La morosidad de los créditos a las familias llegó al 18% en julio y acumula 21 meses consecutivos de aumento. Más de uno de cada cuatro titulares de crédito está en mora. Mientras los salarios pierden poder adquisitivo, las familias recurren cada vez más al endeudamiento para sostener sus gastos y terminan atrapadas en una bola de nieve financiera.
Endeudarse para llegar a fin de mes
La crisis de ingresos de los hogares tiene una nueva expresión: cada vez más familias dejan de pagar sus deudas. La morosidad de los créditos destinados a las familias alcanzó en julio el 18% del total, según el Monitor Mensual de Crédito a las Familias elaborado por Eco Go y la Universidad Austral. El indicador aumentó 10,3 puntos porcentuales en apenas un año y acumula 21 meses consecutivos de subas.
Pero el dato resulta todavía más contundente cuando se observa la cantidad de personas afectadas: el 26,6% de los titulares de crédito se encuentra en situación de mora. Es decir, más de uno de cada cuatro deudores tiene dificultades para cumplir con sus compromisos.
No se trata de un fenómeno aislado. Es otra señal del deterioro de las condiciones de vida bajo el modelo económico de Javier Milei. Durante los últimos años, el crédito se convirtió para millones de familias en una forma de completar ingresos que ya no alcanzan.
Tarjetas, préstamos personales, créditos de financieras y aplicaciones permiten cubrir gastos cuando el salario se termina antes de que termine el mes. El problema aparece cuando esa deuda comienza a crecer más rápido que la capacidad de pago.
La morosidad de julio muestra precisamente ese límite. Las familias no solamente están tomando deuda: cada vez tienen más dificultades para devolverla.
Un relevamiento anterior de Eco Go y la Universidad Austral ya había mostrado que la mora de las personas se había multiplicado casi por cinco en 18 meses. Además, el deterioro se concentra especialmente en el crédito no bancario, donde la irregularidad llegó a superar el 30%.
El salario pierde, la deuda crece
El Gobierno puede mostrar determinados indicadores financieros como señales de normalización, pero hay una realidad mucho más concreta: los ingresos de los hogares no alcanzan para sostener el nivel de gastos.
La deuda aparece entonces como un mecanismo para sostener artificialmente el consumo. El problema es que el crédito no reemplaza al salario. Apenas posterga el problema y agrega intereses.
De esta manera se construye un círculo perverso: salarios que pierden poder adquisitivo, familias que recurren al crédito, cuotas que ocupan una parte cada vez mayor de los ingresos y, finalmente, atrasos y refinanciaciones.
Según datos publicados recientemente, las familias ya habían refinanciado alrededor de $2,6 billones en deudas, un nivel récord. La supuesta recuperación del consumo queda así sostenida, en buena medida, sobre hogares que se endeudan para poder consumir.
El negocio de la deuda
Mientras una familia entra en mora, para el sistema financiero la deuda continúa siendo un negocio. Las tarjetas, financieras y proveedores no bancarios cobran intereses, comisiones y costos de refinanciación. Y cuanto más difícil resulta cancelar una deuda, mayor puede ser el tiempo durante el cual esa deuda permanece generando intereses.
El deterioro es particularmente fuerte fuera de los bancos tradicionales. En junio, la mora de los proveedores no financieros había llegado al 31%, más del doble de la registrada en el sistema financiero.
El crecimiento de las fintech tampoco puede analizarse por fuera de este fenómeno. Allí donde los bancos tradicionales pueden cerrar el acceso al crédito a quienes tienen antecedentes de mora, las plataformas financieras ofrecen nuevas vías de financiamiento, muchas veces a costos elevados.
El resultado es una población cada vez más excluida del crédito formal y, al mismo tiempo, más dependiente de mecanismos financieros para sobrevivir.
El “milagro” de las cuentas ordenadas
El Gobierno presenta el equilibrio fiscal y la supuesta estabilización macroeconómica como éxitos indiscutibles. Pero ¿qué significa ese ordenamiento si una familia tiene que endeudarse para comprar alimentos, pagar servicios o cubrir gastos cotidianos?
La motosierra no desaparece cuando llega a la billetera. Se transforma en deuda. El ajuste sobre salarios, jubilaciones y empleo reduce la capacidad de consumo. La apertura importadora golpea puestos de trabajo. La caída de la demanda afecta a las empresas. Y las familias intentan compensar la pérdida de ingresos utilizando crédito.
Después, cuando no pueden pagar, aparecen como “morosos”. Pero detrás de cada número hay una realidad social: personas que no llegan a fin de mes.
No son malos pagadores: son salarios que no alcanzan
Hay que discutir también el relato instalado alrededor de la morosidad. Presentar a las familias endeudadas como responsables individuales de su situación oculta las causas estructurales del problema. Si una persona se endeuda para pagar un gasto básico y después no puede afrontar la cuota, el problema no empieza con la mora: empieza con un ingreso insuficiente.
Por eso, la respuesta no puede limitarse a refinanciar las deudas y extender los plazos. Eso puede aliviar temporalmente a una familia, pero no resuelve la causa del problema.
Hace falta recuperar salarios, jubilaciones e ingresos que permitan vivir sin depender permanentemente del crédito. Y también hay que discutir el poder del sistema financiero sobre los hogares: tasas de interés, costos abusivos, condiciones de refinanciación y mecanismos de cobro que terminan descargando todo el peso de la crisis sobre quienes menos tienen.
Que la deuda no sea el nuevo salario
La Argentina no necesita una economía donde las familias puedan consumir solamente porque consiguen endeudarse. Necesita salarios que alcancen, empleo estable, servicios públicos accesibles y una política económica que coloque las necesidades sociales por encima de la rentabilidad financiera.
El crédito puede ser una herramienta para acceder a una vivienda, desarrollar una actividad productiva o realizar una inversión. Pero cuando se convierte en la forma de pagar la comida, la luz o los gastos básicos, deja de ser una herramienta de progreso y se transforma en un mecanismo de disciplinamiento.
La salida no puede ser que los trabajadores se endeuden cada vez más para sostener un modelo que beneficia a los sectores financieros y concentrados.
Hay que recuperar el salario, frenar el ajuste y poner al sistema financiero bajo control social. Que las necesidades de las familias no sean el negocio de bancos, financieras y fintech. Porque si para llegar a fin de mes hay que pedir un préstamo, y para pagar ese préstamo hay que pedir otro, no hay “libertad financiera”: hay una sociedad atrapada en una deuda que crece mientras los ingresos se achican.

