El gobierno nacional dio un nuevo paso en el desmantelamiento de la soberanía científica y tecnológica argentina al avanzar en acuerdos que subordinan el desarrollo nuclear del país a los intereses de Estados Unidos. Mientras ajusta universidades y organismos de investigación, la gestión libertaria abre la puerta a una mayor injerencia extranjera sobre un sector estratégico construido durante décadas por trabajadores y científicos.
Un sector estratégico bajo amenaza
El gobierno de Javier Milei volvió a avanzar sobre uno de los sectores históricos del desarrollo científico argentino: el área nuclear. Mediante un procedimiento administrativo, formalizó cómo sería la presentación de iniciativas privadas sobre los activos nucleares, esto es parte de las negociaciones y acuerdos con Estados Unidos que podrían modificar el rumbo de la política nuclear argentina, abriendo espacios de control e influencia para empresas y organismos norteamericanos.
La decisión no aparece aislada. Forma parte del alineamiento político, económico y geopolítico total que el oficialismo viene consolidando con Washington desde el inicio de la gestión. Bajo el discurso de las “alianzas estratégicas”, el gobierno impulsa un esquema de dependencia creciente sobre áreas sensibles de la economía y la tecnología nacional.
El sector nuclear argentino no es un detalle menor. Argentina fue uno de los pocos países de América Latina capaces de desarrollar tecnología nuclear propia, construir reactores, exportar conocimiento científico y sostener organismos públicos de referencia internacional como Comisión Nacional de Energía Atómica e INVAP.
Del desarrollo soberano a la subordinación
La política nuclear argentina se construyó durante décadas a partir de inversión estatal, formación científica y planificación pública. Ese desarrollo permitió avances tecnológicos estratégicos y colocó al país en un lugar destacado a nivel internacional.
Sin embargo, el gobierno libertario parece decidido a cambiar esa lógica. El acercamiento con Estados Unidos aparece acompañado de señales de apertura a capitales extranjeros, privatizaciones parciales y subordinación tecnológica.
Las advertencias crecen también alrededor de empresas estratégicas como Nucleoeléctrica Argentina, que ya viene siendo afectada por recortes, denuncias de vaciamiento y escándalos ligados al uso de fondos públicos dentro de la gestión libertaria.
Mientras tanto, el ajuste golpea de lleno sobre universidades, organismos científicos y centros de investigación. La misma administración que habla de “modernización” mantiene salarios de miseria para investigadores y desfinancia áreas clave del sistema científico nacional.
Ciencia para el mercado y no para las necesidades sociales
El alineamiento con Estados Unidos no es únicamente diplomático. Tiene consecuencias concretas sobre qué modelo científico y tecnológico se impulsa en el país.
La orientación oficial apunta a subordinar el desarrollo nacional a las necesidades del capital privado y de las potencias extranjeras. En vez de fortalecer la capacidad tecnológica independiente, el gobierno promueve acuerdos donde Argentina queda relegada al papel de proveedor subordinado de recursos, energía y conocimiento.
El problema excede incluso el área nuclear. Se trata de una política general de entrega que también se expresa en el litio, el petróleo, el agua y otros recursos estratégicos.
Mientras Milei habla de “libertad”, lo que avanza es una dependencia cada vez mayor respecto de Estados Unidos y de las grandes corporaciones internacionales.
Defender el desarrollo científico nacional
El ataque sobre el sector nuclear ocurre en un contexto más amplio de desmantelamiento del Estado y ajuste sobre trabajadores, científicos y estudiantes. La lógica libertaria busca reducir todo a rentabilidad inmediata, incluso áreas estratégicas que requieren planificación de largo plazo.
Pero el desarrollo nuclear argentino no nació de la mano del mercado. Fue resultado de décadas de trabajo colectivo, inversión pública y formación científica sostenida.
Por eso, frente a la entrega y el vaciamiento, la defensa del sistema científico y tecnológico aparece también como una pelea política de fondo: quién controla los recursos estratégicos, para qué intereses y al servicio de quiénes se desarrolla la ciencia en el país.
Porque detrás del discurso modernizador del gobierno no hay soberanía tecnológica ni independencia energética. Hay negocios, subordinación y una nueva etapa de dependencia hacia las potencias extranjeras.

