El consumo popular, en rojo. La crisis llega a las góndolas de todo el país

El desplome del consumo masivo y el impacto del ajuste en los bolsillos

Las ventas en supermercados acumulan una fuerte caída y ninguna provincia queda al margen. La población compra casi 16% menos que en 2023 y 7% menos que en 2025. Mientras el Gobierno exhibe el crecimiento de algunos sectores exportadores como señal de recuperación, la retracción del consumo muestra otra cara de la economía: salarios que no alcanzan, hogares que recortan gastos y un mercado interno cada vez más debilitado.

Una caída que atraviesa todo el mapa

El deterioro del consumo básico dejó de ser un fenómeno concentrado en algunas regiones. Las ventas de supermercados muestran números negativos en las 24 jurisdicciones del país. En comparación con 2023, la caída ronda el 16%, mientras que frente a 2025 alcanza aproximadamente el 7%.

El dato resulta significativo porque los supermercados concentran buena parte de las compras cotidianas de alimentos, bebidas y productos esenciales. No se trata solamente de una menor compra de bienes durables o de consumos que pueden postergarse: el retroceso alcanza al consumo básico.

La fotografía provincial permite observar la profundidad territorial de la crisis. El ajuste sobre los ingresos de los hogares se transforma así en una contracción generalizada de la demanda, con impacto sobre comercios, pequeñas empresas y trabajadores vinculados al mercado interno.

El bolsillo no recupera

La caída del consumo se produce incluso en un escenario en el que la inflación mensual viene mostrando una desaceleración. En agosto, el IPC registró una suba del 1,7%, según los datos oficiales. Sin embargo, que los precios aumenten más lentamente no significa que hayan vuelto atrás: los hogares siguen enfrentando niveles de precios mucho más elevados que los de años anteriores.

El problema central aparece entonces en la relación entre precios e ingresos. Si los salarios, jubilaciones y otros ingresos no recuperan el poder de compra perdido, la estabilización de la inflación no alcanza para recomponer el consumo.

El propio Indicador de Consumo de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios registró en agosto una caída del 1,1% interanual y del 0,8% respecto de julio en términos desestacionalizados. Además, los bienes de consumo masivo habían retrocedido 2,6% interanual en julio.

El “derrame” que no llega

El contraste es evidente. Mientras el Gobierno presenta sectores como Vaca Muerta, la minería y otras actividades vinculadas a la explotación de recursos naturales como motores de una nueva etapa económica, los datos del consumo muestran que ese crecimiento no se traduce automáticamente en una mejora de las condiciones de vida de la mayoría.

El problema no es solamente cuánto produce la economía, sino para quién se produce, dónde quedan las ganancias y qué ocurre con los ingresos de quienes viven de su trabajo. Una economía puede aumentar determinadas exportaciones y, al mismo tiempo, tener un mercado interno deprimido si la distribución del ingreso favorece la rentabilidad empresaria por encima del poder adquisitivo de la población.

Menos consumo, más presión sobre el mercado interno

La retracción de las compras también tiene consecuencias más allá de las góndolas. Cuando millones de hogares recortan alimentos, indumentaria, recreación, electrodomésticos o transporte, el impacto se traslada hacia las empresas que venden esos productos y hacia sus trabajadores.

El consumo de los hogares ya acumula varios meses de señales negativas. En agosto, transporte y vehículos registraron una caída interanual del 11,4%, mientras que recreación y cultura retrocedieron 8,2%. El crédito, que durante 2024 y 2025 había impulsado parte del consumo, también comenzó a perder dinamismo en términos reales.

Por su parte, el INDEC informó que las ventas de supermercados a precios constantes cayeron 2,1% interanual en julio y acumularon una baja de 2,7% durante los primeros siete meses de 2026.

Una economía que ajusta sobre las mayorías

El cuadro permite discutir uno de los principales resultados sociales del programa económico de Milei: la reducción de determinados indicadores de inflación no se traduce por sí misma en una recuperación del consumo popular.

La caída de las ventas en las 24 provincias funciona como un indicador concreto de esa tensión. Mientras una parte de la economía se orienta cada vez más hacia la exportación de recursos y la generación de dólares, una enorme masa de trabajadores y sectores populares enfrenta dificultades para sostener sus niveles habituales de consumo.

La cuestión, entonces, no es solamente si la economía “crece” o si algunos sectores reciben inversiones. La pregunta es qué condiciones de vida genera ese crecimiento y quién se apropia de sus resultados.

Si las góndolas quedan vacías de compradores, los salarios pierden poder adquisitivo y el mercado interno se achica, los números de los sectores exportadores difícilmente puedan presentarse como una recuperación general de la economía. La Argentina puede producir más para afuera, pero si la mayoría no puede comprar adentro, el costo de ese modelo vuelve a recaer sobre los trabajadores y los sectores populares.

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