Por Karen Maturano – La Zurda (San Juan)
Cientos de jóvenes vuelven a encontrarse en plazas y espacios públicos en distintos lugares del país después de años de pandemia, aislamiento y vínculos mediados por pantallas. Las batallas de “farmear aura” no nacieron como un acto político, pero detrás de ellas aparece algo que vale la pena reivindicar: una juventud que se encuentra, se expresa, se divierte y construye comunidad en un mundo que pretende cada vez más individualizarla, controlarla y encerrarla detrás de una pantalla.
¿Qué es “farmear aura”? La expresión nació en las redes sociales para referirse, en clave de meme, a la capacidad de una persona para transmitir presencia, seguridad, carisma o protagonismo. Con el tiempo, el fenómeno salió de las pantallas: jóvenes que se reúnen, improvisan poses, movimientos o performances y compiten por quién tiene más “aura”.
A primera vista podría parecer solamente otra tendencia de TikTok. Y, efectivamente, no necesitamos convertir cualquier fenómeno juvenil en una expresión revolucionaria. Farmear aura no nació como un acto político ni como una forma de organización anticapitalista. Pero eso no significa que no podamos preguntarnos qué expresa socialmente su aparición.
Porque hay algo que no es menor: los jóvenes están volviendo a encontrarse físicamente.
Después de la pandemia: volver a encontrarnos
La pandemia no inventó la fragmentación social, pero la profundizó. El aislamiento, la virtualización de la educación, las redes sociales y las nuevas formas de consumo digital aceleraron una transformación que ya estaba en marcha. La pandemia “deshilachó el tejido comunitario” y el regreso a la presencialidad no significó recuperar automáticamente la vida colectiva que existía antes.
Durante años, una parte enorme de nuestras relaciones pasó por una pantalla. Estudiar, trabajar, comprar, entretenerse, hablar con amigos, informarse y hasta militar comenzaron a realizarse cada vez más desde dispositivos individuales.
La tecnología puede ser una herramienta enorme. El problema aparece cuando el capitalismo convierte esa herramienta en un mecanismo de aislamiento, consumo y control. Las redes pueden servir para convocar, comunicar y llegar a sectores que antes estaban alejados, pero no pueden reemplazar los vínculos humanos, las reuniones, las asambleas y la acción colectiva.
Por eso resulta interesante que una tendencia nacida en TikTok termine llevando a cientos de jóvenes a una plaza.
¿Qué significa “farmear aura” en tiempos de ultraderecha?
Vivimos una época de fuerte polarización política. Las nuevas ultraderechas comprendieron muy bien el terreno digital y construyeron allí parte importante de su influencia juvenil. Los discursos individualistas, meritocráticos y reaccionarios circulan principalmente a través de redes sociales, mientras una juventud atravesada por la crisis, el trabajo precario y la incertidumbre busca respuestas.
La ultraderecha ofrece una salida individual a problemas que son profundamente sociales:
- ¿No tenés trabajo? Es porque no te esforzaste
- ¿No podés estudiar? Es porque no sos suficientemente disciplinado
- ¿No llegás a fin de mes? Tenés que aprender a “invertir”
- ¿Querés progresar? Competí contra el resto
La vida colectiva desaparece. Todo se transforma en competencia entre individuos. Hasta la propia identidad termina convertida en mercancía: hay que construir una imagen, conseguir seguidores, acumular visualizaciones, generar interacción y convertir la propia personalidad en contenido.
En ese sentido, incluso el “aura” puede leerse como parte de esa cultura de la exposición permanente. Pero aparece una contradicción. Lo que nació como contenido puede terminar convirtiéndose en encuentro. El algoritmo puede convocar a cientos de personas que después dejan momentáneamente el teléfono en el bolsillo para mirarse cara a cara. Y ahí hay algo que reivindicar.

Una juventud que no queremos disciplinada
Las ultraderechas no solamente quieren una juventud que trabaje barato. También necesitan una juventud disciplinada, una juventud que acepte la precariedad como destino, que compita individualmente por un lugar en el mercado laboral, que consuma contenidos pero no construya espacios propios, que tenga miles de seguidores pero pocos vínculos reales, que pueda ser vigilada, clasificada y controlada por algoritmos, cámaras, instituciones y dispositivos.
En Argentina esto adquiere una dimensión particular bajo el gobierno de Javier Milei. Su ofensiva contra la educación pública y contra distintos espacios de organización juvenil se desarrolla en un contexto donde también crecen las políticas de ajuste, precarización y disciplinamiento. El ataque a la educación pública hizo que la resistencia estudiantil volviera a generar experiencias colectivas de masas después de la pandemia.
Pero también existe una dimensión más cotidiana del disciplinamiento como: ¿Qué ropa podemos usar?, ¿Cómo debemos comportarnos?, ¿Qué podemos decir?, ¿Dónde podemos reunirnos?, ¿Qué podemos hacer en una plaza?, ¿Qué cuerpos son considerados “correctos”?, ¿Qué expresiones son aceptables?. Por eso, que una plaza vuelva a llenarse de jóvenes no es algo que debamos mirar con desprecio. Sería absurdo decir que una batalla de farmear aura es una movilización revolucionaria. No lo es. Tampoco debemos exigirle a cada joven que se encuentra con sus amigos que tenga una conciencia política anticapitalista desarrollada.
La juventud también tiene derecho a divertirse, a bailar, hacer memes, ocupar una plaza, hacer el ridículo, expresarse, crear espacios que no estén organizados alrededor del consumo. Y precisamente por eso debemos mirar el fenómeno desde una perspectiva marxista: no para convertir artificialmente una tendencia en militancia, sino para comprender las contradicciones sociales que existen detrás de ella.
Muchas veces se habla de una juventud “despolitizada”, cuando en realidad existe una mutación de las formas de participación. La politización puede ser episódica, surgir de problemas concretos y no necesariamente comenzar desde una identidad ideológica previa. Algo parecido puede pensarse con estas nuevas formas de encuentro.
Quizás una plaza llena de jóvenes no sea todavía organización. Pero sí puede ser comunidad. Y la comunidad es justamente lo que el individualismo capitalista intenta destruir.
La juventud más precarizada también necesita espacios para vivir. No podemos separar estas expresiones culturales de las condiciones materiales de quienes las protagonizan. La juventud actual estudia y trabaja al mismo tiempo, enfrenta empleos precarios, dificultades para permanecer en las instituciones educativas, falta de tiempo, problemas de transporte y una enorme incertidumbre respecto de su futuro. La frontera entre estudiante y trabajador se volvió cada vez más porosa y que una parte importante de la juventud estudia mientras trabaja, cuida y se endeuda.
Entonces hay una pregunta que deberíamos hacernos: ¿Por qué una juventud cada vez más precarizada no tendría derecho también a espacios gratuitos para encontrarse, divertirse y expresarse? El capitalismo quiere que todo tenga precio. El tiempo tiene precio, el ocio tiene precio, el transporte tiene precio, la cultura tiene precio, el entretenimiento tiene precio, hasta el encuentro social puede terminar convertido en consumo. Frente a eso, recuperar plazas, parques, clubes, escuelas, universidades y espacios culturales como lugares de encuentro colectivo tiene un enorme valor. Debemos recuperar espacios culturales, recreativos y de socialización -talleres, deportes, festivales, ferias, ciclos de cine y otras iniciativas- como formas de construir comunidad.

Del algoritmo a la plaza
Las redes pueden aislarnos, pero también pueden convocarnos. Quizás ahí esté una de las contradicciones más interesantes de nuestra época.
El algoritmo puede individualizarnos, pero también puede hacer que cientos de personas descubran que comparten un interés. TikTok puede vendernos una vida de éxito individual, pero también puede terminar llevando a cientos de pibes a encontrarse en una plaza. No se trata de rechazar la tecnología. Se trata de disputar para qué y para quién se utiliza. El problema no es simplemente “tecnología sí o tecnología no“, sino si esa tecnología sirve para democratizar el conocimiento y ampliar derechos o si se convierte en una herramienta de vigilancia, precarización y control algorítmico.
Por eso tampoco queremos una juventud encerrada en una nostalgia del pasado. No se trata de decir que antes todo era mejor. Se trata de construir nuevas formas de encuentro que combinen las redes con la presencialidad, el mundo digital con la organización concreta, la comunicación con los vínculos humanos. Del algoritmo a la plaza. De la pantalla al encuentro. Del individuo aislado a la comunidad.
Que las plazas vuelvan a ser nuestras
Las batallas de farmear aura pueden parecer una cosa pequeña frente a las enormes contradicciones del capitalismo. Y lo son. Pero también pueden mostrarnos algo que vale la pena mirar: hay una juventud que quiere encontrarse.
Una juventud que, después de una pandemia que profundizó el aislamiento, vuelve a ocupar espacios físicos. Una juventud que crea sus propios códigos, que utiliza las herramientas digitales de su época y las transforma en encuentros reales.
No necesitamos romantizar el farmear aura. Necesitamos algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo: defender el derecho de la juventud a ocupar el espacio público, a expresarse y a construir comunidad. Porque mientras las ultraderechas mundiales quieren una juventud disciplinada, individualizada, precarizada y controlada por las pantallas, nosotros queremos una juventud que se encuentre, discuta, que cree, juegue, baile, estudie, trabaje con derechos, que se organice, que ocupe las calles. Y que también, si quiere, farmee todo el aura que se le cante.
Porque una plaza llena de jóvenes no es todavía una revolución. Pero tampoco es poca cosa. En tiempos de individualismo, guerras y genocidios volver a encontrarnos ya es una pequeña victoria. Y quizás ahí esté lo verdaderamente peligroso para quienes quieren una juventud dócil: que una generación que aprendió a encontrarse en las redes vuelva a descubrir la fuerza de encontrarse en la calle. Porque cuando dejamos de ser individuos aislados y empezamos a reconocernos como parte de algo colectivo, aparece una fuerza que ningún algoritmo puede controlar.
Hoy puede ser una batalla de farmear aura; mañana, una asamblea, una movilización, una toma, una organización. Porque cuando miles de jóvenes dejan de verse como individuos separados y descubren que comparten las mismas broncas, los mismos sueños y la misma fuerza colectiva, el miedo cambia de lado. Que vuelvan a llenarse las plazas, que vuelva la juventud a las calles y que vuelva a nacer allí donde quieran enterrarla: porque de cada encuentro, de cada lucha y de cada generación que se niega a obedecer puede surgir la fuerza revolucionaria capaz de derribar este sistema y construir uno nuevo.

