Este artículo fue extraído del sitio web de la Liga Internacional Socialista
Por Alberto Giovanelli
El 20 de agosto de 1940, la burocracia estalinista y la burguesía mundial celebraron la muerte de un hombre a quien persiguieron por todo el mundo para terminar con su legado. Pero cuánto se equivocaron: a los revolucionarios se los puede matar, pero a la revolución no.
Cuando, en los años 20, la temprana muerte de Lenin, el retroceso del proletariado mundial y el aislamiento de la Rusia revolucionaria produjeron el afianzamiento de las tendencias más conservadoras en el seno de la patria de los soviets, y con ellas, el fortalecimiento de la burocracia y de Stalin, mientras muchos capitulaban ante el cada vez más poderoso secretario general, Trotsky se mostró como la más filosa y tenaz de las espadas del marxismo, combatiendo a la casta burocrática y al “sepulturero de la revolución”.
Stalin primero lo acorraló en la Unión Soviética, después lo expulsó del país y lo persiguió por toda Europa. Finalmente, en México, logró asesinarlo.
Trotsky tiene el mérito imperecedero de haber salvado al marxismo de la ignominia. Él trazó una línea roja entre la revolución y la contrarrevolución. El balance histórico es contundente: mientras que el nombre de Stalin y las organizaciones estalinistas han sido barridos al basurero de la historia, el marxismo mantiene su vitalidad en los miles de jóvenes y trabajadores que siguen luchando por un mundo libre de toda opresión y explotación. Y si eso es así, es, ante todo, por la tenaz batalla que supo dar León Trotsky.
Por eso, ante el aniversario 86 de su muerte, entendemos necesario rendir homenaje al revolucionario inclaudicable.
¿Quién fue León Trotsky?
León Davidovich Bronstein, conocido mundialmente como León Trotsky, nació el 7 de noviembre de 1879 en Ianovka, Ucrania, y fue asesinado en México el 20 de agosto de 1940 por un sicario enviado por Stalin.
Su vida estuvo marcada por una entrega total a la causa revolucionaria y a la lucha por la emancipación de la clase trabajadora. Fue protagonista de algunos de los acontecimientos más trascendentales del siglo XX y dejó una huella imborrable en la historia del marxismo revolucionario.
Trotsky nació en el seno de una familia campesina acomodada y pudo acceder a una educación de calidad. Desde joven mostró una gran curiosidad intelectual y una inclinación por la literatura. A los 17 años ya militaba en círculos revolucionarios y fundó la Liga Obrera del Sur de Rusia, organización que rápidamente creció y lo puso en la mira de la represión zarista. Fue arrestado en 1898 y enviado al exilio en Siberia, donde se volcó de lleno al estudio del marxismo. Allí adoptó, además, el seudónimo de Trotsky para evadir la persecución policial.
Trotsky se integró a la socialdemocracia rusa y participó activamente en la Revolución de 1905, donde se destacó como presidente del Soviet de Petrogrado, uno de los primeros organismos de organización y autodeterminación obrera de la historia. Esta experiencia fue fundamental para el desarrollo de su pensamiento político y para la posterior formulación de la Teoría de la Revolución Permanente, que planteaba que la clase obrera debía encabezar la revolución y no detenerse en los límites de la democracia burguesa, sino avanzar hacia el socialismo.
Después de la derrota de la revolución de 1905, Trotsky fue nuevamente arrestado y exiliado. Durante los años siguientes, vivió en distintos países de Europa, donde mantuvo intensos debates con Lenin y otros dirigentes sobre la estrategia revolucionaria y la organización del partido. Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, rompió con la II Internacional por su apoyo a la guerra imperialista y fue uno de los impulsores de la fundación de la III Internacional.
En 1917, tras la Revolución de Febrero, Trotsky regresó a Rusia y se unió al Partido Bolchevique. Junto a Lenin, dirigió la Revolución de Octubre, que llevó a los trabajadores al poder. Fue uno de los principales organizadores de la insurrección y, posteriormente, como comisario de Guerra, creó y dirigió el Ejército Rojo, que derrotó a 14 ejércitos imperialistas durante la guerra civil rusa.
Tras la muerte de Lenin en 1924, Trotsky se convirtió en el principal opositor al proceso de burocratización de la Unión Soviética encabezado por Stalin.
Denunció la degeneración del partido y del Estado obrero, defendiendo la democracia soviética y la necesidad de la revolución internacional. Por su resistencia, fue apartado de sus cargos, perseguido y finalmente expulsado de la URSS en 1929, iniciando un largo exilio que lo llevó por Turquía, Francia, Noruega y, finalmente, México.
Durante el exilio, Trotsky se dedicó a la elaboración teórica y a la organización de la Oposición de Izquierda Internacional, que en 1938 daría lugar a la fundación de la IV Internacional, con el objetivo de mantener la continuidad del marxismo revolucionario frente a la traición del estalinismo y preparar a la vanguardia obrera para los desafíos de la época.
Fue un escritor prolífico, abordando temas de economía, política, historia, arte y cuestiones cotidianas. Entre sus obras más importantes se encuentran Mi vida, Historia de la Revolución Rusa, La revolución traicionada y el Programa de Transición. Su teoría de la revolución permanente, su defensa de la democracia obrera y su crítica implacable al estalinismo son pilares de su legado político. Además, fue un gran orador y polemista, capaz de adaptar su discurso a distintos públicos y situaciones, y un firme defensor del papel de la juventud y de las mujeres en la transformación social.
Su actividad política y teórica no se detuvo hasta que fue asesinado por un agente estalinista en 1940. Su muerte fue el resultado de una campaña sistemática de persecución y calumnias por parte de la burocracia soviética, que veía en él y en sus ideas una amenaza para su poder. Sin embargo, su legado sigue vivo en las luchas de la clase trabajadora y en la tradición del marxismo revolucionario. Como él mismo escribió en su testamento: “La vida es hermosa. Que las futuras generaciones la libren de todo mal, opresión y violencia y la disfruten plenamente”.
Pensar en Trotsky es inseparable de la historia de la revolución y de la lucha por la emancipación humana. Su biografía es, al mismo tiempo, la historia de una época de grandes esperanzas y tragedias, de avances y retrocesos, pero, sobre todo, de la inquebrantable voluntad de transformar el mundo. Su ejemplo y sus ideas siguen siendo una fuente de inspiración y una guía para quienes continuamos la pelea por una sociedad sin explotación ni opresión.

