Apertura sin industria. Las importaciones caen por la recesión y la producción sigue sin recuperarse

 La séptima caída consecutiva de las importaciones y una producción que permanece por debajo de los niveles de 2023 exponen los límites del modelo económico del Gobierno. Lejos de mostrar una economía fortalecida, los números reflejan menor consumo, fábricas trabajando menos y una industria nacional cada vez más presionada por la apertura comercial. 

Una economía que importa menos porque produce y consume menos

El Gobierno de Javier Milei suele presentar la apertura comercial y la eliminación de restricciones a las importaciones como una señal de “normalización” económica. Sin embargo, los últimos datos muestran una realidad diferente: las importaciones acumulan una nueva caída consecutiva y distintos sectores productivos continúan operando por debajo de los niveles previos al cambio de gestión.

La séptima baja consecutiva de las importaciones no aparece como consecuencia de una industria nacional fortalecida que reemplaza productos extranjeros, sino como resultado de una economía donde el consumo interno perdió fuerza y muchas empresas redujeron su actividad.

En otras palabras: se importa menos porque se vende menos, se produce menos y las familias tienen menos capacidad de compra.

La caída de la demanda interna, producto del deterioro del salario y el ajuste sobre los ingresos populares, golpea directamente sobre las cadenas productivas. La síntesis es un efecto que se descarga sobre los de abajo y se multiplica con  la reducción de turnos y suspensión de trabajadores.

El relato de la competencia y la realidad de las fábricas

Distintos relevamientos muestran que una parte importante de los sectores industriales continúa por debajo de los niveles de 2023. Rubros como textiles, productos metálicos, maquinaria, caucho y plásticos se encuentran entre los más afectados por la combinación de caída del consumo, costos internos y presión importadora.

El caso textil es uno de los ejemplos más visibles: la llegada de productos importados convive con una fuerte caída de la producción local y pérdida de puestos de trabajo.

La promesa de que el mercado iba a ordenar la economía deja una pregunta incómoda: ¿qué ocurre con los trabajadores que quedan en el camino?

Menos industria, más dependencia

La apertura indiscriminada de importaciones plantea también un problema estructural. Una economía que reemplaza producción nacional por bienes extranjeros puede mostrar algunos precios más bajos en determinados productos, pero al mismo tiempo pierde capacidad industrial, empleo calificado y autonomía económica.

La historia argentina ya conoció procesos similares: cuando la industria pierde peso, no solamente cierran fábricas, también se deteriora el entramado de conocimientos, proveedores y trabajadores especializados que tardó décadas en construirse.

Mientras el Gobierno celebra una economía “más abierta”, los números muestran otra cara: sectores productivos debilitados y una recuperación inexistente en los hogares.

¿Quién paga el costo de la apertura?

La discusión de fondo no es solamente cuánto se importa, sino para quién funciona el modelo económico.

La apertura comercial puede beneficiar a grandes empresas con capacidad financiera para competir globalmente y acceder a mercados internacionales, pero para miles de pequeñas y medianas empresas significa enfrentar una competencia difícil de sostener sin políticas industriales.

Mientras tanto, el peso recae sobre trabajadores y trabajadoras, que  enfrentan una doble presión: salarios que no recuperan lo perdido y un mercado laboral más frágil.

La caída de las importaciones no es una señal automática de éxito. En una economía con consumo deprimido y fábricas golpeadas, puede ser el reflejo de una crisis más profunda: un país donde cada vez se produce menos y donde la salida que propone el Gobierno vuelve a ser cargar el costo sobre quienes viven de su trabajo.

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