Con M de Moria. Maternidades, renuncias y mandatos ¿Cuidado o sacrificio? 

La serie Moria instaló debates presentes en la cultura argentina y, particularmente, en torno al rol de las madres en la crianza. El disparador, se dio alrededor de una escena filmada en el jardín de la casa de Moria en Parque Leloir: Atravesando la separación de Mario Castiglione, la actriz le anticipa a su hija Sofía, (una niña que debía tener unos 4 o 5 años en  ese entonces), una convivencia regida por reglas bastante ajenas al mandato tradicional. Le advierte que deberá autoeducarse, le exige que sea libre y cierra la secuencia con una frase que rápidamente se volvió consigna en las redes: le asegura que quiere vivir con ella, pero no para ella. ¿Puede una niña de esa edad comprender y asumir tal autonomía? Por supuesto que no. Pero el análisis rápido y escandalizado leyó allí el diagnóstico de un abandono, el gesto de una madre que antepone su proyecto vital y crea una orfandad en nombre de la libertad. Sin embargo, detenerse en esa escena exige abandonar la comodidad de la tribuna moral y los juicios unilaterales. Juzgando no ganamos nada; lo que verdaderamente importa es desarmar la complejidad de una viñeta que, en su crudeza, expone las tensiones estructurales de la crianza. Este es el aporte al debate que queremos hacer desde el feminismo.  

Una escena que pesó mas que la biopic 

La escena que mas controversia causó respecto a la cuestión de la maternidad, requiere verse con detalle. Hay en esa secuencia una disonancia fundamental que merece leerse con mayor detenimiento. Mientras el enunciado verbal empuja a la niña a una “autoeducación” —un mandato a todas luces imposible, ya que ningún cachorro humano puede prescindir del Otro que lo introduzca en el mundo de la cultura y sostenga su interés superior, consagrado en los tratados de derechos de las infancias—, el acto corporal muestra a una madre aplicando protector solar a su hija, en un verdadero acto de cuidado. Reducir esta contradicción a una ambivalencia afectiva es el camino más fácil. Abordar la escisión manifiesta entre la crudeza del discurso y la afectividad del acto de cuidado, requiere reflexionar un poco más, y pensar en la tensión inherente al ejercicio mismo de la crianza: para sostener, necesitamos estar sostenidas. Porque dicha tensión no es otra que la paradoja fundante de la subjetivación: el abismo insalvable entre la necesidad vital de toda madre de sustraerse del mandato de entrega absoluta y la dependencia radical que exige el cachorro humano para no caer en el desamparo. No hay recetas para ello, aun en el ideal de crianzas libres y responsables. 

Desde ya, decirle a una niña que “haga lo que quiera” roza un riesgo ético evidente, pues la infancia precisa de un adulto asimétrico capaz de oficiar de límite, brújula y mediador cultural (cosa que lxs adultos no estamos haciendo del todo bien, y de eso, tenemos que hacernos cargo). Así mismo, la exposición temprana de lxs niñxs en la televisión y otras pantallas, nos obliga a reflexionar críticamente sobre las fronteras del consentimiento y la protección de ese interés superior, sin que ello implique recaer en un punitivismo moral sobre las decisiones maternas en un contexto epocal determinado.  Pero el debate todavía nos aporta muchos mas elementos.  

Madre, nido, hogar, sostén, todo…. 

Para abordar estas coordenadas, es importante desbiologizar las responsabilidades. Históricamente, el psicoanálisis ha pensado el andamiaje de la cría bajo las categorías de “función materna” —el sostén, el holding, el alojamiento psíquico— y “función paterna” —el corte, la introducción a la legalidad y al orden de la cultura—. Pero estas funciones no tienen, ni deben tener, un correlato necesario con el sexo biológico o el género de quienes crían. La función de sostén no es potestad exclusiva de la madre, así como la introducción al universo de la cultura no le pertenece por naturaleza al padre. Cualquier persona cuidadora —una madre, un padre, una red afectiva— puede y debe encarnar estas operaciones. Lo que la escena de Moria tensa no es su incapacidad de ser “madre”, sino la manera en que la cultura sigue adjudicando, de forma unilateral y esencialista, el peso del sostén emocional al cuerpo de las mujeres. Aún cuando en el caso de Moria, tenía un personal completo a disposición de su hija y sus necesidades.  

Al fin y al cabo, cuando de criar se trata, nadie sabe cómo hacerlo exactamente bien y no hay crianza sin conflicto, sin equívoco o sin falla. Una equivocación discursiva, un exabrupto o una demanda desajustada a la etapa de desarrollo de un niñx difieren radicalmente de las violencias sistemáticas o del desamparo absoluto. Lo verdaderamente crucial es que, más allá de los tropiezos inevitables, no falle la estructura del sostén ni naufrague la inscripción simbólica del infante (y esto, ya excede la serie y el juicio Moral sobre la vida de Moria, pues acá venimos a debatir otra cosa). 

Y es aquí donde la maternidad (¡y también la paternidad!) exige pensar la dimensión de la pérdida. Alojar a un hijx implica, inexorablemente, una renuncia. Aun cuando se asume un mandato “descontracturado”, asumir el cuidado parental de un niño o una niña supone la dolorosa pero estructurante aceptación del “no-todo”: la constatación material y psíquica de que no se puede retener la totalidad de lo que se era o se tenía y, al mismo tiempo, criar. Esa renuncia funda un vacío necesario para que la infancia tenga lugar. Sin embargo, para que la vitalidad de ese vínculo no se torne atosigante, es preciso posicionarse, a su vez, como “no-toda” madre. Es condición de salud mental que un resto del deseo femenino circule por fuera de la función cuidadora, y no colapse en una entrega asfixiante. Maternar requiere un equilibrio psíquico complejo y dinámico, que por momentos puede tensarse, a veces romperse y también, a veces, recomponerse. Esa acción  muchas veces cotidiana de ir y venir, renunciando y recomponiéndose, aquí es pública.  

Una doble mirada  

Lo que resulta profundamente sintomático del debate público es la asimetría feroz del escrutinio. De la paternidad de Mario Castiglione, y de cómo se reconfiguró su presencia o su ejercicio de cuidado tras la separación, los contornos del debate nada dicen ni exigen saber. El problema no reside en su biografía particular —sobre la cual no corresponde tejer suposiciones infundadas o acusaciones de abandono—, sino en la ceguera de quienes siquiera formula la pregunta. Se diseccionan las decisiones y las frases de la madre, mientras el privilegio estructural masculino de no tener que rendir cuentas sobre la distribución de las renuncias se asimila como parte del paisaje. A lo largo de la historia, muchos varones han podido preservar su autonomía sin que el cuidado suponga una postergación de sus vidas, precisamente porque otras subjetividades asumen el costo de ese sostén. 

Esta disparidad nos devuelve a las coordenadas de una distancia histórica innegable. Moria transitó su maternidad en los años setenta, una época en la que esta función operaba, para la inmensa mayoría de las mujeres, como un destino ciego. Hoy, advertidas de la magnitud de esa renuncia estructural que exige la crianza, las mujeres contemporáneas imaginan un horizonte que a las generaciones anteriores les resultaba prácticamente impensado: la posibilidad concreta de renunciar a la maternidad misma. Cuando la reproducción de la vida se impone únicamente por mandato de época, sin que exista un lugar genuino para la asunción del deseo, el rol de sostén corre el grave riesgo de fisurarse. Poder decidir no ser madres es, también y fundamentalmente, una forma ética de proteger a las infancias. 

Donald Winnicott nos enseñó que lo que un niño o una niña necesita no es la perfección, sino un entorno lo suficientemente bueno. Ninguna infancia se sostiene de forma saludable con la disponibilidad exclusiva y sacrificada de un solo individuo. Para que una persona que materna pueda soportar las renuncias del “no-todo” y oficiar de pasaje hacia la cultura sin quedar completamente vaciada en el intento, ella misma precisa estar sostenida. El andamiaje de la crianza es de una fragilidad extrema si se resuelve únicamente en la soledad del encierro doméstico. Requiere ineludiblemente del soporte de la red social, de afectos comunitarios y de políticas públicas que abracen y financien esa función. Porque educar, proteger y sostener a las infancias nunca debió ser el destino solitario de las madres, sino una responsabilidad y un compromiso verdaderamente colectivos. 

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