Este artículo fue extraído del sitio web de la Liga Internacional Socialista
Se ha versado mucha tinta sobre la caracterización del gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende y la dictadura civil militar de la derecha chilena, encabezada por Pinochet y empujada por los aparatos de inteligencia del imperialismo, en los crepúsculos de la Guerra Fría; por lo tanto, a 53 años del fatídico 11 de septiembre de 1973, creo necesario abarcar otras aristas de un advenimiento reaccionario que, cambió la configuración y el suelo político de Chile de manera radical; en este sentido, me parece interesante tirar algunas líneas sobre el agenciamiento del golpe con la ultraderecha gobernante actual, representada en la figura presidencial de José Antonio Kast.
Primer 11 con la ultraderecha en el poder. Los nexos con la dictadura
Por primera vez desde el retorno a la democracia, se conmemora la fecha del 11 de septiembre, bajo un gobierno de ultraderecha, con un presidente que llamó a votar por el “Sí” en el plebiscito de 1988, apoyando la continuidad expresa de Pinochet y la dictadura, con todo su corolario de violaciones sistemáticas a los derechos humanos; contrariamente al ciclo anterior, donde incluso, Sebastián Piñera, dos veces presidente por la coalición de derecha, expresaba su opción por el “No” en dicho referéndum. Es decir, hay un hilo pardo que une al actual gobierno con la dictadura de manera patente, evidente, sin los disfraces, a que nos acostumbró, la llamada “transición hacia la democracia”. En este contexto, es importante visibilizar, para poder comprender bien la polarización asimétrica de la cual ya hemos hablado en diferentes artículos y notas, los vasos comunicantes entre el proyecto político de la ultraderecha de José Antonio Kast y el pinochetismo, estos vasos comunicantes abarcan dimensiones ideológicas, programáticas y discursivas, es decir políticas. Kast lidera una fuerza que se posiciona como reactivación del pinochetismo latente, combinando elementos históricos con las nuevas corrientes de la alt-right global y la nueva derecha, inspirada en este rincón del planeta, en VOX español y en el ex gobierno de Orban en Hungría. Este nexo con el pinochetismo y la imposición, vía el monopolio de la fuerza y la barbarie, del modelo neoliberal extremo, que perdura hasta el día hoy en los cimientos del régimen político chileno, es incluso reconocido por la línea editorial social-liberal de The Guardian[i], que sacó un artículo, cuando Kast ganó las últimas elecciones, titulado: “José Antonio Kast, the Pinochet fan about to swerve Chile to the far right” (José Antonio Kast, el fanático de Pinochet a punto de desviar a Chile hacia la extrema derecha.)
El primer nexo de Kast es biográfico, el hermano del actual presidente fue parte activa de la dictadura, Michael Kast, fue una figura clave de la ingeniería social impuesta a la clase trabajadora, desempeñándose como ministro del Trabajo y presidente del Banco Central, en unos años, donde no existía separación de poderes, ni mecanismos democráticos, incluso desde el enfoque liberal y/o progresista, y donde contábamos a nuestros muertos día a día. En paralelo, en su juventud, José Antonio Kast se formó bajo el alero de Jaime Guzmán, principal ideólogo de la dictadura, de la Constitución de 1980 y fundador de la Unión Demócrata Independiente (UDI), partido en el cual Kast militó por dos décadas. Este partido fue durante años, la continuidad ideológica del proyecto pinochetista, incluso cuando pusieron especial esmero en retunear su imagen, para tener un semblante de derecha “democrática” o centro derecha, y así, resultar una maquinaria más presentable para los años 90s y la instalación de la democracia chilena “en la medida de lo posible”. José Antonio Kast rompe por derecha a la UDI en 2016, acusando diferencias irreconciliables con la directiva de la época respecto al rumbo, la renovación interna y la postura ideológica de la colectividad, luego vendría el mote de “derechita cobarde” para tachar a sus ex correligionarios, mote copiado textual, de Santiago Abascal de VOX, para nombrar al PP español. Tras su aventura como “independiente” en sus primeras elecciones presidenciales del 2017, donde llegó en cuarto lugar, funda en el 2019 la tienda de ultraderecha, Partido Republicano de Chile, que nace, según su fundador, bajo la premisa de congregar a una «derecha sin complejos», sumando tanto a sectores independientes como a militantes descontentos de la UDI y Renovación Nacional[ii].
Importante señalar, en esta línea biográfica, que la familia Kast, llegó a Chile en 1950, a finales de la Segunda Guerra Mundial, su padre, Michael Kast Shindele, hizo parte de ejército alemán nazi, la Wehrmacht, entre 1942 y 1945, y tenía su carné de afiliado al NSDAP. Por otro lado, existen varios testimonios, de sobrevivientes de la represión de la dictadura, que señalan al padre nazi y a uno de sus hijos, Christian Kast, como cómplices en los crímenes de lesa humanidad cometidos en Paine, un sector agrícola de la Región Metropolitana, una comuna chilena que cuenta con el macabro récord de tener el mayor número de ejecutados y detenidos desaparecidos en ese periodo, con al menos 70 víctimas, en su mayoría campesinos vinculados a la Reforma Agraria[iii].

Volviendo al nexo con la sangrienta dictadura de Pincohet, es innegable que el proyecto de Kast mantiene un compromiso irrestricto con el neoliberalismo de libre mercado instaurado durante la dictadura por los Chicago Boys, un grupo de tecnócratas economistas, en su gran mayoría de la Universidad Católica, que realizaron estudios de posgrado en el Departamento de Economía de la Universidad de Chicago, bajo la tutela de Milton Friedman y Arnold Harberger, y que durante la dictadura, muchos de ellos, asumieron cargos para aplicar el plan neoliberal, con un sesgo ideológico ultraliberal, este sello se retoma en el presente, con toda esta restauración neoconservadora, que se instala en la región, es menester afirmar, de todos modos, que todos los gobiernos desde el retorno de la democracia, más allá de grandes declaraciones, sobre todo en periodo electoral, han sido administradores del modelo neoliberal, maquillando algún punto por aquí, disfrazando alguna desigualdad estructural por allá, pero ninguno de los proyectos ha avanzado de forma patente, en el derrocamiento real del modelo y una alternativa sistémica, más allá de congresos, de la cansina autoafirmación y frases para la galería, dicho esto, no podemos caracterizar a todos los proyectos políticos de la misma forma, eso sería una impostura intelectual y flaco favor a una análisis correcto de la realidad, en este sentido, el programa republicano promueve de manera más abierta un Estado mínimo, la reducción de impuestos y la defensa de la propiedad privada y la capitalización individual, como eje programático, todos estos puntos, han estado presentes desde el retorno de la democracia, hacen parte de los pilares neoliberales del pinochetismo, pero han sido asumidos de facto, por todos los gobiernos, de una u otra manera. Podemos decir que existe un aceleramiento del neoliberalismo y del ajuste como método de chorreo inverso, bajo este gobierno. Cabe señalar, que el laboratorio chileno, sirvió de tubo de ensayo, para aplicar luego las mismas políticas en el Reino Unido de Margaret Thatcher, admiradora de Pinochet, y del economista austriaco Frederich Hayeck[iv], quien visitó el Chile de la dictadura, para observar el experimento neoliberal, que solo pudo aplicarse mediante la violencia de la tiranía pinochetista, las técnicas antisubversivas de la Escuela de las Américas y la CIA.
Ahora bien, este aceleramiento neoliberal-capitalista en su fase particular en Chile, combina elementos del conservadurismo moral con políticas neoliberales de ajuste, coincide con la matriz original del nacionalismo católico y el gremialismo del régimen pinochetista. Kast defiende una agenda reaccionaria provida, tradicionalista y contraria a reformas progresivas en la materia (como el matrimonio igualitario o el aborto legal). Para acompañar el ajuste, necesita todo un engranaje que limite al máximo los derechos democráticos y criminalice la protesta social. Hay que decir, que el suelo jurídico para esta criminalización, fue labrado en el gobierno de Gabriel Boric.
Otro de los rasgos heredados directamente de la dictadura es un anticomunismo patológico, primario y básico. Al igual que en la doctrina de seguridad nacional de los años 70 y 80, el discurso republicano utiliza el anticomunismo y en general un anti izquierdismo, como motores esenciales de cohesión política de su propio sector y como tiraje para la polarización frente a las izquierdas, tachando de comunista cualquier política que ponga en el centro derechos democráticos y sociales, metiendo en un mismo saco a liberales, social-liberales, socialdemócratas e izquierda revolucionaria, sin hacer distinciones ni caracterizaciones, todos desde una simplificación que no toma en cuenta las diferencias insalvables entre el reformismo, que se ha limitado a administrar el modelo neoliberal-capitalista chileno y las izquierdas anticapitalistas, que buscamos derrotar ese mismo modelo. Se trata de un neomacartismo simplificado a ultranza, reviviendo estas tácticas en el siglo XXI, adaptándolas para desacreditar no solo al comunismo, sino a cualquier movimiento social, progresista o de izquierda crítica.

Un modelo que dura
Podríamos hacer una lista extensa de este continuum ideológico, lo importante es poner el acento en que, la dictadura civil-militar de Pinochet no terminó con el plebiscito de 1988 ni con la llegada del democratacristiano Patricio Aylwin al poder en 1990, con las sempiternas promesas de la “alegría ya viene”, y sus parches antes de la herida de la “justicia en la medida de lo posible”, al menos en su alma y maquinaria económica.
Si bien Kas, dirige un gobierno de ultraderecha negacionista, sigue en la senda de la transición pactada y tutelada, donde aquella dictadura que asesinó, torturó, exilió, hizo desparecer y llevó a la cárcel política a miles de militantes y dirigentes de izquierda, logró blindar su modelo económico, político y social mediante una serie de «amarres» institucionales, negociados con los sectores que gobernarían los largos 30 años en Chile. La centroizquierda, agrupada en la Concertación, así como la Nueva Mayoría y posteriormente el pacto del FA + PC, terminaron administrando ese legado en lugar de desmantelarlo, lo que perpetuó la alienación sobre la clase trabajadora. Quizás, acá podemos hablar de un nuevo vaso comunicante, esta vez entre ese progresismo y el proyecto de Salvador Allende, en el sentido, de la falta de comprensión y la confusión entre la conquista del gobierno con la conquista efectiva del poder.
En el fondo, el gobierno de Kast retoma la vieja manipulación de la derecha pinochetista, que hace 36 años, al inicio de los 90, impulsaba un relato que invitaba a «mirar hacia el futuro» y evitar quedar «anclados en el pasado», hoy vuelven a resonar estos consejos negacionistas. Esto se evidenció en la ausencia de actos institucionales por el aniversario del golpe de Estado del 11 de septiembre, rompiendo con el consenso mantenido por los gobiernos anteriores.
Lo que va quedando claro, a 53 años del golpe, es que, el modelo neoliberal-capitalista, impuesto en dictadura significó una derrota profunda para nuestra clase trabajadora. El perjuicio no sólo fue económico, sino también social y subjetivo, así como en vidas humanas y a nivel de organizaciones de la izquierda revolucionaria. Se trató de un plan contra la clase obrera y sus organizaciones, que aún no ha sido derrotado, que tiene una continuidad en todos los gobiernos desde el retorno a la democracia, y que sufren un aceleracionismo bajo el gobierno de Kast. La dictadura desmanteló el aparato industrial y de servicios públicos donde se concentraba la organización sindical. La nueva legislación laboral eliminó derechos colectivos, flexibilizó el empleo y fragmentó a los trabajadores, dificultando la acción sindical; además se privatizaron derechos básicos, como una pensión jubilatoria digna y pública o los derechos del agua, cada uno de estos ejes del modelo pinochetista, fueron perfeccionados posteriormente por los gobiernos de la transición, ya sean de centroizquierda, derecha o ultraderecha. Hoy sigue imperando la misma lógica, de manera más descarnada, un modelo que promueve hasta el día de hoy un comportamiento individualista, de explotación, expolio y ecocidio. Con el retorno a la democracia, el endeudamiento masivo (créditos de consumo, hipotecarios) se convirtió en el principal mecanismo de dominación, atando a las familias trabajadoras a años de sobreexplotación para pagar sus deudas, muchas veces contraídas para asegurar estudios, alimentación, salud.
El viejo error de confiar en la institucionalidad
Uno de los balances críticos al gobierno y proyecto de la UP derrocado por el golpe, fue que Allende confiaba demasiado en la institucionalidad; esta crítica estratégica, central, en nuestros días toma una nueva dimensionalidad, con un reformismo chileno que flota en esas mismas aguas turbias de la confianza a ciegas y algo ingenua, en una institucionalidad hecha a la medida del gran capital.
Allende pensaba que Chile tenía características excepcionales: una tradición democrática relativamente estable, un movimiento obrero organizado, instituciones con legitimidad social y unas Fuerzas Armadas que históricamente habían mantenido cierta autonomía respecto de la política partidista, todo esto, hay que tomarlo en su contexto y momento histórico. La apuesta de Allende y de la Unidad Popular, era utilizar esas condiciones para avanzar pacíficamente hacia el socialismo. Estos puntos históricos sobre la socialdemocracia chilena, los hemos discutido año a año en nuestras diferentes plataformas, explicando como precisamente Allende concebía la institucionalidad democrática como una vía posible para transformar por etapas el Estado; la historia nos demuestra de la manera más brutal posible, que esa excepcionalidad era una ilusión peligrosa.

¿Qué izquierda para esta nueva etapa?
Frente una ex Concertación que, no buscó una alternativa real al neoliberalismo-capitalista, sino que adaptó y le otorgó credenciales democráticas, donde su objetivo fue administrar el modelo heredado, introduciendo políticas sociales focalizadas para paliar la pobreza, pero sin alterar la lógica de mercado; frente un FA que buscó la salida institucional para desmovilizar la Rebelión del 2019, y que una vez llegados al poder, fueron moderando sus críticas originales al modelo, hasta confundirse con la ex Concertación, que tanto criticaron en sus inicios, para presentarse como una alternativa, cierto posmoderna, al concertacionismo; frente al continuismo, la adaptación y las promesas incumplidas, que fueron poniendo adoquín a adoquín en el camino del resurgir del pinochetismo y la ultraderecha de Kast, que se arrodilla frente Trump y el decadente imperio estadounidense, necesitamos una izquierda anticapitalista, revolucionaria y decidida, que quiebre de una vez por toda, toda esa herencia nauseabunda, que no priorice la continuidad (por parcelas de poder y cargos en sillones) sobre la ruptura radical; necesitamos trabajar con paciencia pero sin descansar en el reagrupamiento de las y los revolucionarios, luchar contra la desmovilización social, contra la criminalización de la protesta, crear organizaciones donde las decisiones la tome la clase trabajadora, y nunca más las élites políticas y empresariales vendidas al imperialismo, que ponen los diques de contención para que no discutamos modelo.
En las conclusiones habría que afirmar una y mil veces que, la transición chilena no fue un quiebre con la dictadura, sino una negociación que preservó lo esencial de su legado. Los amarres institucionales, el perjuicio a los trabajadores y la adaptación de la centroizquierda al neoliberalismo explican por qué, lustros después, las demandas sociales por un cambio profundo, las demandas del estallido siguen vigentes en Chile, más allá de los consensos por arriba, la criminalización y el bloqueo informativo de los medios de prensa masivos al servicio de los intereses del capital.
Para romper con el modelo neoliberal-capitalista heredado de la dictadura y neutralizar el avance de la ultraderecha de Kast, no podemos seguir repitiendo las fórmulas que nos han llevado hasta acá, las tareas fundamentales de nuestro sector debieran estructurarse en los siguientes ejes estratégicos:
- Reagrupamiento de las y los revolucionarios.
- Un plan de lucha para desmantelar el Estado subsidiario. Derrotar la lógica donde el Estado solo interviene cuando los privados no obtienen ganancias, instalando en su lugar un modelo donde los derechos sociales estén garantizados universalmente por el Estado.
- Desmercantilizar sectores críticos como la salud, la educación y las pensiones, transformándolos en derechos fundamentales gestionados bajo criterios de solidaridad y no de lucro, que estén bajo control de trabajadores y usuarios.
- Construir un nuevo paradigma del sentido, basado en la solidaridad, la comunidad y lo colectivo, de abajo hacia arriba, contrarrestando el individualismo atomizado y la cultura del consumo que el modelo actual promueve.
- Por la nacionalización y estatización de los servicios públicos y el transporte, que sean administrados y controlados directamente por sus trabajadores y usuarios, eliminando por completo las concesiones privadas.
- Por un programa internacionalista y antiimperialista, que levante como bandera el no pago de la deuda externa, ruptura inmediata con el FMI y la nacionalización del sistema bancario y del comercio exterior para evitar la fuga de capitales.
- Mientras el progresismo chileno busca perfeccionar la democracia liberal representativa mediante mecanismos participativos, pero sin ruptura con el modelo neoliberal-capitalista efectiva, promovamos la creación de organismos de autoorganización y doble poder en los barrios y lugares de trabajo, sustituyendo la burocracia burguesa estatal e institucional por la deliberación de los pueblos. Por una democracia real, que no se limite al ritual repetitivo de ir a votar por cambiar un presidente cada 4 años, sino donde todas y todos decidamos sobre nuestro destino, y eso incluye los resortes económicos y productivos.
- Frente a la pasividad de la burocracia sindical, luchemos por la democratización interna de los sindicatos de trabajadores y de los centros de estudiantes. Por un plan de lucha y el Paro Nacional contra el ajuste de la ultraderecha. Por la reconexión popular, organizar la protesta social de forma independiente de los partidos tradicionales del reformismo.
- Contra la derecha conservadora, pongamos por delante un programa que exija, sin ambigüedad, la separación de la Iglesia y el Estado, la aplicación irrestricta del aborto legal sin causales y de la educación sexual integral (ESI) antipatriarcal y disidente, planteando que la liberación de género es indisociable de la lucha contra el sistema capitalista.
A modo de segunda conclusión, mientras exista una izquierda progresista que se autodenomina antineoliberal, que sigue prometiendo cambios, sin romper con ningún amarre del neoliberalismo en Chile, como mucho busca regular el mercado y fortalecer el rol público del Estado, necesitamos urgente algo nuevo, una nueva izquierda que tome estas mismas demandas antineoliberales, pero sin miedo a levantar políticas anticapitalistas de ruptura y con horizonte socialista, como un trampolín revolucionario. Seamos honestos, no se puede terminar con el legado económico de las dictaduras sin romper las bases del propio sistema capitalista.
Por Camilo Parada Ortíz
[i] https://www-theguardian-com.translate.goog/world/2025/dec/19/chile-jose-antonio-kast-pinochet?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=sge
[ii] https://en.wikipedia.org/wiki/Republican_Party_of_Chile
[iii] https://interferencia.cl/articulos/javier-rebolledo-por-matanza-de-paine-jose-antonio-kast-no-puede-decir-que-su-familia-no
[iv] https://www.bbc.com/mundo/noticias/2013/04/130409_relacion_thatcher_pinochet_lf_nm



