un amiguito trotsko-gay, el Zampi, que sucumbió en las listas de desaparecidos”.

El destino

Los tres jóvenes secuestrados ese mediodía fueron trasladados al centro clandestino de detención y tortura “Club Atlético”, que manejaba la Policía Federal y dependía del Primer Cuerpo de Ejército. En algunos registros oficiales, Zampi fue identificado erróneamente como miembro de la Juventud Universitaria Peronista (JUP), pero era en realidad un militante del PST, corriente trotskista perseguida por la Triple A y la dictadura. Su “delito”: luchar por un mundo sin opresión de clase ni sexual.

El 3 de mayo de 2008 se colocó una baldosa conmemorativa en la esquina de Independencia y Urquiza, frente al bar Buenos Aires, cerca de la sede de Psicología, con los nombres de Zampicchiatti, Ursi y Eggers. En el acto participó María “Mary” Manfre, madre de Zampi y una de las tantas madres que, tras perder a sus hijos, se convirtieron en luchadoras incansables en las rondas de la plaza.

Porqué recordarlo hoy

A 49 años, la historia de Zampi no es arqueología: es política viva. En Argentina y en el mundo, la ultraderecha avanza con un programa que combina negacionismo del terrorismo de Estado, ataque a los derechos LGBT y desprecio por la organización de la clase trabajadora. Las mismas tres coordenadas que la dictadura persiguió en la figura de este joven de Quilmes.

Zampi es uno de los más de cien compañeros del PST desaparecidos, de los aproximadamente cuatrocientos militantes de la diversidad sexual que fueron víctimas del terrorismo de Estado, y de los 30.000 que la derecha insiste en negar. Recordarlo hoy, cuando sectores del gobierno impulsan el negacionismo y cuando los derechos conquistados por el movimiento LGBT vuelven a estar bajo ataque, no es un gesto ritual: es un acto de resistencia.

Al mismo tiempo, el crecimiento de la simpatía con la izquierda entre las nuevas generaciones —que ven en el socialismo y en la lucha por la diversidad no contradicciones sino partes de un mismo proyecto— encuentra en Zampi un precursor. Él encarnó esa síntesis décadas antes de que fuera visible: trotsko y marica, militante de partido y activista de la liberación sexual, lector de Marx y de Reich, distribuidor de Avanzada Socialista y de la revista Somos.

Su vida breve —tenía 20 años cuando lo secuestraron— condensa una apuesta política que el presente reivindica.
Zampicchiatti presente, ahora y siempre.

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