En Valentín Alsina, la planta de Tenaris SIAT volvió a quedar en el centro de la escena por una razón que los trabajadores conocen demasiado bien: la patronal de Techint decidió descargar la crisis sobre el empleo. Esta vez fueron 164 despidos, denunciados el sábado pasado en una jornada solidaria realizada en la estación Lanús por organizaciones sociales, políticas, sindicales, vecinos y despedidos, que exigieron la reincorporación inmediata de todas las familias afectadas.
Una fábrica con memoria de lucha
Pero el conflicto no empezó ahora. En SIAT, la ofensiva empresarial viene de arrastre y tiene un libreto repetido: cuando el negocio se complica, la patronal aprieta, amenaza con cerrar, recorta personal y busca disciplinar a la planta. Ya en diciembre de 2025, Paolo Rocca había agitado la posibilidad de bajar la persiana de la fábrica si no se quedaba con una licitación clave vinculada al gasoducto para exportación de GNL. La advertencia no era técnica ni inocente: era una extorsión patronal en regla, con los puestos de trabajo usados como rehén en una pulseada entre grandes grupos y gobiernos.
La maniobra tuvo continuación a fines de junio de 2026, cuando Techint notificó 150 despidos en la planta de Valentín Alsina. Distintos medios informaron entonces que la decisión alcanzó a contratados y se dio luego de la pérdida de licitaciones vinculadas a Vaca Muerta y al negocio energético, mientras la empresa reducía su nivel de actividad y dejaba en suspenso decenas de familias trabajadoras.

El ajuste tiene nombre y apellido
Lo de SIAT no es un episodio aislado, sino una postal concentrada del modelo económico que hoy se profundiza bajo el gobierno de Javier Milei. Ajuste, apertura importadora, reforma laboral de hecho y habilitación política para que las patronales avancen sobre derechos conquistados. En ese escenario, empresas como Techint encuentran el clima ideal para hacer pasar despidos como “reordenamiento”, cierres como “decisión empresarial” y la pérdida de trabajo como un dato inevitable del mercado.
Sin embargo, la historia de SIAT también es la historia de la resistencia obrera. En 2024, la planta ya había atravesado despidos irregulares y un paro inmediato de los trabajadores, que obligó a una conciliación obligatoria y frenó parcialmente la avanzada patronal. Es decir: frente al apriete, hubo organización; frente a la prepotencia empresaria, hubo respuesta colectiva. Esa tradición vuelve a ser decisiva ahora, cuando la discusión ya no pasa solamente por resistir una tanda de cesantías, sino por arrancar la reincorporación de los 164 despedidos.

Un deja vu patronal
La clave del conflicto está ahí: Techint no despide porque no haya producción, despide para defender su tasa de ganancia, ajustar costos y condicionar a los trabajadores en medio de una disputa más amplia por negocios energéticos y obras estratégicas. Por eso el caso SIAT expone algo más grande que un conflicto fabril. Muestra cómo, en la Argentina del ajuste, incluso las grandes empresas que se presentan como “motor industrial” actúan como una palanca para disciplinar empleo, precarizar condiciones y trasladar la crisis hacia abajo.
La jornada solidaria en Lanús fue un primer paso importante porque hizo lo que más teme la patronal: sacar el conflicto de los portones y convertirlo en una causa colectiva. Allí confluyeron despedidos de otras fábricas, militancia política, organizaciones sociales y vecinos, con una idea simple y poderosa: si atacan a una planta histórica de la zona, no están atacando solo a 164 familias, están atacando a todo el movimiento obrero.

La respuesta obrera: organizarse por la reincorporación
SIAT, entonces, es hoy mucho más que una fábrica en disputa. Es una batalla abierta entre dos proyectos de país. Uno, el de Rocca y Milei, que convierte el trabajo en costo y al obrero en variable descartable. Otro, el de quienes sostienen que no puede haber desarrollo nacional si se arrasa con el empleo industrial, se vacían las plantas y se deja a cientos de familias a la intemperie. En esa pelea, la consigna ya está planteada: reincorporación de todos los despedidos, fortalecimiento de la organización y unidad para que la crisis la paguen los dueños del negocio, no los trabajadores.
Pero para enfrentar esta ofensiva hace falta mucho más que resistencias aisladas. La coordinación de los sectores en lucha es una necesidad urgente para unir fuerzas, potenciar cada conflicto y construir una respuesta común frente al ajuste y los ataques patronales. La izquierda tiene ante sí una oportunidad histórica: miles de trabajadores, jóvenes y sectores populares empiezan a buscar una alternativa política. El Frente de Izquierda como frente meramente electoral no alcanza. Hace falta avanzar hacia una organización común que intervenga activamente en los conflictos, los acompañe y los potencie de manera unificada. La idea de Coordinadora de Zona Sur alrededor del conflicto de SIAT impulsada por el MST y el PTS es un primer paso en ese camino, que todavía tiene mucho por recorrer, pero que puede aportar a construir una herramienta capaz de transformar la solidaridad en organización y las luchas dispersas en una fuerza colectiva.

