El excampeón mundial de boxeo falleció este miércoles a los 59 años, tras descompensarse en un bingo de Morón. De aquella noche para la historia contra John David Jackson a los comedores populares del conurbano, así fue su historia.
Algunas peleas se ganan con los guantes puestos y otras se dan todos los días, lejos de la guita, las luces que te queman y de los cuadriláteros. Jorge “Roña” Castro conoció ambas caras de la moneda. Arriba del ring se ganó un lugar entre los grandes del boxeo argentino. Fuera de él, encontró otra razón para seguir peleando: que a nadie le faltara un plato de comida. Este miércoles, a los 59 años, el excampeón mundial murió tras descompensarse en un bingo de Morón. Se fue uno de esos personajes que el deporte argentino difícilmente pueda olvidar.
La noticia golpeó fuerte. Porque el Roña no era solamente un boxeador de mandíbula dura, pegada potente y una figura que desbordaba personalidad en cualquier entrevista. Era también un tipo que había conocido el hambre desde pibe y que, con el paso de los años, decidió poner el cuerpo para que otros no tuvieran que atravesar lo mismo.
Nacido en Caleta Olivia, Santa Cruz, supo lo que era crecer entre carencias. Su infancia estuvo atravesada por las dificultades económicas y la falta de comida. Aquella experiencia, que años después recordaría públicamente, terminó convirtiéndose en una de las razones que lo llevaron a involucrarse con los comedores y merenderos del conurbano bonaerense. “Fui un pibito desnutrido y agradezco hoy poder ayudar a que muchos no pasen hambre”, había dicho en una entrevista con Radio Rivadavia. Una frase sencilla que, con el tiempo, se transformó en una síntesis de su compromiso solidario.
Pero antes de convertirse en el tipo que repartía mercadería entre familias necesitadas, el Roña había construido una carrera deportiva que tuvo una de sus noches más gloriosas en México, en diciembre de 1994. Para entonces ya era campeón mundial mediano de la Asociación Mundial de Boxeo, título que había conquistado unos meses antes frente al estadounidense Reggie Johnson. Sin embargo, la pelea que quedó grabada en la memoria popular fue la que protagonizó contra John David Jackson.

Aquella noche, Castro estaba contra las cuerdas. Había recibido una paliza durante buena parte del combate, tenía el rostro castigado y parecía que la historia estaba sentenciada. Pero el santacruceño no se entregó. Tras hacerle creer a su rival que ya no le quedaban respuestas, sacó una mano de izquierda que mandó a Jackson a la lona y cambió el destino del combate. Pasó de estar prácticamente derrotado a quedarse con una victoria memorable. Una de esas remontadas que, contadas años después, todavía hacen que cualquier amante del boxeo se pregunte “¿cómo hizo este tipo?”.
La revista especializada The Ring reconoció aquel enfrentamiento como la mejor pelea de 1994 y distinguió el noveno asalto como el mejor del año. El Roña había demostrado que, incluso en las peores circunstancias, podía encontrar una oportunidad para dar vuelta la historia. Su carrera siguió durante más de una década, con más contiendas frente a figuras internacionales y un estilo que nunca pasaba inadvertido. Disputó 144 peleas profesionales, consiguió 130 victorias (90 por nocaut) y se convirtió en uno de los nombres más reconocibles del boxeo nacional.
En 2005, además, sufrió un gravísimo accidente automovilístico que lo dejó en coma durante 23 días. Volvió a recuperarse y hasta regresó al cuadrilátero. Parecía que al Roña había que voltearlo varias veces para dejarlo fuera de combate…
Pero el retiro lo alcanzó, en 2007, aunque no significó el final de sus luchas. Con los años, su vida empezó a tomar otro rumbo.

Del ring al comedor popular
En plena pandemia de coronavirus, cuando la crisis sanitaria y económica de Alberto Fernández y su cuarentena golpeaba a los sectores más vulnerables, Castro organizó una olla popular en el gimnasio que tuvo en Temperley. Aquello, que comenzó como una iniciativa para ayudar a los boxeadores y sus familias, pronto empezó a recibir a cada vez más vecinos. La olla creció, las carencias se multiplicaron y aquel espacio deportivo terminó convertido en un lugar de asistencia alimentaria.
La iniciativa se extendió por distintos barrios del conurbano. El Roña llegó a sostener cuatro comedores propios y a abastecer a otros diez con mercadería. En ese rol se ocupaba de conseguir alimentos, buscar donaciones y repartir productos básicos entre familias que no podían cubrir sus necesidades más elementales. Arroz, polenta, aceite, yerba, azúcar y verduras: cosas que deberían estar al alcance de cualquiera, pero que para miles de hogares se habían convertido en un problema cotidiano.
Y si algo le dolía era comprobar que cada vez llegaba más gente. Ya no se trataba solamente de chicos que iban a buscar una vianda. También aparecían trabajadores que no llegaban a fin de mes, familias enteras y jubilados que, después de toda una vida de laburo, no podían garantizarse un plato de comida.
“Ahora no vienen los pibes, viene la gente grande, personas de 70 años que se ponen a llorar porque se jubilaron y no les alcanza la plata”, dijo en octubre de 2025. La frase retrató una realidad que conocía de primera mano: la de quienes, aún trabajando o después de haber trabajado durante décadas, necesitaban recurrir a un comedor para sobrevivir.
Él no hablaba de esas situaciones desde un escritorio ni como alguien que miraba la pobreza de lejos. Su propia historia estaba atravesada por las privaciones. Sabía lo que significaba pasar hambre y por eso insistía en que nadie debía quedarse sin comer. “Un plato de comida no se le niega a nadie”, sostuvo.

El Roña subió a Milei al ring en más de una oportunidad
Su trabajo en los comedores también lo llevó a enfrentarse públicamente con el gobierno de Javier Milei. Castro no se guardó nada y cuestionó en reiteradas oportunidades el discurso oficial sobre la reducción de la pobreza, al que contrapuso con lo que veía todos los días en los barrios. Para él, la realidad no se medía solamente en estadísticas, anuncios económicos o demás parladurías, sino en la cantidad de personas que se acercaban a pedir ayuda.
En mayo de 2026, el exboxeador apuntó contra el relato libertario con una frase contundente: “Se llenan la boca diciendo que sacaron a 12 millones de personas de la pobreza, pero a mí se me llenan los comedores”. Según contó entonces, la cantidad de personas que asistía a su red de comedores había pasado de 2.100 a más de 6.400.
Sus críticas no eran nuevas. En mayo de 2024, durante una entrevista con Crónica TV, había apuntado directamente al Presidente: “Este muchacho no sé a qué juega. Juega con los argentinos y con los más pobres”. En aquella oportunidad también aseguró que no había conseguido ser recibido por la ministra de Capital Humano, Sandra Pettovello.
Dos años después, su preocupación seguía puesta en las familias que no podían cubrir sus necesidades básicas. Denunció que la asistencia alimentaria que recibía había dejado de ser suficiente y puso en duda las políticas del Gobierno nacional. En septiembre de este año, volvió a expresar su malestar con una definición todavía más dura: “Nunca lo viví con ningún gobierno, este es el peor”.
Su mirada sobre la situación social estaba atravesada por una experiencia concreta. Mientras el Gobierno defendía sus resultados económicos (principalmente los de la inflación, su caballito de batalla que cada vez está más gastado), Castro describía las dificultades de quienes se acercaban a sus espacios de asistencia. No hablaba en nombre de una institución estatal ni desde una posición de poder, lo hacía como alguien que debía conseguir alimentos para que miles de personas pudieran comer.
Eso no significaba que pudiera resolver por sí solo las causas de la pobreza, pero sí había decidido denunciar lo que veía y reclamar respuestas. Su compromiso no terminaba cuando entregaba una bolsa de mercadería, también levantaba la voz para señalar que una olla popular no podía convertirse en la única respuesta frente al hambre.
Una pelea que no termina
La muerte de Castro deja un vacío en el boxeo argentino, pero también entre quienes encontraron en sus comedores una mano en medio de las dificultades. Su historia no fue la de un campeón perfecto ni la de un héroe sin contradicciones. Fue la de un tipo popular, frontal, con sus formas y sus excesos, que supo ganarse un lugar en la memoria deportiva y que, con el tiempo, decidió poner parte de su reconocimiento al servicio de los demás.
Hay algo profundamente injusto en que una persona tenga que depender de una olla popular para comer después de trabajar toda la vida. Y hay algo valioso en que, frente a esa realidad, alguien decida no mirar para otro lado. Castro no podía resolver por sí solo las causas de la pobreza, pero eligió hacer lo que estaba a su alcance: conseguir alimentos, organizarse y repartirlos.
Este miércoles se apagó una figura inolvidable del boxeo argentino. Quedarán para siempre aquel zurdazo contra Jackson y las historias que protagonizó arriba del ring. Pero también quedará el recuerdo del hombre que convirtió a su gimnasio en un comedor, que denunció el crecimiento del hambre y que cuestionó públicamente a un Gobierno al que responsabilizaba por el deterioro de las condiciones de vida de los sectores populares.
El Roña Castro pasó buena parte de su vida demostrando que no había que darlo nunca por vencido. Primero lo hizo con los guantes puestos; después, frente a las necesidades de sus vecinos. Y aunque esta vez ya no haya campana que lo haga volver a su esquina, su historia seguirá viva en cada plato servido y en cada persona que recibió su ayuda.
Por Gabriel Guiguez
Fuentes de sus declaraciones:
“Nunca lo viví con ningún gobierno, este es el peor”
“Este muchacho no sé a qué juega. Juega con los argentinos y con los más pobres”

